Nadie se llama Wuilly

Como siempre, los ricos poniendo a otros a trabajar por ellos; esta vez poniéndolos a meter el pecho por sus causas, a defender sus privilegios, en primera linea, a tirar piedras y morteros y frascos llenos de mierda, a tragar gas lacrimógeno, a ser arrestados, a ser abandonados, olvidados, porque, sinceramente, ¿qué ricachón se va a preocupar por el destino cualquier pendejo que ya no les sirva, y menos si el pendejo se llama Kleiman, Yerdenson, o Yusbellys? 

Por ahí anda Wuilly, cuyo nombre recuerdan, por ahora, porque es el gringuísimo nombre Willy, pero mal escrito. Este Wuilly musicaliza el prefabricado show libertario, made in USA y se siente famoso: Todos ondean su nombre como bandera, y Wuilly se siente importante sin imaginar que para quienes lo usan, él no es más que un Wuilly, un Yonaiker y un Darwinson más trabajando para ellos, pero esta vez armado con un violín, en lugar de un mortero o una puputov.
Como Wuilly tiene un violín y estuvo en París con la orquesta, cree que el Wuilly no se le nota, pero esas cosas, en el este del Este, desde El Cafetal y esas populosas urbanizaciones clase media de medio palo, hasta las urbanizaciones con casotas de 7 habitaciones, 8 baños y jardines enormes con perros de raza de moda y piscina… esas cosas allá se notan ¡y mucho!
La verdad es que en el alto Este del este, nadie de llama Wuilly, como también es verdad que ninguna señora del este de Este quiere un yerno con ese nombre que tampoco aparece en la lista de nombres del príncipe azul de sus hijas. Nadie llamado Wuilly cabe en las exclusivas fiestas de Prados del Este, Altamira o La Castellana, a menos que vaya como mesonero, o en el mejor de los casos, como es el caso de Wuilly, que vaya como violinista para darle ambiente a la noche. Los Wuillys no tienen derecho de ser admitidos en los locales de Las Mercedes que se reservan el derecho de admisión. Allí caben los Alejandros, Mauricios, Federicos y Albertos y algunos con nombre gringos y pedrigree que lo respalde.
Los Wuillys de Venezuela hoy son “panas” de los sifrinos porque les sirven de bandera. Mientras Wuilly toca “valientemente” un reguetón libertario, alguna María Alejandra en es este, tirada en su sofá y escuchando a Ariana Grande, sube en su Instragram la imagen de ese chamo al que jamás le concedería un baile, y mucho menos si es “Despacito”.
 Wuilly no cae preso porque tocar violín no es un delito, como lanzar morteros, atacar bases militares, linchar y quemar vivos a otros, del mismo color de Wuilly, que “parecían chavistas”. Porque tocar violín no es delito, pudo Wuilly llegar sin problemas a Miraflores, “sin miedo” dijo él para ponerle sazón a su insípida gesta. Y menos mal que Wuilly no anda en cosas peores que musicalizar el delito que otros cometen, porque nadie saldría a decir, si lo agarraran, “liberen a Wuilly”, sin cagarse un poco de la risa pensando en una ballena.
Como nadie ha dicho liberen a los terroristas que agarraron esta semana en la Plaza Altamira, morenos, con la piel marcada por la mala vida, muchachos que nadie en Altamira conoce, que nadie el Altamira sentaría en su mesa, que nadie el Altamira casaría con sus hijas. Sus nombres, como el de Wuilly, de esos que nunca aparecen en las juntas directivas, digamos, de un banco.
Los Wuillys, los Yorban, las Yamileidys, librando esa pelea contra ellos mismos, se creen aceptados, y se imaginan llegando ya al epicentro de su sueño imposible. ¡Mira, mamá, lo estoy logrando!…
Y toca que toca el violín, Wuilly, soñando ese sueño torcido que lo aparta de su origen, sirve de mano de obra barata, desechable, en una lucha que no es suya, por unos privilegios que nunca tendrá. Y así, mientras musicaliza el preludio de una guerra que nos quieren imponer, Wuilly se convierte en instrumento ciego de su propia destrucción. 
Y digo todo esto porque lo sé, porque vengo de ahí, donde nadie se llama Wuilly.


