Ooootra vez el chavismo

Ellos tenían todo preparado, como preparan las cosas ellos: mucho marketing, mucho cartelito diseñadito con sus frases cursis y melodramáticas, con ese eterno llamado “de ahora si es verdad”, con sus cadenas de whatsapp, con sus señoras manetas con gorritas tricolor y koalas, siempre voluntarias para alimentar guarimberos, para cerrar calles sin gente, para servir como falsos miembros de mesa electoral… Tenían todo preparado, como ellos preparan las cosas, porque ese domingo era el domingo definitivo, decían.

Decían también, pero a lo interno, que de ese domingo solo necesitaban una foto. Una imagen impactante con miles de venezolanos en colas eternas, todos apuñuñados con bajo el inclemente clima, desafiando a esta cruel dictadura, tan cruel que les permitía hacer un plebiscito que no aparece en ninguna parte de la Constitución. La imagen lo era todo, una imagen que recorriera el mundo, que conmoviera a la “comunidad internacional”, el sueño húmedo de los apátridas. Una imagen, una solita, que vendiera la mentira de un pueblo entero movilizado contra el gobierno de Nicolás Maduro. 

Llegó el día: más de 500 corresponsales extranjeros se acreditaron para la puesta en escena. Las mesas montadas, las señoras manetas, con sus gorritas, con sus koalas, con sus cadenitas con crucifijo de oro, ya ocupaban sus puestos en las mesas. Cada punto de votación con varias filas de sillas plásticas para hacer que las multitudinarias colas más llevaderas. En el punto que instalaron en la Universidad Central, el punto G del evento, para poder ordenar al gentío que esperaban, hicieron un pasillo serpenteante con barandas de metal quita y pon, de esas que se usan en la organización de eventos de masas. ¡Luces, cámaras, acción!

Salieron temprano de sus casas y apartamentos a sus puntos cercanos. Salieron con espíritu libertario a “defender la constitución” que con su voto estaban violentando. Salieron, llegaron, y votaron rapidito porque “chama vayan, aprovechen que no hay cola”, decían por whatsapp a sus amiguis que aun no habías salido. En un pase de Globovisión, estos ojitos almendrados vieron cómo tres mujeres nada atléticas, sorteaban la serpenteante baranda de la UCV cual pésimas corredoras de los 200 metros con vallas. Las desolada serpiente que debía canalizar un río de gente, ante la sequía de votantes, se convirtió en un incómodo obstáculo. 

Para ese mismo día había un simulacro electoral convocado por el Consejo Nacional Electoral. Un simulacro sin mayor trascendencia. Una necedad del CNE porque la oposición está negada a participar en la Constituyente, así que era un simulacro para chavistas y todos sabemos que el chavismo ya no existe. 

Pues ese chavismo inexistente salió de hasta debajo de las piedras. Yo llegué a mi centro electoral, en el corazón de un municipio gobernado por Primero Justicia, y me encontré con la sorpresa de un Punto Rojo que era una fiesta, no dejaban de llegar chavistas de todos los rincones del municipio. Una vaina loca porque, debo confesar, de alguna manera, entre tantos trancazos, especulación, acaparamiento; entre tantas amenazas, yo llegué a pensar que muchos compañeros podría haberse bajado del barco, y vaya ¡cómo me equivoqué!.  

Todos los centros de votación habilitados por el CNE se desbordaron de gente, que no dejaba de llegar. Los centros del CNE tenían la foto que el antichavismo necesitaba y que no lograba. Los antichavistas, dominicales, sin un ápice de conciencia política, iban, los que iban, votaban, y se largaban a la playa, a la casa, a la pastelería a desayunar… Ninguno pensó en quedarse, aún viendo los puntos vacíos, tan siquiera para hacer bulto, para esa foto que no salió. Ellos, los que hablan de lucha, de calle sin retorno, ni quiera sacrificaron su domingo para montar la escena que necesitaban.  

Mientras tanto, el chavismo se sorprendía a si mismo regándose por las calles, manteniéndose en colas kilométricas durante horas, hasta más allá de la media noche, para simular un voto que haremos efectivo en dos semanas. Fuimos tantos y tan contundentes, que la agencia de noticias EFE, a falta de foto opositora, lanzó al mundo las imágenes de nosotros en nuestras colas, diciendo que eran colas de opositores. Era tan burda la mentira que luego fue discretamente desmentida, para que no se notara mucho. 

