Veo, veo

Mediodía, salen los niños del cole. Como bandadas de periquitos llenan las calles del tricolor con sus morrales, de la alharaca de sus vocecitas repasando los cuentos del día. Me detengo cada día a verlos. Ellos me centran, me impiden ceder al desgaste que la guerra impone.

Hay cuatro liceos en un cruce de cuatro esquinas. Montones de muchachos salen y la calle se vuelve un bululú de empujones y risas, y no hay semáforo que valga, siempre sale un atolondrado que cruza corriendo, mirando al amigo que se queda en la otra acera, al que le grita el último cuento que no le pudo contar en clases. Una señora los espera cerca del semáforo, a la sombra de un roble enorme, con su mesita portátil llena de dulces caseros. A su lado el chichero, y más allá un señor que vende jobitos, ciruelas y mamones; cuando hay. Cuando no, siempre hay cocos para vender.

Dos niñas con moños de colores van dando brinquitos de la mano de su papá. Más allá, dos varoncitos de franela amarilla, con unas gorras de beisbol que les quedan enormes y les bailan en la cabeza. Siempre hay abuelas y abuelos haciéndole el quite a sus hijos ocupados, niños sortarios que salen del cole al delicioso abrazo de una abuela que huele a ají margariteño y cilantro, a sopita que espera en una casa donde si comen dos, comen tres y cuatro… Andando, pasan de largo por la parada llena de gente. Desde hace tiempo decidieron caminar las cuadras que antes recorrían en autobús. Los autobuses ahora son para los que van lejos. 

En la parada, profes y estudiantes esperan cruzando los dedos para que llegue primero un Yutong. Nada le gana a uno de esos autobusotes rojos que dan un buen servicio y son más baratos, pero antes del Yutong llegó un camión y dio la cola a un grupo de profes que se morían de risa cuando sus alumnos les hicieron la pata gallina para sus profes pudieran subir y al más gordo de ellos lo tuvieron que ayudar entre tres.

Una señora que miraba lo mismo que yo, me comentó indignada: “¡Qué desastre, a dónde hemos llegado! No sé de qué se ríe esa gente… conformistas… por eso estamos como estamos”. Yo, en cambio, en ese bululú veo vida, fortaleza, resistencia, inventiva, solidaridad. Veo un pueblo venciendo dificultades, pueblo que no se deja robar su esencia, que no se deja doblegar… Por eso estamos como estamos.

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Lo que la guerra se lleva

Con Chávez hicimos un master en guerras no convencionales. La guerra mediática la teníamos descifradita, los bloqueos, las revoluciones de colores, los infiltrados, las ONGs como máscaras de la CIA, del Departamento de Estado, del Pentágono. Nos hicimos expertos en detección de fake news, por ser su objetivo principal. Más tarde, supimos del law fare y vimos hacia dónde van los tiros. Entonces llegó la guerra.

Antes de la guerra, había un embeleso con la lucha heroica de los pueblos hermanos bajo ataque. Cuba, un faro de resistencia. El Chile de Allende, un glorioso morir con las botas puestas, tras resistir todo tipo de sabotajes, bloqueos, carencias planificadas por el enemigo de siempre, el enemigo nuestro. La dignidad de no quebrarse, de no ceder, de no concederle al enemigo la satisfacción de vernos derrotados. “Primero muerto que de rodillas”… Hasta que nos tocó a nosotros…

Entonces las dimensiones de esta guerra escaparon de la compresión de quienes parecían comprenderlo todo. Así, de golpe y porrazo, después de vivir glorificando la resistencia de otros pueblos, supieron que no podían vivir sin internet veloz, sin flujo eléctrico constante, sin servicios públicos de calidad. Y empezaron a preguntarse en cuanto lugar los pudieran oír, qué carajo tiene que ver la guerra con la ineficiencia, “porque la luz, el agua, el ABA no se compran en dólares”, dicen, obviando maquinarias, repuestos, bloqueos, robos de material estratégico, sabotaje y ni hablar de los más de 500 años de dependencia colonial y neo colonial, que según, debió ser erradicada los últimos 20 con una receta mágica que los que saben, tienen.

