Una merienda de negros y otras linduras.



El delirio opositor deriva en las más indeseables conductas. He visto a alguna señora exigir su derecho ser estafada rompiendo las bolsas de arroz que el gobierno trataba de vender a un precio justo, he visto a muchachas superfashion agarrándose la totona en plena calle a modo de reclamo a las fuerzas de seguridad por no dejarlas marchar más allá de donde su manifestación había sido permisada, he visto multitudes considerables aplaudir a un candidato que no ha podido hilar dos frases, mas allá de un canto de ballena, lo largo de un largo discurso. Tantos años viendo tanta cosas, y cuando pienso que ya no me pueden sorprender, se superan y me sorprenden hasta las nauseas.

Esta semana, por motivo de la Cumbre de América del Sur-Africa, se han esmerado mis opositores en sacar a relucir el más asqueroso racismo: ‘’La merienda de negros’’ revivió chistes raciales olvidados por viejos y malos . La imagen del negrito moribundo, cubierto de moscas mejor alimentadas que él, en lugar de conmoverlos y llamarlos a la reflexión, sustenta su tesis de que los negros, por inferiores, son incapaces de dirigir sus destinos, ‘’porque si te fijas el país más pobre de América es Haití. -¡Qué casualidad!-’’.

Se preguntaba, muerta de risa, la conductora de un programa radial ¿Qué nos pueden enseñar los africanos? ‘’Porque los único que sabe hacer esa gente es comer tortas de tierra y llevar sol parejo’’ No supe qué más no sabía esa mujer sobre Africa porque tuve la urgente necesidad de cambiar de estación.

El racismo lo habían practicado con un pudor cobarde, pero ahora, nuestros opositores, empeñados en su ‘’no es no’’ hasta las últimas consecuencias, no sienten la más mínima vergüenza de mostrar al mundo, además de su siempre profunda ignorancia, un horrendo déficit de humanidad.

Es curioso ver los rasgos de quienes, con más énfasis, expresan su asco por los hermanos africanos: Narices perfiladas a punta de bisturí, pelos alisados con productos que penetran hasta las neuronas para convencerlas de que ¿Negra yo? ¡Jamás!

Ciegos en su soberbia no se dan cuenta de que sus actos los embarran, que sus burlas se les devuelven y se les estrellan en la cara, que ya nadie se ríe con ellos, que ya nadie se ríe, que hasta ayer podía que dieran risa la señora rompiendo el saquito de arroz, la pava de la totona, las peras al horno, y toda la colección de idioteces que con esmero cultivan y cosechan… hasta ayer, porque hoy esa gente sólo da vergüenza.




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