Salimos en un acto de conciencia colectiva que sorprendió hasta nuestra dirigencia, a algunos hasta las lágrimas emocionadas. Salimos y nos encontramos intactos, enormes, invencibles, como Chávez. Otra vez el pueblo chavista crecido, firme, como cada vez que nos amenazan. Y es que la oposición no aprende y se empeña en echarle leña a este fuego ardiente. 

La oposición nos veía sin querer vernos, veía sin querer ver las sillas vacías en sus puntos cerrados a las 4 de la tarde, porque estaban vacíos desde las tres. Sabían, sin querer saber, lo que ese domingo había pasado y esperaban alguna pista del PSUV, alguna victoriosa cifra de participación, para ellos entonces anunciar la suya superándonos. Pasada la media noche, sin cifra chavista que les diera una pauta, cuando menos ruido hiciera, anunciaron siete mágicos millones de votantes. Un acto de prestidigitación electoral que el ex rector Vicente Díaz, con una pueril torpeza que pretendió ser una alabanza, desnuda el engaño: “7,2 millones en 14 mil mesas, lo máximo obtenido previamente fue 7,5MM con 45mil mesas. Impresionante!” -dijo, “impresionante” cuando la palabra adecuada era “imposible”.  

Era tan imposible, que semejante victoria no fue celebrada por nadie. No fuegos artificiales como en diciembre de 2015, ni cornetazos, ni cacerolas. No hubo ni sonido de grillitos. El antichavismo había visto a Rondón ese día y se sabía perdido. Y eso que lo que vieron fue solo la puntica. 

Entonces el desespero, los trancazos furibundos en sus urbanizaciones, más violencia y más muertes espantosas, más amenazas. Entonces Trump y la injerencia que los apátridas aplauden. “Ojalá bloqueen a Venezuela para que se jodan los chavistas” -dicen unos bolsas en El Cafetal que lloran y maldicen cuando no consiguen galletas Oreo. 

Amenazas y promesas de perdonarnos la vida si retiramos la Constituyente, en un tira y encoge de quienes, 18 años después, aún no entendieron nada y siguen echándole leña a este fuego ardiente del chavismo, a esta llamarada de Chávez, a este “ardimiento” que nunca se apaga. 

La mejor virtud de la oposición es que, por no querer darnos descanso, nos acostumbraron a no cansarnos.  


“Tú no sabes quién soy yo”


Yo recuerdo, allá en los años 80 y 90, que era normal ver, en el este del Este, soldados rasos haciendo de choferes, jardineros, mayordomos y conserjes en casas de “ gente importante con contactos”. Era normal ver a un soldado en el estacionamiento del supermercado cargándoles las bolsas a una señora encopetada. Los soldados eran personal del servicio privado, “cachifos” pagados por el Estado. Así como pasaba con los soldados rasos, muchos oficiales también servían de carga bolsas a primeras damas y a primeras barraganas. Entonces la dignidad se pagaba con traslados a zonas hurriblis como Pto. Ayacucho o Guasdualito, donde pululan los zancudos y el restaurant de lujo más cercano queda en Caracas.

Con esa imagen de las Fuerzas Armadas crecimos en el Este, pero llegó Chávez y mandó a parar. De ahí la rabieta de tipos como Julio Borges, como Capriles, de adecos como Ramos Allup, y ni hablar de la de María Corina, una Ma-cha-do, que ahora se tienen que calar que un negro uniformado les hable de tú a tú y, peor, que se niegue a hacerles el mandado. Y el mandado es tumbar a Maduro, coño, y esos bichos no entienden. 

Por eso los ataques, los insultos, las molotov, los morteros, las balas, los frascos llenos de pupú, porque en la mente de un sifrino es inconcebible que un negrito se le alebreste sin que tenga que pagar por ello. Por eso las amenazas, que si La Haya, que si la DEA, que si “dónde te vas a meter”. Todo esto, y con la torpeza que los caracteriza, mientras tratan de convencer a esos mismos soldados que bañan en mierda, de que “se unan a su lucha”, sí, esa lucha que de lograr sus objetivos promete desaparecer a los soldados bolivarianos de la faz de la tierra. 