Y se asombraron cuando el pollo desapareció de las carnicerías de un día para otro, y los huevos, y el azúcar, y las galletas, y lo necesario y lo no tanto, porque la calidad de vida y tal y cual… Se sorprendieron con el mercado de la guerra encarnado en los bachaqueros, especuladores y acaparadores, como si los mercados negros los hubiéramos inventado nosotros, tipo Chacumbele. Y se desmayan con precios que nos impone el capital, su arma más mortífera, y afirman indignados que el gobierno falló porque el enemigo, como es lógico en toda guerra, respondió con un feroz ataque al primer paso (de tantos que serán necesarios) del plan de recuperación económica que el Presidente anunció para los próximos dos años (por lo menos). Esa parte no la escucharon. 

Y miran en línea recta mientras patinan por este camino sinuoso y complicado que nadie ha andado, y se arropan en un manto de moral que más que moral es soberbia. Y corre la tinta del lamento y el lamento se difunde buscando aplausos derrotados, mientras se proscribe la alegría y se le salpica de sospecha, para que no estorbe, y en esta guerra que no solo nos quiere matar de hambre, sino primero de tristeza, solo el ego se alimenta.

Y lo cool, lo trendy, lo nice, es la narrativa de lo gris, de la desesperanza, del mínimo detalle del desaliento, del señor que vende verduras y que me vio feo bajo la lluvia eterna de Caracas, donde ya no sale el sol como antes. Invisibilizando al gentío que sale tempranito a enfrentar el día en medio de este chaparrón, cuando lo más fácil (y más inútil, claro) sería tirar la toalla. Invisibilizando la lucha heroica que alguna vez admiraron en otros pueblos y ahora está dando el suyo. La narrativa de la rendición, de los brazos caídos, de la queja sin propuesta, de la desesperanza, de la derrota. Un acto de ingenuidad suicida que ignora que nos jugamos la vida en esto, y que, para que sus argumentos cuadren, niega también que el primer sentenciado es Nicolás, que “está desconectado”, tú sabes, para que la revolución se vaya al carajo, y llegue la contrarrevolución a hacer lo que hace, y no te cuento el law fare, que con Lula no hemos visto nada… ¡Qué Lula! Gadafi sería poco para el odio que le tiene la derecha a Nicolás, tú sabes, porque él destruyó El Legado de Chávez… Oh, wait! Tan fácil que le hubiera sido traicionar como traiciona Lenin al Ecuador…

En fin, que en toda guerra hay bajas, y es doloroso verlas caer en vivo y directo por las redes sociales, mientras me pregunto cómo habría sido el Período Especial en Cuba con la lloradera de Twitter, la rumba de Instagram y esa sed insaciable efímeros e inútiles “me gusta”.


Traficantes de tristeza

De esta guerra de mil aristas que vivimos surge un batallón no solo miserable, sino pavosísimo: los traficantes de tristeza, una especie del guardianes de lo trágico, sacerdotes de la inquisición contra la alegría, relatores de sufrimientos y penurias en tercera persona, militantes de efímeras campañas que inundan foros y redes sociales. Los traficantes de tristeza se regodean en las dificultades, las poetizan, las elevan soberbios a categorías literarias en nombre de “los que no tienen voz”, expropiando voces, enmudeciéndonos. Expertos en historias oscuras, tristes y reales, sí, como reales son tantas otras que descartan por contradecir su oscura narrativa. ¡Ay de la luz si se atreve a interrumpir el drama que vivimos, ay de quién se le ocurra prenderla! No se puede ser tan insensible a la tragedia que vive el “pueblo de a pie”, como para pretender que siga habiendo cumpleaños, besos, chistes buenos, navidades, música y sandungueo…

Mucha hipocresía, muchas omisiones calculadas, mucha frivolidad, mucho faranduleo que dejan las costuras a la vista. Se lamentan por el Suena Caracas, “porque no se puede gastar en eso cuando el pueblo tiene hambre y con hambre no se baila”, mientras que el Caracas Oktoberfest les da un aire de país. Se lamentan por el pernil navideño, “porque eso no resuelve nada” y cuando les toca a ellos, lo agarran hechos los Bartolos. Decretan el sufrimiento integral, eso sí, solo para el “pueblo sufrido”, para que nada desentone con el relato de orfandad y derrota que nos debe rendir deprimidos.

