Resetea y ya


En abril te mandaron a marchar oootra vez, y te dijeron, oootra vez, que ahora sí, que Maduro ya estaba listo, como estuvo listo el año pasado cuando iba a salir en seis meses. ¿Te acuerdas? O como estuvo listo en enero, cuando la AN, con Julio Borges, declaró el abandono de cargo, o sea, que desde enero no tenemos presidente, según tus líderes, que ahora te llamaron a marchar para salir del presidente que no tenemos.

Y tú marchaste, una vez, dos veces, tres… Cerraron tus calles y aplaudiste que tu urbanización se llenara de violentos encapuchados. ¡Libertad, libertad! Te comprometiste con la lucha militando frenéticamente por Whatsapp. Militaste en familia, jurando no llevar a tus niños al cole “hasta que tuvieran un país libre”. Comprometiste el ingreso familiar en esta lucha, tres meses sin poder llegar a la oficina es un gran aporte a la causa. Tanto, que el régimen, arrinconado, convocó a elecciones, y tú, sabiéndolo perdido, tuiteaste #CalleSíVotosNO. ¿Te acuerdas? 

Pero el régimen resistía, y llegaron esas elecciones que según tus líderes nunca iban a llegar, y salieron ocho millones de personas que, según tus líderes, no salieron, porque el CNE es tramposo, porque cuando comprabas en Farmatodo y ponías tu dedo en el captahuellas, esa vaina se convertía en voto. “No compres nada el 30” -decía la cadena de Whatsapp que, como llegó, reenviaste. ¿Te acuerdas? 

Y se instaló la Constituyente que tus diputados no iban a dejar entrar al Palacio Legislativo y no te quitaron a tus hijos -todavía, dirás tú, porque esto apenas empieza- y no prohibieron el voto sino que -¡peor!- avanza el calendario electoral, tal como se había establecido y tus líderes, los que dijeron que estaban en 350, en rebelión civil, salieron corriendo a inscribir sus candidaturas en ese CNE que siempre hace trampa, salvo cuando gana la oposición. 

Y tú te quedas frío, hasta que tus líderes te explican que se inscriben para ocupar todos los espacios y salir de la dictadura con votos; que “una cosa es inscribirse y otra muy distinta es participar en la elección”, “que es solo un movimiento táctico” que no creas que te están tomando por idiota, que no creas que ellos quieren ser gobernadores, que vayas y votes, y si pierden, cacerolea, you know… Y tu cerebro, en paro activo, se resetea y dice okey. 

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Mentiras para pensantes


Les dijeron… Les han dicho tantas cosas, tantas burdas mentiras. Mentiras que ofenderían a cualquiera que se considere medianamente inteligente. Mentiras que se tragaron gustosos mientras se auto proclamaban, ahogados en su soberbia, como el sector pensante de este país.

Este sector compró gustoso las historias más ridículas y descabelladas. “¡Ahí viene el Coco!” -les decían, en un goteo de terror absurdo, y ellos tan pensantes, aterrados bailando al son que les tocaba el miedo. El Coco les iba a quitar a sus hijos, que crecieron esperando el fatídico día en que iban a ser secuestrados y cubanizados. El Coco instaló bombillos espías, en sus casas, convirtiendo sus vidas en reality shows para el disfrute exclusivo de Fidel, que no tenía nada mejor que hacer, ustedes saben, que ver a los venezolanos desde un bombillo.  

Les dijeron que les iban a quitar sus casa, sus negocios, sus carros, y se lo creían a la vez que solicitaban créditos hipotecarios con intereses protegidos por el mismo gobierno maluco que los iba a expropiar. Y compraron carros, y luego camionetas, y montaron un negocito que se convirtió en negoción, y fueron felices y no lo supieron, y se empeñaron en ser los Chacumbeles de esta historia. 

Así siguen a cualquiera que diga que van a salir del chavismo ya, como sea. Parece que mientras más loco, mejor. Ciegos de rabia y miedo, se ponen siempre a la orden del atajo del golpe. Una y otra vez, con una suicida resistencia al aprendizaje, a la reflexión, se suman a la recurrente marcha que los lleva al abismo de la derrota y el desencanto. 