La paz en el closet

Ana Luisa se levanta tempranito y lo primero que hace es revisar el whatsapp. “Hoy gran plantón nacional ¡Ahora sí, Venezuela!” —dice un mensajito que mandó una vecina propensa al reenvío de cadenas. ¡Gran platón! Ana Luisa salta de la cama y corre al balcón con vista a la realidad de la calle despejada y libre. Suspira aliviada Ana Luisa y se va a despertar a sus niños que ya han perdido demasiados días de cole. “¡Al cole, mis amores!”

Desde su privilegiado punto de vigilia, Ana reporta a otras amigas que no tienen balcones hacia las avenidas. Lo hace con mucho tacto, sin que ningún sentimiento positivo se cuele en su reporte vial, “no vaya a ser que hiera susceptibilidades —piensa mientras teclea con sus pulgares— no vaya a ser que crean que me cansé y el que se cansa pierde; no vaya a ser parezca chavista, ¡líbreme Dios!”.  
“Todo despejado”, clic, sin caritas, ni manitas, ni banderitas, ni nada, Ana Luisa no está para emoticonos, el último que puso resultó ser un tanto ambiguo: la carita amarilla no estaba furiosa sino que tenía una especie de sonrisa forzada, eso le costó un regaño grupal, porque no son momentos para sonreir. Las amigas que esperaban el reporte matutino de Ana Luisa expresaron su descontento por la normalidad que anunciaba el día: “Es que nadie apoya a los muchachos”, “Así es, hasta que no salgamos todos a la calle sin retorno, esta dictadura no se va a acabar”, clic, y corrieron a alistar a los niños. ¡Al cole, mis amores!
Al colegio, al trabajo, al mercado, a la vida cotidiana que retoman con frustración, es cierto, pero con gran alivio, porque la salida rápida e indolora que les vendieron, se convirtió en un conato de guerra civil que nadie quiere, salvo los dirigentes de la MUD y sus sicarios encapuchados, que tienen secuestrada a la oposición.
 Los violentos que se imponen a punta de miedo: “el que se queje en un sapo, un infiltrado, un chavista, el que quiera paz es colaboracionista y todos la van a pagar”. El miedo y la presión social empuja la mayoría de los opositores a ser pacíficos de closet. Y alli, encerrados, no se dan cuenta de que pertenecen al 80 y pico por ciento de los venezolanos que queremos diálogo y paz.
Que el miedo no sea abono para el terror guerra. Es hora de salir (del closet) a defender la paz.


Autositiados, autoengañados

En la calle Jalisco de Las Mercedes, frente al colegio Mater Salvatoris, detrás de las alcantarillas arrancadas y atravesadas como escudos en medio de la vía, detrás de un hombre que siembra la calle con alambres de púas, allí de pie, en agotador estado de alerta, mirando hacia la nada, está una mujer de treinta y tantos años, sola, auto sitiada.
En la Miguelangel de Bello Monte, un muro de sacos de arena cierra el paso. La calle llena de escombros de una batalla sin bando contrario. Hollín, vidrios rotos, fachadas vandalizadas y un árbol que ya no dará sombra tirado en medio, porque están en guerra, y en las guerras las calles lucen así de destrozadas, y como no viene el enemigo a destrozarlas, las destrozan ellos mismos, y se encierran en su desastre de cuatro cuadras, con olor a caucho quemado, a caos irreversible, su ombliguismo diciéndoles que el país está en guerra, porque ellos son todo el país. 
Más allá, en Altamira, los encapuchados cobran peaje a quienes pasen por ahí. Aunque paguen, son obligados a donar sus teléfonos son pena de terminar con el carro y la cara destrozada. Los vecinos no saben cómo quejarse sin que se mal interprete su queja y terminen pareciendo chavistas, cosa peligrosísima en las zonas auto sitiadas.
En otras ciudades, algunas urbanizaciones de clase media (nunca en el Country Club) también juegan a la guerra, encerrándose, tragando el humo de su basura quemada y sacándose fotos para que el mundo sepa que #SOSVenezuela
Más allá de la barricada la cotidianidad fluye sorteando trancas, cada vez con más escombros y menos gente. Hace unos días, sin son ni ton, los colegios privados volvieron a ver sus aulas llenas de esos niños cuyos padres juraron que no volverían a clase “hasta que hubiera libertad”. Y así, más allá de las pocas y lejanas barricadas, quienes ooootra vez creyeron a sus dirigentes el vano y repetido juramento de que esta vez sí iban a tumbar al gobierno; los se sumaron a la causa con su cacerola y su gorra siete estrellas; sesenta días más tarde, sin avances, cansados, frustrados, menean un café convencidos de que “aquí no pasa nada”, pero, como la esperanza es lo último que se pierde, se aferran al auto engaño de la foto de la barricada de las Mercedes que les llegó por whatsapp: “Aquí no, pero Caracas está que arde”.