Cuán complicado es todo en estos días. Antes, cuando un pendejo cualquiera no quería obedecer, no tenían sino que decirle las palabras mágicas: “Tú no sabes quién soy yo”. Aquello bastaba. El “tú no sabes quién soy” yo se filtró en el tejido del sifrinaje de tal modo, que hasta los niños lo usaban como comodín cuando eran pillados en haciendo alguna trastada. Maestras, porteros del colegio, entrenadores, sometidos a la tiranía de los niños de la gente cree más gente. Del “tú no sabes quién” soy yo no se salvaba ni siquiera los que también se suponía que éramos alguien”. Yo recuerdo una tarde, estábamos en el Club Puerto Azul pescando, y había un niño, un gordito con cara de mala leche, pegándole palazos a unos cangrejitos que ya no encontraban en dónde meterse. Yo, que no puedo ver sufrir a una criaturita, le dije al niño: “Mi amor, no dañes al cangrejito, mira que él tiene su familia y…” El carajito, clavándome una mirada llena de desprecio, me contestó: “Yo en este club hago lo que me da la gana, porque mi tío es de la directiva”. Dicho esto, le acertó el palazo al cangrejo que quedó en el muelle hecho puré. En fin, que es toda una cultura. 

Con esa cultura llega el sifrinaje, por fin en mayoría, y con mayor sed de venganza, a la Asamblea Nacional. Llegaron a patear culos, que es lo único que saben hacer. Llegaron, desde el primer día a patotear al chavismo y al comando de la Guardia Nacional Bolivariana que hay en el Palacio legislativo. Llegaron a poner en su sitio a esta cuerda de negros que no sé qué se han creído.  

Así, con la ceguera que produce la soberbia, en medio de este nuevo intento (vano) del golpe de Estado que lleva casi tres meses, tres meses de intensificación del odio dirigido a los militares que insisten en su apego a la soberanía y a la constitución; así, después de declarar públicamente que sabotearán las elecciones para la Constituyente, así, tratando de enturbiar lo que está clarito, los diputados antichavistas montan un show en el Palacio Legislativo, con una denuncia semilla de fake news, y una coñaza en patota, siempre en patota, y decenas de cámaras montando una historia que no pega con las imágenes que graban: “La GNB golpea violentamente a diputados opositores”, y uno lo que ve es a los diputados medio matando a patadas, golpes y empujones, a los efectivos de la guardia, que contienen el ataque con sus escudos. 

En ese contexto llega Julio Borges a “poner en su sitio” al coronel que está al mando de la unidad; a exigirle que le permita hacer lo que le dé la gana, bravito, eso si, porque ahí hay una cámara que no es la de ellos, bravito porque puede grabar lo que Julio no quiere que se vea, bravito porque no puede volverse loco… Como una olla de presión, Borges se va cargando porque el coronel ese, ese negrito alebrestado, no le está haciendo caso. Julio, no puede, se le ve en la cara que no puede, se le ve cómo se le sube desde el colon, luego al estómago, hasta la garganta, a través de los dientes, silbando entre los labios tensos, como un peo que se te escapa en contra vía, el incontinente, el legendario, el hoy inútil, “tú no sabes quién soy yo”. 

“Yo soy en Presidente del La Asamblea Nacional” —dijo Borges, empinándose un poquito, sacando la barriga creyendo que era el pecho, subiendo la nariz para que se note que todo ahí le huele fo. “Y yo soy el comandante de esta unidad”—respondió el coronel que no es carga bolsas de nadie y agregó: “Usted puede ser presidente de lo que sea, pero le agradezco que se retire…” Julio, incrédulo porque las palabras mágicas no funcionaban ni siquiera en el Palacio Legislativo, preocupado porque no tenia a su patota consigo, metió la barriga, creyendo que era el pecho, tiró para atrás un poquito, como para que no se notara que quería salir corriendo. Él, el que se jacta de ser el contacto antichavista con los cuarteles, el que se tiene el respaldo de la cuarta flota de los EEUU, el que se dice líder de la invasión, perdón, la transición, no tuvo tiempo de contar ni siquiera hasta 22, antes de que el coronel Lugo, cumpliendo con su mandato constitucional, que no es otro que defender la soberanía, que no reside en Borges, por cierto, sino en el pueblo venezolano… Decía, así el coronel Lugo, de un solo empujón, puso a Julio Borges “en su sitio”. 