A los traficantes de tristeza les indigna que enfrentemos la dura realidad que esta guerra nos impone con nuestra venezolanísima jodedera. Y como no pueden con ella, descalifican nuestra alegría como inconsciencia, falta de formación, tercermundismo, desorden, conformismo… y yo pienso en el ejército de Bolívar, y en el montón de anécdotas geniales que nos dejó la historia y no me los imagino venciendo al imperio español si hubieran ido a la batalla arrastrando los pies apesadumbrados, negándose su propia esencia desenfadada, jodedora, optimista… negándose la fuerza que inyecta en el alma una sonora carcajada. 

En cambio me imagino clarito al ejército español marchando poderoso y soberbio hacia la derrota, mientras se preguntaba: ¿de qué se ríen esos carajos?


Palabras más, palabras menos

En esta guerra las palabras son balas, incluso las que no se pronuncian. Es tan duro el asedio que hasta la omisión de una palabra alimenta la hoguera comunicacional que nos quiere consumir. Agobiados por la guerra, dejamos de nombrarla y usamos la palabra “crisis” que nos impone el enemigo, la que lo encubre, la que invisibiliza su ataque feroz, la que lo libra de culpas, la que te culpa a ti, la que culpa a los compañeros, la que desalienta, la que separa, la que te roba la esperanza y te derrota.

El enemigo camufla la guerra enumerando sus consecuencias dramáticas, que nos duelen en el alma, como echándole sal a una herida y cuando el dolor se afinca, nos tapa el sol del ataque con el dedo de las palabras “ineficiencia”, “corrupción”, “incapacidad”… siempre atadas a las palabras “socialismo”, “chavismo”, “revolución”, estas a su vez ligadas inevitablemente a “fracaso”… decretando la urgente necesidad de ponerle fin al “desastre”, palabra favorita de todas, que se cuela en nuestra trinchera atada a las palabras “desconexión”, “abandono”, “capitulación” e inevitablemente la palabra “traición”.

Abundan entonces las oraciones prefabricadas, convertidas en letanías que se pronuncian en modo piloto automático. Y medias verdades y grandes mentiras se repiten como mantras que terminan explotando en nuestra propia trinchera, mientras el enemigo come cotufas encantado y arrecia sus cañonazos. 

La guerra no existe, “es el gobierno que no la detiene” porque “en China fusilan a los corruptos” y “el gobierno tiene que nacionalizar los medios de producción” y “tienen que supervisar” y “tiene que hacerme caso a mi”… Y es que también están las palabras que dicen exactamente lo que hay que hacer y que el gobierno no hace. Entonces la palabra “crisis” se rodea de soluciones que parecen tan sencillas como el simple hecho de pronunciarlas y si el gobierno no las aplica, o si las aplica y el enemigo responde -ahí vamos otra vez- el gobierno es culpable por “ineficiente”, “corrupto”, “incapaz”… No es que sí, no es que no, es que si quieres que te cuente el cuento del gallo pelón.

Y los tomates y cebollas se pudren en los supermercados mientras sigue subiendo su precio, derrumbando a patadas en el estómago a la sagrada ley de la oferta y la demanda, pero no es una guerra. Y ayer en la Casa Blanca se habló de incluirnos en la lista de países que patrocinan el terrorismo -¡ellos a nosotros!- pero no es una guerra. Y la semana pasada, un banco de Inglaterra se apropió 14 toneladas del oro de nuestras reservas, pero ¡shhhh!, que estoy hablando de la “crisis, de la desigualdad, de la camionetica, de la rabia que tengo porque ya no somos el país más feliz del mundo que fuimos, allá en 2007. ¡Ay, Chávez, cuánta falta nos haces!”