Una épica de marketing


Para los consumidores de productos procesados, envasados, etiquetados con lindas calcomanías de diseño gráfico exquisito. Para los que se tragan la cuña de Diablitos, en la que sale una mamá rubia, de una juventud inverosímil que la hermana con sus hijos, ahí, en su cocina italiana multimillonaria, rellenando arepas con un tolete de Diablitos maquillado, sin chorretes de grasas trans, sin tropezones de huesos. Para quienes se formaron a punta de tele, revistas de moda, desde carros, de fútbol… Para quienes se creyeron que ese es el mundo de verdad. Para ellos se creó la épica de marketing.

Una imagen dice más que mil palabras, así que te paras ahí, frente a una tanqueta, desnudo mejor, y llora, llora desconsoladamente, clic, clic, clic; decenas de cámaras atrapan el momento precocido, clic, clic, clic; lo lanzan a rodar por las redes. Señora, párese ahí, abrace ese guardia que hace dos minutos estaba insultando, tranquila, que esa parte no la grabamos y si la grabamos se nos borró. Así, apuñuñelo como su fuera su hijo, resista la grima, por favor, que para lograr la libertad hay que ser hacer sacrificios. Clic, clic, clic; “Valiente madre venezolana desafía a la muerte y abraza a un esbirro represor”, clic, clic, clic… 
Miles de imágenes de diseño que muestran al mundo la indefensión de los ciudadanos frente a la brutal represión, repitan todos, “brutal represión”, nunca represión solita, que así no dice tanto, siempre brutal y luego salvaje, sangrienta, cruel, o cualquier adjetivo terrible que usted quiera agregarle. Miles de imágenes —decía— producidas en locaciones puntuales, en las mismas cuatro esquinas del los mismos siete municipios clasemedia, para que el mundo sepa que Venezuela entera, sus millones de esquinas en sus más de trescientos municipios, están en llamas. Y la clase media mundial puede que se trague el cuento, como se lo traga la señora de El Cafetal cuando revisa el Twitter, mientras toma café en el centro comercial.
La clase media en rebelión prêt-à-porter, y sus marchas temáticas con consignas publicitarias, todos en comparsa, un día de blanco, otro con pancartas impresas por miles para que la cosa se vea ordenada y linda en la foto, otro con cruces y santos, para combatir el mal, o sea… Y, porque no les quedó más remedio, porque un think tank se lo dijo, porque no tienen referentes, “cónchale, vamos a tener que decir que somos libertadores, eso sí, sin nombrar mucho a Bolívar, para que nadie vaya a creer que somos chavistas. Una idea genial con un impacto mediático impresionante. Imagínate a nuestra beautilful people con franelas súper diseñadas por Fulano que hace unas franelas chísimas, como las de Leopoldo tipo afiche electoral de Obama, o sea… Unas franelas que se parezcan al peto del traje de los Próceres, una vaina espectacular para marchar a los ídem, que queda cerquita de Fuerte Tiuna y ya saben…”
Encasquetadas las franelas y foto y foto y foto. Y un video de Lilian, esta vez leyendo el guión de patriotismo, que por patriótico, le dio flojera aprenderse. Eso sí, ninguno de los modelos, ninguno de los actores de esta puesta en escena, podía, ni siquiera decir, sin tener que recurrir a Google, la fecha de nacimiento de Bolívar. Ninguno sabía nombrar a tres próceres de la independencia, pero ahí estaban todos lindos, fotogénicos, con sus franelas super cool. Y la señora de El Cafetal, retuit, retuit, emocionada con estos libertadores que luchan porque Venezuela sea un día un estado libre asociado ¿Te imaginas qué maravilla, Gladys? ¡Tendríamos todos pasaporte americano!
Disfraces, slogan cursis y empalagosos, rosarios gigantes, santos y arcángeles vengadores, un junkie desnudo y violines, sí violines que enfrentan la “brutal represion” con sus notas. Violines que maquillan, al son de Mozart, la violencia de las decenas de encapuchados que los rodean. Frágiles violines que al quebrarse en la batalla desviarán la atención del inconveniente muchacho, que por parecer chavista, fue golpeado, apuñalado y quemado vivo por los manifestantes “demócratas que luchan por un país mejor”.
Además de sus locaciones, escenarios, guiones, actores y utilería, la gesta publicitaria cuenta con voceros ricos y famosos, que declaran su rechazo a la “dictadura” como cuando te anuncian que usan Colgate. Videos sobreactuados en sus cuentas de Instagram que les garantizan un tiempo más de estabilidad laboral y los aplausos de la señora de El Cafetal que, emocionada hasta las lágrimas, los pone a rodar por whatsapp. 
Y ojalá todo fuera superficialidad y cursilería, pero están los niños manipulados y usados: “Pon unos niños pobres ahí, atráelos con caramelos y enfócalos para que se note que los pobres también están en la lucha, aunque sean niños, mejor que sean niños, así es más dramático, siempre y cuando los niños no sean nuestros, eso sí… Y están los muertos, más de 60 personas fallecidas que el marketing de la épica convierte en vallas publicitarias, sin pudor alguno, sin el más mínimo respeto por sus familiares y amigos, a quienes acosan en su dolor para convertirlos voceros de campaña, como si fueran la señora que Ariel pone a mostrar cuán blanca quedó su ropa. 
Una épica prefabricada, con todos los ingredientes de una campaña publicitaria carísima, una carísima rebelión que se desinfla mientras solo va quedando, en las mismas cuatro esquinas de siempre, su residuo más violento. Y queda el dolor en vano, y semillas de odio regadas, y queda la frustración de quienes se tragaron el cuento de las fotos y las franelitas, y queda sobre todo, el fracaso de quienes pretendieron vendernos una guerra civil disfrazada de colorcitos, subestimando las voluntad de paz de la inmensa mayoría de los venezolanos.
A pesar de su multimillonario esfuezo, el marketing no pudo con la realidad. ¡Punto para Venezuela!