“¡Indignante!” — dijeron horrorizados voceros antichavistas que no tienen ni idea de lo que es la dignidad. “Violentaron la majestad de su cargo”, se quejaron otros que aplauden cada vez que alguien le menta la madre a Maduro. “¡Cuánta violencia!” —chillaban, al mismísimo tiempo que tenía sus esperanzas puestas en un terrorista en helicóptero que lanzaba granadas sobre el Centro de Caracas. Bravísimos todos porque, ooootra vez, un soldado carepueblo no les dejaba hacer lo que les da la perra gana.  

“Tú no sabes quién soy yo”… Lo sabemos y por eso es que no volverán. 


Rondón peleando

Solemos decir que “Rondón no ha peleado” pero cada vez creo más que Rondón está dando una magnífica pelea. Han sido 18 años de virulentas provocaciones, agudizadas con saña en estos últimos 4 años, buscándole las cinco patas al gato, buscando la chispa que encienda el fuego de una guerra importada.

Nunca voy a olvidar aquella noche tremenda, estábamos en el funeral de Chávez, yo estaba afuera en el patio de la Academia entre la gente que había hecho 36 horas de cola para despedirse de su presidente, su comandante, su hermano, su padre, su amigo. Estábamos ahí con nuestro dolor en carne viva cuando, de repente, un rugido grave, como el rumor de un sismo, recorrió el Paseo de Los Próceres, y subió por los cerros, por cada calle, por cada camino, era un rumor de rabia, de indignación, hasta de incredulidad, porque no es posible que haya gente tan perversa en el mundo… Pero era posible: Capriles, frente a las cámaras, sin querer contener una sonrisa sádica, buscaba convertir el luto del chavismo en rabia sanguinaria. “Chávez está muerto, y nadie de los va a devolver” dijo, invocando a la muerte de millones de venezolanos. 
Recuerdo el hilo de sudor frío que recorrió mi espalda, lo recuerdo convertido en calidez y luego en orgullo enorme de ver la firmeza del chavismo, su conciencia, incluso en su momento más duro, el más triste, el más desolado. Nadie se movió de la fila, nadie bajó de su barrio a matar a nadie. Rondón, estaba dando su pelea. 
Apenas un mes más tarde, otra vez Rondón, con su tristeza a cuestas, ganó las elecciones al sifrino que se había burlado de la enfermedad y la muerte de Chávez. El triple vencido mandó a los suyos a descargar la arrechera. Perdimos 11 compatriotas, dos de ellos niños. Rondón seguía peleando.
Luego La Salida, con 43 muertos, y el cinismo del asesino comparando sus lágrimas con la de sus víctimas. La rabia que produce la injusticia, la impunidad. Y Rondón firme, su pelea es evitar la pelea.
Y siguieron golpeándonos, y para quitarnos la paz que cuidamos, nos quitaron la comida, la escondieron, la encarecieron, nos quisieron poner a matarnos por un trozo de arepa, y Rondón, esquivando el bachaqueo, fue más solidario y más creativo. Rondón peleando.
Y como no pueden con él, como no hay modo de doblegar la voluntad de paz de Rondón, vuelven los locos, aún con más violencia, con más cinismo, nos matan y nos acusan de ser los asesinos. En una fiesta macabra cuentan muertos como barajitas de un álbum. Por matar, quieren matar hasta la memoria de Chávez, y eso se solo logra matando a los chavistas. Entonces proclaman sus deseos, que más que deseos son planes de los que no se salvarían, según han escrito, ni los niños de 5 años. Amenazan con sadismo salivante, con “un mejor país donde quepamos todos” (los chavistas en una fosa común). Van por nuestros hijos, van contra lo más sagrado, van incluso contra nuestros muertos, para que no nos quede dudas de que ni muertos nos van a dejar en paz. En paz Rondón resiste, porque esa es su pelea.
Y una tarde en estos días, un grupo de politiqueros sifrinos, rodeados de cámaras, se metieron en Ciudad Chávez a buscar lo que no se les ha perdido. ¡En Ciudad Chávez! Y ahí estaba Rondón, con fiereza de mujer chavista un pequeño grupo de mujeres, una de ellas menudita, de no más de metro y medio, se les plantón en frente “no vengan a meterse con estos militares, estos militares son nuestros, del pueblo, no de ustedes… Y, a pesar de tener en sus manos dos piedras para pegárselas a los sifrinos en la cabeza, abrazada a su conciencia chavista, lanzó un “coño de la madre, váyanse de esta mierda” y las estrelló con toda su fuerza contra el suelo. Los sifrinos retrocedieron y Rondón sigue peleando.
Y si llegara el día que hemos evitado tanto, cuando la batalla no sea por preservar la paz sino para traerla de vuelta, ahí estará Rondón peleando, ahora sí, con toda su fuerza desbordada. Porque si algo sabe Rondón es pelear por la paz de todos, incluso de quienes no saben valorarla.