Una y otra vez, entran en un trance caótico que los lleva a jugar al todo o nada. Y otra vez los deseos suicidas “Trump help us!”. Y otra vez la histeria, el manto de sospecha sobre cualquiera que pretenda imponer la cordura. Y otra vez las profundas heridas, sociales económicas, políticas y otra vez el vacío, todo por creerse las mismas mentiras, una y otra vez. 

Y como siempre, las aguas vuelven a su cause y los dirigentes opositores, sin recoger su reguero de mentiras ensangrentadas, se bajan del golpe imposible; imprimen franelas de campaña; y así, como si nada, invitan la gente pensante a votar por ellos. Todo esto, en plena dictadura. 

¿Pensará por fin la gente pensante, o votará, oootra vez, sin pensarlo dos veces? 


No somos los mismos


“Yo también quiero quemar esta vaina, pero hoy no es el día” -decía Juan Requessens a un grupo de encapuchados que llevaban días atacando la base militar de La Carlota. Unos días después, ante una delirante audiencia mayamera, contaba Requessens, con tono de sabroso, cómo él y sus panas mascachicles, los que en 2007 mostraban las nalgas a modo de arma de destrucción masiva, los que decían “no somos políticos, somos eeeees-tu-dian-tes, clap, clap, clap”… cómo esos estudiantes manos blancas Otpor, hoy diputados en desacato NED, se dedicaban, en cuerpo sin alma, a crear las condiciones para una intervención militar gringa contra Venezuela.

Luego de cuatro meses de violencia y muerte, ellos, que juraron desde Twitter que no dejarían las calles hasta que cayera la dictadura, corrieron a inscribir sus candidaturas para las gobernaciones, cada uno aspirando a un estado, mientras más estratégico, más dólares, you know… 

Así Requessens sueña con la gobernación de Táchira, pegadita a Colombia, la de las 7 bases militares gringas, la de los paracos, la de Juan Manuel Santos, que llora todos los días por nosotros mientras los colombianos se mueren de desidia, la de Uribe, al que le faltaron cojones… ¡Una pelusa! -diría mi papá. Su compañero, Juan Manuel Olivares, líder terrorista con estetoscopio, aspira a la de Vargas, la puerta de entrada a Caracas, nada más y nada menos. Y Guanipa, el Zulia, y Feo La Cruz, Carabobo… Y, así, uno en cada estado, impunemente, porque así es su democracia de la perra gana.  

Pero nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Ya no podemos seguir dejando pasar, para tener que soportar sus periódicos brotes de violencia, cada vez más feroces, más sangrientos, siempre dirigidos desde el norte, siempre comandados por sus mismos peones y siempre el cinismo de quien se sabe amparado por la impunidad. 

Nos empujaron tan cerca de la violencia sin retorno, con una irresponsabilidad espeluznante, como si fuera una fiesta. Vimos la cara del terror, del odio, vimos a quienes lo azuzaban, con su pasaporte en el bolsillo, eso sí. Los vimos conspirar abiertamente contra el país, contra todos los venezolanos, y hoy pretenden que los veamos con sus máscaras de demócratas en el tarjetón electoral. No señor, ya no somos los mismos, no podemos serlo. 


El otro cuento del Gallo Pelón

“¿Será que la #MUD es capaz de legitimar La Constituyente inscribiendo candidatos ante un poder electoral ilegítimo?” -Tuiteaba hace unos días Andrés Pastrana, a modo de mandato transfronterizo, a modo de “ni se les ocurra dejarnos así, en pelotas”. Tuiteaba temiendo lo inevitable.

