O revisamos o erramos.

Yo nunca pensé que viviría una revolución. La verdad es que en el mundo en el que crecí jamás se planteaba una revolución como algo posible. Las revoluciones, aprendí en el colegio, eran revueltas sangrientas que arrasaban con todo y que luego eran arrasadas.

Sin el más mínimo interés por la política, y durante años creí que la política era solo el medio que tenían los grandes ladrones para parecer grandes señores. Sin una pizca de formación ideológica, así llegué de paracaidista a esta revolución.

Aclaro esto porque siento que hay mucha gente como yo. Me atrevería a decir que la mayoría de los que nos unimos a esta lucha porque la sabemos necesaria y justa, pero que más allá de eso no dejamos de ser personas comunes y corrientes, víctimas todos de una educación mutilada, inoculados con el germen del capitalismo, repleto de ideas que atentaban contra nosotros mismos y que aceptábamos e incorporábamos como la única forma de hacer las cosas.

Parte del proceso por el que pasamos nos obliga a revisarnos constantemente porque la realidad nos enfrenta a nuestros viejos prejuicios, a los deseos inducidos, al afán por un éxito artificial que solo se logra el día que te condecoras con un cocodrilo en la camisa.

Y así, mientras pretendemos cambiar al mundo debemos cambiarnos a nosotros mismos.

Al parecer a cada uno se revisa como quiere. Es por eso que nos asombramos al ver funcionarios públicos tomando agüita Evian o vistiendo camisas Lacoste rojas rojitas, o con unos relojotes sospechosamente caros. Es por eso que aún hay organismos del estado que funcionan a medio tren o que simplemente no funcionan. Es por eso que de alguna manera sentimos que estamos estancados.

Hemos logrado mucho en estos diez años, y son estos logros los que nos obligan a seguir avanzado. El camino es muy largo y hay algunos que, una vez ubicados, como que no quieren andar más.

La revolución es para todos o no es para nadie. No luchamos contra la injusticia para terminar siendo injustos. No luchamos por la igualdad si seguimos soñando los mismos sueños capitalistas. No se detiene la marcha mientras haya gente que no ha llegado a la meta. Y es que la mayoría apenas empieza a andar y la meta está tan lejos.

¿O acaso las ideas se desdibujan cuando nos sientan en una oficina con aire acondicionado?

Recuerdo las tres erres aunque ya nadie las nombre. Recuerdo sobretodo la erre de revisión. Recuerdo que no se puede olvidar, que no sirve repetir como loros y luego dejar pasar. Les recuerdo que sin revisión no hay rectificación ni mucho menos reimpulso. Les recuerdo que el pueblo ahora es más sabio, que ya no es esa masa aletargada con la que jugaban a la pelota adecos y copeyanos. Este recordatorio no va dirigido a nadie en particular y a todos en general, que cada quien se revise a ver si recuerda a donde iba cuando empezó a caminar. Y es que pa’lante es pa’llá.

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