El tonto y el zorro

Quién iba a decirle a Ramos Allup que un masca chicles como Freddy Guevara se iba a convertir en el líder de la oposición. Quién iba a decirle eso a Venezuela toda, sin que toda Venezuela soltara una carcajada. Pues, mire usted, ahí está Freddy, pero no se ría, mire que el que ríe de último, ríe mejor.

Pasa que desde hace demasiado tiempo ya, la dirigencia antichavista se ha dedicado al estúpido juego del loco furioso, un violento torneo de odio cuyas reglas las dictan desde afuera. En un campo sembrado de miedo y prejuicios, se realiza este concurso de ira, en el que los hinchas de cualquiera de los aspirantes al trofeo, terminan atrapados, sin derecho a pataleo, en una pavorosa calle ciega en llamas. Un torneo cuyos participantes destacan siempre por su ineptitud y violencia, nunca por su brillo.  

En la cancha, un jugador veterano, un prestidigitador la política que, entre otras cosas, es capaz de presentarse como el futuro, a pesar de su oscurísimo pasado. Un astuto zorro dueño de un colorido y estridente catálogo de insultos y amenazas, y de una epiléptica coreografía gestual, que derrama sobre su publico cuando calcula que el momento lo exige, y aprovecha, de paso, para alardear de su motor arrechísimo. ¿Viejo yo? 

Iba el zorro embalado en la carrera pero, sin que nadie supiera cómo, un personajito gris que se había apoderado del partido de su jefe preso -un partidito que no tiene muchos votantes pero los que tiene son los más violentos- y se coló, con sus panitas “masca chicles”, “asexuados políticos”, aquellos que salieron al ruedo en defensa de una empresa privada, con discursos diseñados en una agencia de publicidad, aquellos estudiantes, “La Generación 2007”, que entonces debía refrescar la imagen del antichavismo, marchita por el continuo fracaso. Esos que hoy, diez años después, toman la cancha para rucharle las metras a sus antiguos mentores. 

Lo hicieron con más violencia que todos y con más torpeza, logrando un liderazgo efímero que hoy agoniza acorralado por la frustración de sus seguidores y por el calendario electoral. Y así. mientras el tonto lanza, tuits, balas, fuego y pupú, el zorro viejo, que sabe que el que juega con fuego se quema; se distancia hecho el pendejo y, sorteando guarimbas, se desliza por los caminos en campaña presidencial. 


Secuestro en propiedad horizontal


Un día, hace poco menos más de dos meses, la vida en el edificio cambió de manera radical. Todo por culpa de Maduro, claro. Resulta que una tarde, un grupo de encapuchados quemaba y rompía cosas para hacer su barricada delante del edificio, y claro, se defendían lanzándoles molotovs a la guardia y la policía que pretendían violar su derecho a quemar y romper cosas para hacer su barricada. Esos muchachos cerraban nuestra calle con nosotros adentro en nombre de la libertad. Ellos son nuestros libertadores. 

Así, una tarde, cuando llegó la guardia nacional a llevárselos presos, nosotros, los vecinos, no dudamos en abrir el portón para que los libertadores se refugiaran en nuestra propiedad privada, inviolable, sagrada, aún en esta dictadura comunista. Entraron corriendo con sus escudos, con sus capuchas, hediondos a gasolina, pobrecitos. Esperábamos que algunos de ellos subieran a sus apartamentos, con sus papás, pero ninguno se movió de la planta baja. Parecían no saber, no tener a dónde ir. “No son de este edificio” -comentó Gladys. “Deben ser de los edificios de al lado”.  