Y con cuatro palabras lloronas Chávez se convierte, para ellos, en sinónimo de orfandad, de desamparo, de impotencia y no de fortaleza, convicción, valentía indoblegable… de grandeza, que es lo que es Chávez… Y se apropian de su nombre para justificar el “miedo” y “cansancio” que nunca pronuncian en primera persona, como tampoco pronuncian la palabra “guerra” que los provoca.

Palabras más, palabras menos, en esta guerra tan dura, es tarea de todos afinar con precisión y no perder la puntería. 


¡Miénteme, Nueva York!

 

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Te dijeron que era ilegítimo, por cucuteño. Te dijeron que aunque era cucuteño e ilegítimo, la AN lo iba a sacar en seis meses por abandono de cargo, por referéndum revocatorio, por renuncia forzosa, y si todo esto fallaba lo sacaban por cucuteño, y vuelve a empezar… 

Y Nicolás seguía ahí, mandando, así que te dijeron, para que no se les notara el fracaso, que habían, por fin, declarado el abandono de cargo y tu aplaudiste y prendiste la tele para ver a Napoleón Bravo dándote los buenos días, Venezuela… Pero, nada, Nicolás seguía ahí.

Y como veían que resistía, fueron buscar otro elefante (blanco), y nombraron un tribunal supremo de cartón piedra y, apenas juramentados, los magistrados de utilería corrieron a Miami y desde allá decretaron -¡adivinen!- que Nicolás no era presidente de Venezuela y aunque no era presidente, lo juzgaron y sentenciaron, ahora desde Bogotá, que no era presidente oootra vez y nunca un presidente ha sido tan destituido y tú sigues creyendo.

Está rodeado -te dijeron-, no puede salir del país porque tiene código rojo de Interpol por dictador, por malvado, ¡por favor invádannos ya! Que es un paria, que está aislado y apareció en China y luego en Turquía, con una pizca de sal. Pero bueno, esos no son países serios, -te dijeron- ¿a que no se atreve a ir a Nueva York?

Y fue a Nueva York y dio un discurso sólido que arrancó aplausos en la Asamblea General de la ONU, donde fue recibido como lo que es: el Presidente de Venezuela. Pero en la sala no había sino “paisitos de segunda” que no son los United States -te dijeron-. Y bueno, que no lo metieron preso ahí porque eso es “tierra santa”, pero ¡ay si se atreve a pasear por la ciudad!. 

Y Nicolás fue a Harlem y regresó a la ONU a completar su agenda de reuniones, pero ¡ja! Trump no se reunió con él. Porque él fue arrastrado a reunirse con Trump, porque Nicolás tiene miedo -te dijeron- y tú tienes que contentarte con eso para no tener que pensar en cómo es que el dictador que te dijeron que era, fue recibido como el presidente que es.

Y quienes te engañaron, abofetados por la realidad, no pudieron sino seguir haciendo el ridículo. Así, mientras Nicolás estaba en Harlem, la ex magistrada adeca ordenaba delirante, por Twitter y en inglés, que lo arrestaran ya. Lo tragicómico es que tú le diste retuit.


La razón de la alegría

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«El arte de nuestros enemigos es desmoralizar, entristecer a los pueblos. Los pueblos deprimidos no vencen. Por eso venimos a combatir por el país alegremente. Nada grande se puede hacer con la tristeza»  Arturo Jauretche

A todos los que no somos Mendoza, Lovera, Machado, Zuloaga, nos golpea esta guerra. Todos somos su objetivo, ninguno de nosotros puede evitar serlo. No hay modo: Venezuela está en la mira de los dueños y los venezolanos, todos, salvo los Amos del Valle, somos fichas desechables en este tablero de guerra. 

Después de años de intentos locos y violentos, donde alguien tenía que dar la cara, a finales de 2012 los dueños afinaron una estrategia que venían incubando desde hacía varios años. Recuerdo el martes 9 de octubre, lo recuerdo clarito porque regresaba a mi casa luego de un mes de ausencia, y tuve que hacer mercado para poner mi cocina al día. Recuerdo mi asombro cuando vi que en cada pasillo había un trabajador remarcando mercancía. De domingo para martes todo subió casi al doble “¡Y se va a poner peor!“ –me dijo con una sonrisa sádica, creyéndose parte de ”la gran familia del dueño”, el pendejo asalariado que estaba arrodillado remarcando latas de atún, chacumbelemente.