Fuego amigo en es este del Este

El antichavismo se supera y abraza un nuevo elemento de violencia, quizá el más peligroso de todos: el linchamiento. 

Los operadores del odio dejaron caer la idea, como quién no quiere la cosa, señalando las posibles presas, que, según explicaron con criminal precisión, son de todos los tamaños, porque hasta niños de cinco años, si son hijos de chavistas, “son culpables y deben pagar”. Ya saben, esto para tener “un país mejor donde quepamos todos”
“¿Cómo se siente ser escupido en todo el planeta? ¿Que no haya sitio dónde esconderte, avión dónde volar? ¿Que ya no tengan paz jamás?” —Aupaba el caos, Cesar Miguel Rondón, regodeándose en su cobarde sadismo.
Y no solo a los chavistas, “hasta una simple secretaria de un ministerio —instruye Patricia Poleo desde Miami—, porque todo el que trabaje en una institución pública será considerado cómplice”. Se levanta la veda y 2 millones de empleados públicos están en la mira.
Es tan sencillo, si alguien señala a un chavista, corra usted a entrarle a patadas o insultos, y grabe con su teléfono la cobarde proeza para tuitearla después.
Rebotaban encantados los videos en las redes, hasta que el de una turba libertaria en el CCCT prendió las alarmas. La locura instantánea: de repente cae un señor al piso, rodeado de verdugos que lo muelen patadas. De la nada llegan decenas de personas con sus gorras siete estrellas, apuntando a la víctima con sus celulares, como si estos lanzaran rayos laser, todos gritándole, mientras los vigilantes lo rescatan y alejan de la turba. “¡Fuera, fuera!”… El golpeado no era un funcionario chavista, como decían. Era alguien que a alguien se le pareció a alguien y ya.
Entonces el repudio: El periodista Isnardo Bravo tuiteó su selectiva indignación “Qué pasa, ahora la idea es maltratar a quien sea, sin ni siquiera averiguar. POR DIOS!!!” Su colega, Carines Moncada describió el hecho como “muy vergonzoso, ya que, aparentemente, confundieron a un ciudadano con un chavista”
Así que ya sabe, amigo decente y pensante, averigüe primero y linche después, no vaya a ser que termine usted pateando a un ciudadano y no a un chavista, como debe ser. Linche con precisión, porque de seguir con este desorden, usted mismo ya no sabrá en qué lugar del este del Este, una turba de fuego amigo le podría estar esperando.