Caía la noche, la guardia no se iba y había que resguardar a nuestros héroes. Así, terminaron en la sala de fiesta del edificio. Les bajamos comida, cobijas y algunas almohadas. Allí pasaron la noche. 

Apenas amanecía cuando salieron todos a retomar la calle, calle y más calle; a rehacer la barricada que nos mantendría presos en nuestras casas en nombre de la libertad. Un nuevo día de basura quemada, postes de luz arrancados de raíz atravesados en la calle, bien hecho, para que nadie pudiera pasar, y menos esos guardias que se quieren llevar a nuestros héroes. 

Otra refriega con los esbirros al final de la tarde, otra vez los encapuchados libertarios alojados en nuestra sala de fiesta. Esta vez más confiados, hasta se quitaron las capuchas para comerse los sanduchitos que los vecinos les bajamos. “Lo raro es que si son del edificio de al lado, siempre corran a refugiarse en el nuestro” -dijo Gladys, nerviosa, porque notó que los chamos no eran tan blancos como los imaginó cuando llevaban la capucha. 

Como la lucha es para largo, por eso se llama resistencia, según explicó Audi Guevara, los héroes encapuchados empezaron a hacer turnos de calle, calle y más calle. Mientras unos destrozaban cosas afuera, otros destrozaban la jardinería de nuestro edificio, usando nuestros lindos materos de brillantinas como sillas, tarimas y camas. Ya no se conformaban con permanecer en el salón de fiesta, ya casi no cabían en él. Sin que nos diéramos cuenta, cada vez que abríamos el portón para salvarlos, se metían dos o tres nuevos encapuchados a vivir en nuestro edificio. 

Pronto empezaron a ponerse pesados, como toda visita que se queda más de la cuenta. Ya no se conformaban con los sanduchitos y jugos que les ofrecíamos. Uno de ellos me pregunto, casi amenazante, si yo no tenia whisky en mi casa. Les tuvimos que bajar esa noche una botella de Pampero aniversario que teníamos guardada en casa por si llegaba una visita. La visita eran los encapuchados. 

Llenaron la sala de fiesta y los pasillos del edificio con escudos, botellas de vidrio, y bidones con gasolina, que dejaban arrumados en cualquier parte. También había máscaras antigases, y unos tubos que usan para lanzar cohetones. Gladys, que es maniática con la limpieza, trató de ordenar un poco las áreas comunes, y uno de los héroes la paró en seco: “Doñita, mejor vaya y métase en su cocina no vaya a ser que termine quemándose aquí”. Gladys, lívida, subió a su apartamento y no le hemos vistos bajar más. 

Con Miguel, el vecino de 8-B la cosa fue más de miedo: en la entrada de la calle, nuestros huéspedes encapuchados le había cobrado peaje para dejarlo pasar. Todo el efectivo que llevaba, que no era mucho, y por no ser mucho, también tuvo que entregarles su celular. Llegó Miguel mentando madres, mientras nosotros tratábamos de calmarlo, no fuera a ser que los encapuchados lo escucharan. Lo escucharon y uno de ellos se nos acercó y, golpeando a Miguel con su dedo índice en el pecho, preguntó “¿No será que este mariquito es un sapo? ¡Mosca, pues!”. Algunos de los vecinos dieron un defensivo paso atrás, lejos del que podía ser un sapo chavista. Otros sabíamos que Miguel era incapaz de sapear a nadie, que solo estaba bravo porque tuvo que entregar su celular a la causa libertaria. Lo acompañamos hasta su casa y le recomendamos, nos recomendamos, guardar cualquier queja en el fondo de nuestras almas. 

Tantas semanas después, cuando el olor a basura quemada nos resultaba hogareño, cuando habíamos perdido el hilo de cuántos y cuáles encapuchados entraban y salían de nuestra propiedad, cuando ya estábamos acostumbrados a llevar dinero para el peaje cada vez que íbamos a salir, cuando nuestros hijos estaban felices de que las vacaciones de fin de curso se hubieran adelantado tres meses, aunque esto les pudiera costar el año escolar, justo entonces, llegó la guardia a deshacer la barricada y a llevarse presos a los encapuchados que, definitivamente, o no tenían madre o no eran de aquí, porque nadie salió a reclamar cuando se los llevaban. 