Y se puso peor… Ya lo sabemos.

Vamos a asfixiar a Venezuela, dijeron los voceros del Departamento de Estado, y bueno, Venezuela se asfixia asfixiando a los venezolanos. Eso no es difícil de entender, y menos ahora, cuando a todos nos falta el aire. Es una guerra cruel. Ya sabemos cómo funciona, por otras historias de otros países, ya conocíamos de lejos los efectos que empezamos a sentir de cerquita, en carne propia. Es jodido saber lo que viene y seguir levantándose cada mañana con una sonrisa y con esperanza, pero no hay otra: los pueblos tristes no vencen y los chavistas no tenemos otra opción que no sea vencer. Los chavistas lo sabemos.

Es jodidos ver a algunos compañeros caer en el camino, es jodido verlos señalarnos por nuestra insistencia de seguir andando por el mismo camino donde una vez nos encontramos. Es jodido ver cómo algunos pretenden que sintamos vergüenza por no caer derrotados, por no entregarnos, por ser capaces de seguir peleando con toda el alma y seguir sonriendo… Es jodido pero es parte del parte de guerra.

Parece que la alegría es un agravio, cosa que complace a los dueños que nos quitan todo para quitarnos la alegría. Porque de eso se trata, de desmoralizarnos hasta el punto de sumergirnos en la tristeza más profunda: la desesperanza. Los pueblos tristes no vencen y el chavismo es alegría. Esa es, y ha sido, nuestra mayor fortaleza. 

Defender la alegría es vital en esta guerra y esto pasa por inventar y celebrar cada invento, por pequeño que sea, como gran una victoria, porque lo es. Porque en la medida que nos reinventemos nos acercamos a nuestro objetivo. La alegría pasa por el descubrimiento de nuevas capacidades, de nuevas posibilidades, de nuevas formas de hacer las cosas. Pasa por celebrar cada cuesta remontada. La alegría pasa por cada gesto de solidaridad que nos acerca, que nos fortalece. Pasa por el visible florecimiento de la inevitable organización efectiva de la gente para resolver problemas comunes. Pasa por la reflexión, por el reacomodo y el deslastre. Pasa incluso por lo más pequeño, lo más insignificante, por lo cotidiano, lo bonito, lo inocente que persiste a pesar de los dolores, inconsciente de ellos, pasa por preservar esa pureza.. Pasa por la dignidad de guapear, de no mostrarte herido ante quien te quiere destrozado en pedacitos. No tambalear ante quien quiere verte derrumbado. Pasa, en lo individual, por ayudar a todos los que puedas, no como un acto de caridad masturbatoria, sino como un acto de militancia. En esta guerra, no ayudar al otro, es un delito de traición a la Patria.

Defender la alegría y expresarla a todo gañote, como cañonazos. Defender la alegría contra la vergüenza que nos quieren imponer por sonreír en tiempos de guerra. Defender la alegría impúdicamente, amorosamente, a carcajadas, sin pedir permiso ni perdón. Porque los pueblos tristes no vencen y nosotros venceremos.


Indignación selectiva y olvido

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Es un escándalo: miles de niños separados de sus padres y puestos en jaulas, como perritos en perreras. Los grandes medios publican su sorpresa, su indignación por tan horroroso hecho. Y se se filtra el llanto de los niños enjaulados, y una periodista larga el llanto en vivo. Y las redes sociales se vuelven un solo clamor, una sola condena. Y nadie se queda fuera de la última movida de indignación y condena, en la que caemos todos como corderitos. 