Atrapados en el relato


En las “revoluciones de colores”, los medios de comunicación juegan un rol principalísimo construyendo el relato que desdibuja la realidad. Reporteros que logran estudiadas imágenes del cinematográfico joven solitario enfrentando al monstruo represivo con una simple bandera, sin miedo; la abuela que increpa el soldado asesino, sin miedo; los pequeños escolares arrodillados frente a un piquete de esbirros de la dictadura, exigiéndoles que paren la masacre, sin miedo… Sin miedo, porque, ubicados en la realidad, saben que el monstruo que relatan no existe, porque de lo contrario ¿qué mamá en su sano juicio expondría a su niño al peligro mortal de enfrentar cara a cara a un esbirro asesino? 

De todos modos, el relato se impone descartando toda verdad que lo contradiga. “No publiques nada que beneficie a la tiranía” -decía un tuit de Mari Montes, periodista opositora, a propósito del revelador video, publicado por un reportero también opositor, que derrumbaba la tesis del asesinato Juan Carlos Pernalete, por un impacto de bomba lacrimógena.
No más deslices: editado, con un salto tremendo en la secuencia, presentaron los constructores del relato el vídeo otro asesinato, el del joven Canizales, instalando una historia que contradice a la autopsia; pero no importa la verdad, no importa la justicia, lo que importa es sacarle el jugo a la muerte. 
También con el asesinato Miguel Castillo esta semana, las evidencias contradicen al relato y el “periodismo” hace maromas. Darvinson Rojas publicó cuatro honestos tuits sobre la investigación del caso. Lo mató una metra de metal, disparada a menos de 10 metros, por un arma de fabricación artesanal, decía en tres tuits, y en otro, hablaba sobre el video que muestra cómo alguien le quita a Castillo, herido de muerte, la cámara Go Pro que llevaba y que pudo haber grabado a su asesino. Ese tuit, al rato, lo borró.
Sin liderazgo que la contenga, la violencia se desborda, incluso contra los periodistas que la maquillaron de “resistencia pacífica”. “Un equipo de Globovisión fue rociado on gasolina en Chacao”, denunciaban periodistas de oposición, pidiendo cordura y respeto. Entonces sus lectores les dejaron bien claro que no hay cordura ni respeto para quienes se atrevan a contradecir el relato que ellos mismos ayudaron a construir. 


Rehenes de la locura

Esa mañana, la señora Fulana amaneció poseída por el espíritu libertario. Su inteligencia, tal como le pasó al nudista de Altamira, le dijo: “Marica, tienes que hacer algo”. Entonces ya no tuvo dudas.

La señora Fulana, coló su café con determinación. El café siempre ayuda en estos casos. Bebió la taza de un solo sorbo, sintiendo como el brebaje quemaba su garganta. ¡Qué le importa el dolor a una guerrera! 

Activado el sistema digestivo por la cafeína, Fulana sabía que el tiempo no le sobraba. Apurada, buscó un rollito de papel toilet, salió y apretó el botón del ascensor mientras apretaba también glúteos y efínter. Ya en planta baja, cruzó las puertas del edificio y salió a la calle. Sus vecinas de toda la vida la saludaban batiendo banderitas siete estrellas, pero la mente de Fulana, concentrada al máximo en su misión, no estaba para saluditos. 

Finalmente llegó al medio de la calle, como la buena ciudadana que es, por el rayado peatonal. Allí, ante los ojos atónitos de sus vecinas, se bajó los pantalones dejando las nalgas expuestas a la vista de los cuatro gatos que hacían la barricada. “¿Qué está haciendo Fulana? ¡Ay, Dios, tiene el culo horrible!” -comentó Gladys a Mireya. “Nosotras que le llevamos un par de años lo tenemos más firme” -agregó antes de quedarse muda porque ya la cosa no era mostrar unas nalgas colgantes, no: Fulana en cuclillas, en pleno plantón libertario, estaba poniendo un plastón al grito de “Me cago en la dictadura!”. “¡Está haciendo pupú!” -dijo Mireya. “¡Libertad, libertad!” -Coreó Gladys.