Cuando llegó la guardia a buscarlos definitivamente, porque ya, desde nuestro edificio habían herido a varios de ellos, Maritza, la presidenta de condominio nos instó, desde el whatsapp, a tocar las cacerolas en repudio a los esbirros. Cuatro cacerolas sonaron en cuatro balcones durante cuatro minutos. Todos repudiábamos “la brutal represión” en el chat de whatsapp, como diciendo “presente”, como para que nadie pensara que estábamos de acuerdo con que se llevaran por fin a los huéspedes terribles que nos tenían secuestrados. Miguel, el del 8-B era el que más y mejor repudiaba. “Pobres muchachos, nuestros héroes, salgamos a defenderlos de las garras represoras de la dictadura”, escribía lejos de pararse del sofá y salir a defenderlos. Todos lo apoyábamos desde nuestros sofás. 

Fue una noche larga y tensa que cedió a un amanecer raro, sin humo, sin héroes durmiendo en los pasillos y escaleras del edificio. La calle, con las cicatrices que le dejó el destrozo, el poste a un lado junto a un árbol que corrió su mismo destino, la calle herida, pero despejada. 

En el edificio, respiramos aliviados, eso sí, con mucho tacto y disimulo. Abajo me encontré con Gladys, que intentaba resucitar a las brillantinas con un poco de agua y fertilizante. Miguel, el del 8-B se subía en su carro con sus tres niños que volvían por fin al colegio. “Qué cagada que se llevaron a los héroes” -me dijo sin convicción. “Qué cagada, sí” -le contesté, cruzando los dedos para que no vuelvan nunca más. Que mi calle, nunca más, se convierta en una zona de guerra. Amén. 


Nadie se llama Wuilly

Como siempre, los ricos poniendo a otros a trabajar por ellos; esta vez poniéndolos a meter el pecho por sus causas, a defender sus privilegios, en primera linea, a tirar piedras y morteros y frascos llenos de mierda, a tragar gas lacrimógeno, a ser arrestados, a ser abandonados, olvidados, porque, sinceramente, ¿qué ricachón se va a preocupar por el destino cualquier pendejo que ya no les sirva, y menos si el pendejo se llama Kleiman, Yerdenson, o Yusbellys? 

Por ahí anda Wuilly, cuyo nombre recuerdan, por ahora, porque es el gringuísimo nombre Willy, pero mal escrito. Este Wuilly musicaliza el prefabricado show libertario, made in USA y se siente famoso: Todos ondean su nombre como bandera, y Wuilly se siente importante sin imaginar que para quienes lo usan, él no es más que un Wuilly, un Yonaiker y un Darwinson más trabajando para ellos, pero esta vez armado con un violín, en lugar de un mortero o una puputov.
Como Wuilly tiene un violín y estuvo en París con la orquesta, cree que el Wuilly no se le nota, pero esas cosas, en el este del Este, desde El Cafetal y esas populosas urbanizaciones clase media de medio palo, hasta las urbanizaciones con casotas de 7 habitaciones, 8 baños y jardines enormes con perros de raza de moda y piscina… esas cosas allá se notan ¡y mucho!
La verdad es que en el alto Este del este, nadie de llama Wuilly, como también es verdad que ninguna señora del este de Este quiere un yerno con ese nombre que tampoco aparece en la lista de nombres del príncipe azul de sus hijas. Nadie llamado Wuilly cabe en las exclusivas fiestas de Prados del Este, Altamira o La Castellana, a menos que vaya como mesonero, o en el mejor de los casos, como es el caso de Wuilly, que vaya como violinista para darle ambiente a la noche. Los Wuillys no tienen derecho de ser admitidos en los locales de Las Mercedes que se reservan el derecho de admisión. Allí caben los Alejandros, Mauricios, Federicos y Albertos y algunos con nombre gringos y pedrigree que lo respalde.
Los Wuillys de Venezuela hoy son “panas” de los sifrinos porque les sirven de bandera. Mientras Wuilly toca “valientemente” un reguetón libertario, alguna María Alejandra en es este, tirada en su sofá y escuchando a Ariana Grande, sube en su Instragram la imagen de ese chamo al que jamás le concedería un baile, y mucho menos si es “Despacito”.
 Wuilly no cae preso porque tocar violín no es un delito, como lanzar morteros, atacar bases militares, linchar y quemar vivos a otros, del mismo color de Wuilly, que “parecían chavistas”. Porque tocar violín no es delito, pudo Wuilly llegar sin problemas a Miraflores, “sin miedo” dijo él para ponerle sazón a su insípida gesta. Y menos mal que Wuilly no anda en cosas peores que musicalizar el delito que otros cometen, porque nadie saldría a decir, si lo agarraran, “liberen a Wuilly”, sin cagarse un poco de la risa pensando en una ballena.
Como nadie ha dicho liberen a los terroristas que agarraron esta semana en la Plaza Altamira, morenos, con la piel marcada por la mala vida, muchachos que nadie en Altamira conoce, que nadie el Altamira sentaría en su mesa, que nadie el Altamira casaría con sus hijas. Sus nombres, como el de Wuilly, de esos que nunca aparecen en las juntas directivas, digamos, de un banco.
Los Wuillys, los Yorban, las Yamileidys, librando esa pelea contra ellos mismos, se creen aceptados, y se imaginan llegando ya al epicentro de su sueño imposible. ¡Mira, mamá, lo estoy logrando!…
Y toca que toca el violín, Wuilly, soñando ese sueño torcido que lo aparta de su origen, sirve de mano de obra barata, desechable, en una lucha que no es suya, por unos privilegios que nunca tendrá. Y así, mientras musicaliza el preludio de una guerra que nos quieren imponer, Wuilly se convierte en instrumento ciego de su propia destrucción. 
Y digo todo esto porque lo sé, porque vengo de ahí, donde nadie se llama Wuilly.