“¡O hay dictadura o hay democracia. ¡Las dos son incompatibles!” -Tuiteó, pataleando de rabia, unos días después, cuando la inevitable realidad se lo llevó por delante: en dictadura no hay elecciones y si las hay no hay partidos de oposición participando, pero en esta dictadura venezolana, la oposición que llevaba 4 meses quemando calles y gente; la misma que hacía apenas una semana denunciaba al Consejo Nacional Electoral de tramposo y fraudulento, ahora, se lava las manos ensangrentadas y acude a inscribir sus candidaturas para las elecciones regionales, en el mismito Poder Electoral que apenas ayer desconocían. Aunque me cueste admitirlo, razón tiene Pastrana: ¡Así no se puede, compadres!

Entonces el desencanto, el desconcierto que produce la burla cuando te estalla en la cara. Luego la rabia y el vacío, plasmados en 140 caracteres, o menos, porque la decepción se quedó sin palabras.  

Así leemos un tuit de Nacho, el Mini Pop de la democracia, el reguetonero que llegó a ser orador de orden en la Asamblea Nacional; el que viajó desde Miami para protagonizar un micro reality show libertario en la autopista Francisco Fajardo, o sea, Nacho el valiente, el magnífico, el presidenciable, según sus más fervientes fans… Ese mismo Nacho que se prestó para la burla, hoy dice sentirse burlado y tuitea: “Se podría decir que soy opositor de la oposición también. Cosa frustrante.” 

Y una cosa llamada La Resistencia, que se supone que es una fuerza impresionante que recoge el clamor general de la ciudadanía, convocó, al margen de la MUD, a La Gran Toma Definitiva de Venezuela, un nombre impactante para otro trancazo que no se dio. Tres viejas con gorritas y koalas en una esquina de Chacao, dos encapuchados ad honorem más allá, unas ramas secas en el Hatillo, y tres pendejos con una bandera siete estrellas en Santa Fe. Más o menos eso es la temible Resistencia, que como la MUD, llevó al hartazgo, con una sobredosis de atajos violentos, a todo el antichavismo, que hoy navega a la deriva. 

Los líderes del fracaso, capitaneados por el Topo Gigio psicópata, intentan recoger el reguero, regándola todavía más. Convencidos de que sus seguidores son imbéciles, como si compitieran en un torneo del absurdo, escriben, sin ruborizarse, cosas como esta que nos regala Audi Guevara: “ Tras Fraude ANC, regionales son una ilusión, por eso la inscripción debe hacerse como un mov táctico y seguir foco salida de dictadura”(sic)… Y como “movimiento táctico”, su compañero de partido Luis Florido, se inscribe como candidato a la gobernación y explica su decisión con la misma claridad para idiotas que Guevara: “ A la dictadura se le arrebatan los espacios y las regionales son oportunidad para reivindicar la lucha y desarticular al régimen”. Si señora cacerolera, usted sabe que las dictaduras caen con votos, en elecciones que la misma dictadura maluca convoca para que la tumben. Prepare su dedo, pues, para que, este diciembre, lo ponga libertaria en el captahuellas cubanoide del tramposo CNE. 

Pero nos queda “La Comunidad Internacional” dice un optimista que espera ser salvado con un bloqueo, primero, y una intervención militar de rubios soldados Ryan, después. Y la esperanza blanca está en el perrito simpático peruano, que convocó a 17 cancilleres para que movieran la colita contra Venezuela. ¿Pero cómo mover la colita, por muy perros que sean, si la dirigencia opositora está todita inscribiendo candidaturas? Solo 12 de los 17 cancilleres que debían condenar al gobierno chavista, terminaron firmando una declaración tan absurda e idiota como los tuits de Barney Guevara. 

La realidad se impone: Los medios recogen sus cámaras y micrófonos de las calles vacías que debían estar en llamas. “Hay más reporteros que gente”, escribe una periodista, furibunda opositora, por cierto. La prensa internacional insiste con imágenes viejas y titulares que ya a nadie le importan, otros, como para salvar la credibilidad perdida irremediablemente, publican alguna información veraz . Y el gobierno de EEUU, jefe de la conjura, intenta dar a su plan sofocado un poquito oxígeno mediático imponiendo sanciones que no pasan de ser un bluff. 

