De sueños y sueños y pesadillas.


Crees que la peor de las soledades consiste en saber que algo espantoso está a punto de ocurrir y que nadie a tu alrededor se está dando cuenta. Que la peor pesadilla consiste en que tu, que si sabes, te dedicas a explicarle a una multitud de tontos incautos, y ellos, tontos al fin, siguen su camino sin entender que van rumbo a la más miserable de las miserias, y lo peor, que te arrastran con ellos.

Estas cosas horrendas no solo pasan en las películas de terror. Te pasan todos los días en tu calle, en tu trabajo, en tu supermercado de confianza.

Ves como una mayoría aplastante de seres que no entienden, pero votan, que no desean progresar, pero votan, que son irresponsables, pero votan, que se conforman con limosnas y por eso votan, y botan tu futuro y el de tus hijos, que sí entienden, que sí quieren progresar, que sí son responsables pero por más que voten no alcanzan a votar tanto como esa masa de ignorantes que no debería votar, pero vota.

Cansado de luchar contra esa ignorancia testaruda solo te queda soñar y creer en las encuestas que siempre te han mentido, y sueñas con el día que ese pueblo que tanto desprecias, despierte. Que despierte a tu realidad; que se entere de una vez que no podemos ser todos iguales; que ni sueñe soñar tus sueños, pero que esté dispuesto a servir de escanloncito para que tu sí los alcances; que sueñe sueñitos casi posibles que justifiquen la estupidez de conformarse con que unos pocos logren sus sueños a costa del insomnio del resto. Que despierten a la resignación de pertenecer a ese resto…

Y es que hay sueños que sí merecen ser soñados: sueños inútiles, en ediciones limitadas, solo para soñadores selectos, y que dejarían de serlo si estuviesen al alcance de todos. Sueños verdaderos y no esa necedad de los sueños colectivos, igualitarios, que incitan a la parejería. Esos sueños de pacotilla que para ti son simples actos cotidianos como desayunar, llevar a los niños, sanitos, al cole y traerlos de vuelta a casa, tu casa, con techo sin goteras, nevera llenita, baños con agua fría y caliente y todas esas tonterías…

Confundido, o con ganas de confundir, imploras por el despertar de un pueblo que hace años tiene los ojos bien abiertos, porque no puedes admitir que lo que en verdad necesitas es que ese pueblo vuelva a dormir.

La peor de las soledades consiste en el soberbio egoísmo de pretender que los demás no se atrevan a soñar. La peor de las pesadillas, tristemente para ti, consiste en que nuestros sueños los estamos haciendo realidad.

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