La paz en el closet

Ana Luisa se levanta tempranito y lo primero que hace es revisar el whatsapp. “Hoy gran plantón nacional ¡Ahora sí, Venezuela!” —dice un mensajito que mandó una vecina propensa al reenvío de cadenas. ¡Gran platón! Ana Luisa salta de la cama y corre al balcón con vista a la realidad de la calle despejada y libre. Suspira aliviada Ana Luisa y se va a despertar a sus niños que ya han perdido demasiados días de cole. “¡Al cole, mis amores!”

Desde su privilegiado punto de vigilia, Ana reporta a otras amigas que no tienen balcones hacia las avenidas. Lo hace con mucho tacto, sin que ningún sentimiento positivo se cuele en su reporte vial, “no vaya a ser que hiera susceptibilidades —piensa mientras teclea con sus pulgares— no vaya a ser que crean que me cansé y el que se cansa pierde; no vaya a ser parezca chavista, ¡líbreme Dios!”.  
“Todo despejado”, clic, sin caritas, ni manitas, ni banderitas, ni nada, Ana Luisa no está para emoticonos, el último que puso resultó ser un tanto ambiguo: la carita amarilla no estaba furiosa sino que tenía una especie de sonrisa forzada, eso le costó un regaño grupal, porque no son momentos para sonreir. Las amigas que esperaban el reporte matutino de Ana Luisa expresaron su descontento por la normalidad que anunciaba el día: “Es que nadie apoya a los muchachos”, “Así es, hasta que no salgamos todos a la calle sin retorno, esta dictadura no se va a acabar”, clic, y corrieron a alistar a los niños. ¡Al cole, mis amores!
Al colegio, al trabajo, al mercado, a la vida cotidiana que retoman con frustración, es cierto, pero con gran alivio, porque la salida rápida e indolora que les vendieron, se convirtió en un conato de guerra civil que nadie quiere, salvo los dirigentes de la MUD y sus sicarios encapuchados, que tienen secuestrada a la oposición.
 Los violentos que se imponen a punta de miedo: “el que se queje en un sapo, un infiltrado, un chavista, el que quiera paz es colaboracionista y todos la van a pagar”. El miedo y la presión social empuja la mayoría de los opositores a ser pacíficos de closet. Y alli, encerrados, no se dan cuenta de que pertenecen al 80 y pico por ciento de los venezolanos que queremos diálogo y paz.
Que el miedo no sea abono para el terror guerra. Es hora de salir (del closet) a defender la paz.