Así, en ese clima de desencanto, fracaso y dudas, la oposición arrea a su gente a una nueva elección que luego desconocerán y saldrán los medios, y los perritos simpáticos y la Casa Blanca… Y este cuento es como el cuento del gallo pelón… 


Ocho valientes millones


Tres meses esperando ese domingo. Tres largos e intensos meses manchados de violencia, amenazas, muerte y la sombra de una guerra sobre nuestras calles. Tres meses de tensión que se respiraba en el saludo del vecino, las sonrisas no podían ocultar la angustia de los ojos. Nadie quería sentirse así, así no es nuestra calle, así no somos nosotros.

Semanas antes, unos irresponsables disfrazados de políticos vinieron organizar a nuestros vecinos para que impidieran que nosotros saliéramos a votar. Comités de defensa de la democracia, llamaron a aquel esperpento que pudo ser el germen de una guerra civil. En una casa, cerquita de la mía se reunieron. Los asistentes eran la gente buena que veo todos los días, muchos de ellos personas mayores, la mayoría mujeres. Dos semanas antes hicieron un ensayo: había que cerrar las calles e impedir el paso. Mi esposo tuvo que pasar ese día y nuestras vecinas no contaron con la locura que se requiere para detenerle el paso. No podían verle a la cara y negarle el paso a ese hombre bueno y colaborador que conocen hace diez años, no podían frenarlo y tratarlo como el enemigo que esos irresponsables, que no viven aquí, les dijeron que era. La cordura, en mi calle, venció a la maldad de esos miserables que querían verlas en llamas. 

No sucedió lo mismo en otros lados. Hubo lugares que venían sumando meses de asedio, amenazas y una violencia que no conocíamos los venezolanos. Cabudare, en el estado Lara, es uno de ellos. Allá, muchos amigos trataban de superar el miedo ideando estrategias para poder evadir la violencia que los amenazaba. Leí con angustia y ternura, como mi amiga Gia junto a su familia, planeaban en la noche anterior, su ruta de escape electoral: “Nosotros también tenemos miedo, la única idea que se nos había ocurrido era tirar el paro de que íbamos a misa, pero en esta mierda las iglesias se pusieron de acuerdo para no dar la misa. Estamos pensando en disfrazarnos de testigos de jeova o como se escriba esa vaina… Los vecinos pasando cadenas de que el que salga mañana de sus casas va ser golpeado por los héroes de la resistencia… Estoy cuadrando porque Rubén me dio una alternativa de salir en grupo con unas personas, pero el señor que esta coordinando la vaina lo publicaron por las redes sociales como un “sapo” entonces es delicado salir así…” 

Y por fin llego el día y desperté tempranito con Gia a la distancia, contagiándome con su victoriosa alegría: “En mi casa llegó Rondón y nos vino a buscar así que esta familia va a salir a votar! Somos más los que queremos PAZ!” – Y al rato el final feliz de esa historia: “Ya regresamos. De ida nos gritaban cosas, todos los vecinos estaban afuera pendientes de quién salía y quién no. En el sitio más álgido nos gritaron cualquier cantidad de cosas, pero deseos no empreñan. Así que fuimos, votamos y activamos el carnet (en el Punto Rojo). De regreso fue otra historia. Ya estaban violentos, quemando, no permitían el paso y tuvimos que meternos por un matorral para poder salir a otro sector y de ahí nos vinimos para la casa… Pero a pesar de todas las dificultades cuando íbamos en camino se nos pegaron 3 señoras que no conocíamos, una se le escapó al hijo escuálido, y se unió a nuestro grupo y fuimos todos juntos! Fue hermoso, este pueblo es leal, este pueblo es noble y arrecho y ahora lloro pero de tanta felicidad al ver lo que vi en la calle esta mañana!” 

