¡Oh, Madre!

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¡Oh, Madre! Las hebras plateadas en tu rala cabellera, huellas de una vida de sacrificio y entrega. Tu espalda encorvada por el peso de una vida dedicada a otros, siempre a otros, madrecita querida. Tus manos, mustias palomitas sanadoras. ¡Cuántas heridas curaron tus manos! Y tus palabras… (llanto entrecortado)… tus palabras, alguna vez severas, tantas veces almíbar amoroso, melodía sabia, cada sílaba un adoquín empedrando mi camino, camino mío que hiciste tuyo, mujer florecida en la maternidad, la más sublime de las condiciones humanas…

No me interrumpas, mamá. Escucha, allí sentadita, por una vez el la vida calladita, coño, este canto de un hijo agradecido. Sí, sí, ya sé que no tienes plateada tu rala cabellera, si te pintas el pelo desde que tengo memoria, pero ese no es el tema, el tema es mi amoroso canto…

Que no, coño, que no eres una vieja encorvada, que pareces de veinte… Sí, sí, sí, mamá, estás mejor conservada que todas mis tías que, de todos modos, así se pasen todo el día en el gimnasio, están jodidas porque tienen el mismo cuerpo de nevera de mi papá.

En serio, mamá, no me jodas este homenaje, que pasé toda la mañana buscando en internet frases cursis de esas que te gustan para escribir esta vaina. ¿Que no tú no eres cursi? ¿Me vas a decir ahora que no? Por qué clase de idiota me tomas, si tú eres la reina de la cursilería. Mira nada más las fotos de mi bautizo. ¡Míralas!. Ahí están las palomas blancas que te empeñaste en lanzar al vuelo en pleno banquete y las bichas aterradas, madre, porque las palomas no son libres cuando las sueltas en el salón de fiestas del condominio. Y las bichas botando un plumero y cagando mientras tú posabas para las fotos con aquel moño lleno de laca, mamá… Yo creo que el asma que hasta el día de hoy padezco es por toda la laca que me hiciste tragar…

¿Que no eres cursi? ¿Y dónde carajo dejas el mini levita azul celeste que me obligaste a usar en mi primera comunión? Y otras vez las palomas sueltas en el mismo salón de fiesta 8 años después. No, mamá, noooo, no me vengas con vainas, que todavía impregna mi pituitaria el perfume alcoholado del fijador con el que me peinabas el copete tipo John Travolta. Eran los noventa, coño, y yo vestido de Fiebre de Sábado en la Noche porque tú estabas pegada en la nota. ¿Que no eres cursi? Solo mira tu muro de Facebook: un montón de imágenes de atardeceres con filtros rosados y ridiculísimas frases de autoayuda escritas en horrenda caligrafía. ¡Y en todas me etiquetas, coño!

¿Que no eres cursi? ¿Y qué coño son esos angelitos gordos que mandaste a pintar en el techo de mi cuarto? No, mamá, un carajo de 16 años no puede tener un cielo de angelitos en su cuarto sin que sus panas le monten un chalequeo que genere en estrés post traumático. Así que no me vengas con vainas y déjame terminar mi homenaje. ¡Oh, madre!

¿Que no te quiero? ¿Cómo que no te quiero? Si no te quisiera, no estaría almorzando contigo mientras me pierdo el partido de fútbol que ya va 2 a 1 a favor del Barcelona con goles de Messi y de Suarez. Si no te quisiera, no estaría usando este bisoñé que me encasquetaste apenas empecé a quedarme calvo… -miento- bisoñé que me encasquetaste luego de no pegara aquel doloroso trasplante de pelos al que me sometiste y que me dejó la cabeza llena de puñitos de pelos geométricamente alineados, como pelo de muñeca barata.

Sí, sí, sí, lo hiciste por mi bien, ya lo sé. Como por mi bien espantaste a las pocas novias que tuve, “porque ninguna me iba a querer como tú”. No llores mamá, no llores… Cómo puedes decir que no te quiero si sigo aquí, tragándome como puedo este hígado encebollado porque “tiene hierro y me ayudan a crecer”. Aquí estoy, con cuarenta años, viviendo bajo tu techo de querubines gordos, arropando cada noche mi célibe soledad con la cobija del Trencito Thomas que te niegas botar a pesar de que está hecha hilachas y no me alcanza para taparme los pies. ¿Acaso eso no es amor?

No llores, mami, que no puedo verte así y mucho menos en tu día. Mira, aquí tengo el DC de los Bee Gees que tanto te gusta. Escucha, mamaíta, cierra los ojos y escucha. Imagina la bola de espejitos y el piso de luces de la discoteca que no pudiste pisar más, desde que irrumpí en tu vida para apoderarme egoístamente de ella, madrecita… Bailemos, madre, bailemos… ¡Ah, ah, ah, ah, I’m staying aliveeeee ahhhh, ahhhhhhh… Oh!

Yo también te quiero, mamá.

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3 comentarios on “¡Oh, Madre!”

  1. Yaneth dice:

    jajajajajajajajajajajaj buenisimo jajajajajaja

  2. Nívea Elena Monasterios dice:

    Jajajajaja demasiado bueno!!!


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