El arte de vender desilusiones.

En otros tiempos la televisión trataba de vender ilusiones, ahora tenemos Globovisión.

Si antes se sintonizaba alguna serie en la tele para escapar un poco de los días monocromáticos que suelen repetirse uno tras otro, uno tras otro, uno tras otro… Decía, que uno se sentaba frente a la tele y se introducía en un hospital repleto de doctores preciosos, pasabas luego por una estación de policía repleta de detectives preciosos, y, más tarde, ibas a un juicio con unos abogados con millonarios y preciosos, lo que te permitía dejar atrás otro día inodoro, incoloro e insípido. Ahora se sintoniza Globovision, más o menos con la misma intensión evasiva de la realidad, pero con un giro masoquista.

A diferencia de las series preciosas, la programación de globo nos sumerge en una realidad virtual miserable en la cual el nuestros globotizados tienen que enfrentar sentimientos antagónicos: Por un lado son el ciudadano oprimido que está a punto de perderlo todo en manos de un rrrégimen cuyo único fin es acabar con la gente ‘‘decente y educada’’ de este país, y por el otro, le toca hacer de distinguido consumidor de exclusivos bienes y servicios que anuncia el mismo canal que les acaba de jurar que vivimos en medio una pesadilla que en la que vamos a perder hasta el modo de andar.

Es así como vemos a Leopoldo Castillo, con un desparpajo imperdonable, cambiar la expresión indignada de quien sabe que el gobierno está a punto de quitarnos nuestras casas, para invitarnos, con una simpatía que no tiene, a comprar grifería elegantísima para el baño que Ud. merece. A Gladys Rodríguez anunciando a un banco, muerta de la risa, luego de habernos informado que gracias a la crisis económica generada por el gobierno, usted, mi estimado globovidente, mañana no va a tener ni para un bollito de pan. A William Echevarría sin un ápice de la ternura que hay que tener para vender pañales, vendiéndonos una pañales para los bebés que el gobierno nos arrebatará en cualquier momento para devolvernos, luego, veinteañeros peludos y adoctrinados.

Hacen un malabarismo cruel en el que lanzan promesas de felicidad pagadas por los anunciantes y anuncios de desgracias inevitables pagadas por los causantes de la mayoría de nuestras desgracias.

Mientras, los globotizados obedecen y salen y comen, celebran, remodelan, viajan, compran casas, carros, compran todo lo que les vende el mismo canal que les vendió la desilusión de ser unos pobres infelices que les tocó la desgracia de vivir en el país más feliz del mundo.

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