La historia de Gia y su familia es una de las millones de historia de valentía, lealtad y convicción que vimos ese domingo. Y es que el chavismo no se deja apabullar, es más, bajo amenazas el chavismo siempre se crece. Vimos a miles y miles de personas sorteando al paramilitarismo que les cerraba las vías, tomando los caminos verdes. Los vimos cruzando ríos a pié, haciendo cadenas humanas para que nos se los llevara la corriente, empapados, tiritando de frío. Los vimos cruzando gamelotales que les servían a la vez de refugio. Los vimos riendo, celebrando haber vencido al miedo, celebrando que pudieron votar. Vimos a los más ancianos, con una fuerza que mucho jóvenes envidiarían. Nos vimos venciendo la aprehensión que durante semanas nos oprimía el pecho, no hacía despertar de madrugada con un hilo de sudor frío en la espalda. Nos habíamos visto el miedo en los ojos, y ese domingo nos vimos venciéndolo. 

Hicieron todo lo posible por aterrarnos. Nos quisieron presentar un clima de preguerra, con un éxodo mediático de venezolanos que, según, “buscaban refugio” en el país de al lado, una vaina rara si consideremos que ese país ostenta el dudoso honor de ser uno de los mayores productores de desplazados de guerra del mundo. La embajada gringa, por su parte, como hace cada vez que está a punto de bombardear un país, pidió a los familiares de sus funcionarios salir de Venezuela. Otros países emitieron lúgubres comunicados que todas las agencias noticiosas repetían. Nos pusieron como el chiste de wanga o matanga. Fue tan grotesco todo que los más fervientes opositores empezaron a sentir mucho miedo. 

Pero ni wanga ni matanga: salimos a exorcizar el miedo, salimos a exorcizar la guerra que nos amenazaba a todos. Tuvimos los chavistas que salir, poniendo el pecho, no solo por nosotros, sino todos esos opositores que, aterrados, terminaron secuestrados por la locura de sus dirigentes y sus “escuderos” encapuchados. 

Salimos a votar y ese misma tarde, aún sin conocerse los resultados, las calles se distendían, la angustia que opacaba sonrisas se iba diluyendo. Recibimos el lunes con el anuncio de que como Gia, los que cruzaron ríos y gamelotales, habíamos votado más ocho millones de venezolanos que rechazamos la violencia diseñada en el Pentágono, e impulsada por los mismos delincuentes disfrazados de políticos que vinieron a mi calle a pretender que mi vecina yo nos cayéramos a coñazos.  

Ese lunes, como por arte de magia, empezaron a desaparecer la barricadas, los vecinos descubrieron que sus “héroes encapuchados” empezaban a molestarles al punto de solicitar a la policía que se los llevara, por favor… Ese lunes la dirigencia opositora que nos llevó al borde de una guerra, se quedó hablando sola. Ese lunes, mientras el chavismo celebraba, enorme, orgulloso, miles y miles de opositores, calladitos, respiraban aliviados porque ocho millones y pico de nosotros hicimos lo que ellos no tuvieron la valentía de hacer: armarnos de alegría y salir a votar por la paz. 


Fracaso mascachicle


El antichavismo, adicto a al fracaso, nunca había tenido un momento tan bajo, y mira que han tenido momentos que la historia quisiera olvidar -y no puede-, pero como éste, ninguno. 

La gente decente y pensante de este país, uno no entiende cómo, terminó dejándose arrastrar por los delirios de grandeza de un psicópata de metro y medio, que los enreda, que los hunde, que los pulveriza. Si yo fuera muy malpensada y me creyera el cuento del G2 cubano, diría que Audi Guevara es un agente infiltrado para acabar con la oposición. 

Lo que empezó hace 4 meses con lo que debía ser una protesta libertaria, a la que se sumaron las eternas señoras con gorrita y koalas incrustados en lo que una vez fue la cintura, sus maridos con bermudas mayameros, los mascachicle manos blancas, las mamás del colegio, los comerciantes, desde sus tiendas abiertas y haciendo caja, el doctor, dispuesto a sacrificar unos días de consulta en pro de la libertad… Una cosa que debía resolverse en 15 días y que todos estaban dispuestos a asumir. Pero no contaban los marcharines con la violencia encapuchada que los convertiría en rehenes del odio. 