Es como si el mundo acabara de descubrir que la injusticia golpea más duro a los más pequeños. Es como si el mundo acabara de descubrir que los derechos no existen para los pobres. Es como si el mundo acabara de descubrir que los Estados Unidos viola los derechos humanos con absoluto desparpajo. Y hoy los derechos humanos son unos niños enjaulados de quienes nadie hablaba ayer, cuando el hambre, la violencia, la desesperanza los expulsó de Guatemala o de Honduras, o de El Salvador, o de México… miles y miles de niños que cruzan fronteras, con o sin sus padres, en un éxodo de décadas que, al parecer, nadie ve.

Pero ahora importan los niños. Ahora, convertidos en dudosa bandera del mismo sistema que los enjauló, ondeada por personajes nefastos que fingen indignación. Y vemos a Hillary Clinton, la que sembró el infierno en Libia con una risa macabra, horrorizada con los campos de detención de niños, que funcionaban bajo un manto de silencio durante el gobierno de Obama, del que fue Secretaria de Estado. Otra indignada es Michelle Obama, que no le parecía malo enjaular niños cuando el enjaulador era su marido quien, por cierto, se ganó el mote de “Deportador en Jefe” durante su mandato. 

Laura Bush, sí, la esposa de George W., dice que “esta política de tolerancia cero es cruel e inmoral” Y lo dice con su cara tan lavada, porque nadie recuerda a su esposo por haber sido el impulsor de esa política anti inmigrantes, sino por el el reguero de cadáveres y de huerfanitos mutilados que dejó en Iraq, algo que, para Laura, no es ni cruel ni inmoral.

Y hablando de Iraq, de los medios y de sus denuncias indignadas: recuerdo cómo los medios cocinaban a Saddam y a los iraquíes todos, hasta los que se le oponían, hasta los que deseaban y ayudaban a los Estados Unidos para que los fueran a salvar. Recuerdo el concierto sistemático (no había un solo titular discordante): Saddam era lo más maligno y más peligroso que había en el universo. Saddam era una amenaza espantosa, nadie estaba a salvo de su maldad. Y viene por más, viene por ti… Y los periodistas, convertidos en infomercenarios, los que repitieron mil veces que Bin Laden era el culpable del atentado de las Torres Gemelas, junto con los talibanes malucos que, destruían antiguedades patrimonio de la humanidad y obligaban a las mujeres a vestir burkas, y tiqui, tiqui, tiqui… hasta que Afganistan fue invadida, y el horror de esa guerra nos hizo sentir a salvo. Y llovieron las bombas y los únicos burkas que quitaron los marines fueron los de las mujeres que violaron…  pero eso no importa, porque mira más allá, otro miedo, un malvado que es el culpable de los que era culpable Bin Laden, y no preguntes, mira para acá, que el mundo no estará a salvo mientras exista Saddam Hussein, el de las Torres Gemelas, el que viola los derechos humanos y tiqui, tiqui, tiqui, durante meses hasta que la OTAN invadió a Iraq…

Y luego de vendernos la guerra necesaria, esos mismos medios se lavaban la cara con la historia de Mohamed, el niño que perdió a toda su familia y sus cuatros extremidades de un solo bombazo libertario, y que ahora era atendido amorosamente en el buque hospital del mismo ejército que lo mutiló. Y los infomercenarios mutaban en estrellas lacrimosas que derramaban su llanto se glicerina sobre los cadáveres de niños iraquíes que ayudaron a matar. Y luego la normalización de la guerra eterna que no ya fue noticia, y vino el silencio y, después, un nuevo objetivo, una nueva guerra que cocinar para sus dueños y así van manchando el mapa con sangre de hombres, mujeres y niños que a nadie le importan.

Y volviendo a Texas, a las perreras para niños, a la ignominia del país que se auto proclama la tierra de la libertad; no hay sorpresas. No hay preguntas, solo el conveniente teatro de indignación por unos niños sin nombre que hoy son útiles al relato del fin oscuro que los sacó a la luz, y que mañana volverán al olvido, y seguirá el éxodo centroamericano, mientras los medios apuntan a Venezuela, inventando crisis humanitarias de utilería y diásporas de Instagram.

Aquí no han podido ni podrán. Aquí, nosotros venceremos.