La cagada de Fulana se regó por las redes sociales. Entre asombro, burlas y rechazo la imagen de la gente decente y pensante de esta país quedaba en entredicho. Entonces la oposición sacó su conejo comodín de la chistera: y fue así como la Sra. Fulana se convirtió en “colectivo”. 

Al día siguiente, cuando Fulana salió a caminar por el bulevar de toda la vida, sus vecinas, de toda la ídem, le torcieron los ojos porque ellas, primero muertas que saludar a una infiltrada colectivo asesino narcochavista. 

Mientras se desarrollaba esta tragicomedia en El Cafetal, todas las urbanizaciones del Este estaban sitiadas por sus propios vecinos. Otra vez autosecuestrados para que cayera Nicolás. El nuevo líder de la MUD, Freddy “Audi” Guevara, entiende, porque a veces entiende alguna cosa, que su propia gente está siendo instrumento ciego de su propia destrucción. Así, el líder sin liderazgo decidió explicarle a la gente pensante, que esa pendejada de encerrarse a ellos mismos no servía para nada. Le tomó una retahila de tuits para hacerlo, y bajo cada tuit, una chorrera de insultos de su propia gente decente, que como avispas furibundas, defendían su derecho a clavarse el aguijón ellas mismas “hasta que caiga la dictadura”.

En Lara, más tardecito, un grupo de encapuchados secuestró una gandola de gasolina. Allí, en la entrada de una zona clase media, decente y pensante, of course, amenazaban con hacerla explotar si el gobierno no liberaba a 141 compañeros de estos terroristas, perdón, estudiantes, hijos ejemplares, deportistas y manifestantes pacíficos que solo exigían justicia y libertad, según tuiteaba explicativo y solidario el gobernador Henri Falcón. 

Horas después, ya en la noche, ardía el camión y volaba por las redes la información de unos colectivos lo habían incendiado. No, no fueron las decenas de encapuchados violentos que amenazaban con hacer volar medio Cabudare, no: Resulta que unos tipos, en una moto, se colaron entre los furibundos encapuchados, los mismos que hemos visto linchar a cualquiera que tenga el pelo medio chicharrón por ser sospechoso de ser chavista… Bueno, sí, resulta que entre ese enjambre violento, se coló esta moto con unos chavistas malvados, que prendieron en llamas al camión para “dañar la imagen de la protesta pacífica”. Fueron los colectivos, repitió la gente pensante en coro.

Y uno se pregunta si en verdad toda la oposición es tan bruta y tan loca, y más cuando la mayoría de las encuestas dicen que la gente lo que quiere es diálogo y paz. Entonces, aunque parezca poco científico y tal vez un poco tonto, en un grupo de whatsapp encontré un indicio de respuesta: la oposición está emocionalmente secuestrada.

Una mamás opositoras tomaron el chat del colegio para hacer su parte en esta lucha libertaria. Alguna sugirió dejar de llevar a los niños al cole, “por su seguridad y por apoyar a los que luchan”. Una a una, las mamás se iban sumando en una especie de votación abierta donde la que no se sumara quedaría en evidencia. Una de ella quiso ser la voz de la razón y dijo que llevaría a los niños al cole para que no fueran a perder más clases. Una lluvia de caritas bravas, de duda y de sospecha de esas que se usan en whatsapp dejaron clara la desaprobación del grupo. La voz de la razón fue apagada de golpe, no fuera cosa de que la confundieran con una chavista y desde entonces, ella lidera el paro educativo en pro de la libertad.

Secuestrados los votantes por la violencia de unos pocos. Secuestrados los dirigentes por los mismos violentos. Aquellos, como Henri Falcón, que quisieron ser la “alternativa” terminan hundiéndose cobardemente en el chiquero de los violentos.

Mientras tanto, el presidente Maduro abre la ventana de la constituyente, que, entre otras cosas, sirve como vía de escape para quienes quieran dejar de ser rehenes de la violencia y la locura. Una vez más se abre una puerta al diálogo y al debate. Una vez más, quienes no tienen más argumento que el odio, se oponen con violencia. Una vez más serán vencidos, porque aunque algunos tengan que disimularlo, la mayoría de los venezolanos somos gente de paz.