Cuatro meses con resultados políticos, económicos y sociales, espantosos. Cuatro meses que se apagan con oootro llamado a oootro trancazo que nadie quiere acatar. ¿Para qué? Si ya la ilusión inmediatista del golpe recibió su estocada final con un plebiscito y una “Hora Cero” que ni siquiera despeinaron a Nicolás. 

Trancazo-Paro-Huelga de 48 horas, tuitea el líder de metro y medio, y un chorro de insultos recibe de sus seguidores. El paro fue un éxito, vuelve a tuitear, y la paciencia agotada de su gente agota el catálogo de insultos, mientras le exige que acepte la realidad. 

La realidad es el fracaso: Guevara, y la Generación Mascachicle, con meticulosa torpeza, condujeron al antichavismo al más hondo de sus fracasos, de esos de los que no se vuelve. Desinflaron a la oposición al punto del hartazgo, a la vez, reanimó al chavismo mostrando una vitrina del país destrozado por el odio, y bañado en sangre al que el liderazgo opositor aspiraba. La Generación Mascachicle logró un imposible, que más del 80% de los venezolanos, chavistas o no, se unieran en rechazo a la violencia que esos irresponsables nos quieren imponer. 

Finalmente y como siempre, vencerá la paz. 


Ooootra vez el chavismo

Ellos tenían todo preparado, como preparan las cosas ellos: mucho marketing, mucho cartelito diseñadito con sus frases cursis y melodramáticas, con ese eterno llamado “de ahora si es verdad”, con sus cadenas de whatsapp, con sus señoras manetas con gorritas tricolor y koalas, siempre voluntarias para alimentar guarimberos, para cerrar calles sin gente, para servir como falsos miembros de mesa electoral… Tenían todo preparado, como ellos preparan las cosas, porque ese domingo era el domingo definitivo, decían.

Decían también, pero a lo interno, que de ese domingo solo necesitaban una foto. Una imagen impactante con miles de venezolanos en colas eternas, todos apuñuñados con bajo el inclemente clima, desafiando a esta cruel dictadura, tan cruel que les permitía hacer un plebiscito que no aparece en ninguna parte de la Constitución. La imagen lo era todo, una imagen que recorriera el mundo, que conmoviera a la “comunidad internacional”, el sueño húmedo de los apátridas. Una imagen, una solita, que vendiera la mentira de un pueblo entero movilizado contra el gobierno de Nicolás Maduro. 

Llegó el día: más de 500 corresponsales extranjeros se acreditaron para la puesta en escena. Las mesas montadas, las señoras manetas, con sus gorritas, con sus koalas, con sus cadenitas con crucifijo de oro, ya ocupaban sus puestos en las mesas. Cada punto de votación con varias filas de sillas plásticas para hacer que las multitudinarias colas más llevaderas. En el punto que instalaron en la Universidad Central, el punto G del evento, para poder ordenar al gentío que esperaban, hicieron un pasillo serpenteante con barandas de metal quita y pon, de esas que se usan en la organización de eventos de masas. ¡Luces, cámaras, acción!

Salieron temprano de sus casas y apartamentos a sus puntos cercanos. Salieron con espíritu libertario a “defender la constitución” que con su voto estaban violentando. Salieron, llegaron, y votaron rapidito porque “chama vayan, aprovechen que no hay cola”, decían por whatsapp a sus amiguis que aun no habías salido. En un pase de Globovisión, estos ojitos almendrados vieron cómo tres mujeres nada atléticas, sorteaban la serpenteante baranda de la UCV cual pésimas corredoras de los 200 metros con vallas. Las desolada serpiente que debía canalizar un río de gente, ante la sequía de votantes, se convirtió en un incómodo obstáculo. 

Para ese mismo día había un simulacro electoral convocado por el Consejo Nacional Electoral. Un simulacro sin mayor trascendencia. Una necedad del CNE porque la oposición está negada a participar en la Constituyente, así que era un simulacro para chavistas y todos sabemos que el chavismo ya no existe. 

Pues ese chavismo inexistente salió de hasta debajo de las piedras. Yo llegué a mi centro electoral, en el corazón de un municipio gobernado por Primero Justicia, y me encontré con la sorpresa de un Punto Rojo que era una fiesta, no dejaban de llegar chavistas de todos los rincones del municipio. Una vaina loca porque, debo confesar, de alguna manera, entre tantos trancazos, especulación, acaparamiento; entre tantas amenazas, yo llegué a pensar que muchos compañeros podría haberse bajado del barco, y vaya ¡cómo me equivoqué!.  

Todos los centros de votación habilitados por el CNE se desbordaron de gente, que no dejaba de llegar. Los centros del CNE tenían la foto que el antichavismo necesitaba y que no lograba. Los antichavistas, dominicales, sin un ápice de conciencia política, iban, los que iban, votaban, y se largaban a la playa, a la casa, a la pastelería a desayunar… Ninguno pensó en quedarse, aún viendo los puntos vacíos, tan siquiera para hacer bulto, para esa foto que no salió. Ellos, los que hablan de lucha, de calle sin retorno, ni quiera sacrificaron su domingo para montar la escena que necesitaban.  

Mientras tanto, el chavismo se sorprendía a si mismo regándose por las calles, manteniéndose en colas kilométricas durante horas, hasta más allá de la media noche, para simular un voto que haremos efectivo en dos semanas. Fuimos tantos y tan contundentes, que la agencia de noticias EFE, a falta de foto opositora, lanzó al mundo las imágenes de nosotros en nuestras colas, diciendo que eran colas de opositores. Era tan burda la mentira que luego fue discretamente desmentida, para que no se notara mucho. 

Salimos en un acto de conciencia colectiva que sorprendió hasta nuestra dirigencia, a algunos hasta las lágrimas emocionadas. Salimos y nos encontramos intactos, enormes, invencibles, como Chávez. Otra vez el pueblo chavista crecido, firme, como cada vez que nos amenazan. Y es que la oposición no aprende y se empeña en echarle leña a este fuego ardiente. 

La oposición nos veía sin querer vernos, veía sin querer ver las sillas vacías en sus puntos cerrados a las 4 de la tarde, porque estaban vacíos desde las tres. Sabían, sin querer saber, lo que ese domingo había pasado y esperaban alguna pista del PSUV, alguna victoriosa cifra de participación, para ellos entonces anunciar la suya superándonos. Pasada la media noche, sin cifra chavista que les diera una pauta, cuando menos ruido hiciera, anunciaron siete mágicos millones de votantes. Un acto de prestidigitación electoral que el ex rector Vicente Díaz, con una pueril torpeza que pretendió ser una alabanza, desnuda el engaño: “7,2 millones en 14 mil mesas, lo máximo obtenido previamente fue 7,5MM con 45mil mesas. Impresionante!” -dijo, “impresionante” cuando la palabra adecuada era “imposible”.  

Era tan imposible, que semejante victoria no fue celebrada por nadie. No fuegos artificiales como en diciembre de 2015, ni cornetazos, ni cacerolas. No hubo ni sonido de grillitos. El antichavismo había visto a Rondón ese día y se sabía perdido. Y eso que lo que vieron fue solo la puntica. 

Entonces el desespero, los trancazos furibundos en sus urbanizaciones, más violencia y más muertes espantosas, más amenazas. Entonces Trump y la injerencia que los apátridas aplauden. “Ojalá bloqueen a Venezuela para que se jodan los chavistas” -dicen unos bolsas en El Cafetal que lloran y maldicen cuando no consiguen galletas Oreo. 

Amenazas y promesas de perdonarnos la vida si retiramos la Constituyente, en un tira y encoge de quienes, 18 años después, aún no entendieron nada y siguen echándole leña a este fuego ardiente del chavismo, a esta llamarada de Chávez, a este “ardimiento” que nunca se apaga. 

La mejor virtud de la oposición es que, por no querer darnos descanso, nos acostumbraron a no cansarnos.