En las teclas de una maldita con luces rosaditas.

Escribo estas lineas desde un ciber café y con dedos temblorosos. Escribo a modo de escape, autoconvencimiento y un poco de testamento, porque se que esto que me está pasando solo puede tener un desenlace tragicómico, sobretodo tragi.

Ni en su peor pesadilla Assimov pudo imaginar algo como lo que estoy viviendo, ¿o debo decir muriendo?

Hace cuatro meses, en nuestro aniversario, mi marido, mi amor, mi compañero del alma, me regaló una computadora de patatús. Era linda, azul mate, planita, con un teclado iluminado con lucecitas rosadas que daban a nuestras noches un toque de romance de ultima generación. Al encenderla nos regalaba los buenos días con una cálida voz de treintona dispuesta a todo, daba la hora con susurros un tanto eróticos para mi gusto, era parlanchina y confianzuda, me avisaba cada vez que abría o cerraba un programa y se despedía cada noche con un ‘’dulces sueños’’ de eses arrastradas y empalagosas.

Tenía otras opciones de voz, según decía el manual del usuario, pero yo nunca pude configurar una voz masculina que me susurrara ‘’Tienes correo preciosa’’. La voz de esa treintona se negaba al delete, al reinicio e incluso al borrón y cuenta nueva. Mi computadora, definitivamente, era mujer por lo que mi amado la bautizó con el cariñoso nombre de Cuaimilla.
Cuaimilla era una máquina rapidísima. Jamás se congeló por más que abusara de su capacidad, por lo que empecé a preguntarme de cuánto sería capaz, segura de que haría mucho más de los que sus especificaciones indicaban.

Sexto sentido de mujer cuando huele a otra en su camino…

Todo comenzó de un modo tan sutil que no fui capaz de darme cuenta, muy a pesar de mis presentimientos, hasta que fue demasiado tarde.

En la noche después de despedirse de mi, la muy bicha se encendía sola y llamaba con esa voz ronquita de ‘’ay me muero de ganas’’ a mi desvelado marido, que acostumbraba a dormitar un poco frente a la tele antes de subir a nuestra cama. No se durante cuanto tiempo había estado sucediendo lo que ahora les voy a relatar, pero como la esposa es la última en saberlo y yo soy caída de la mata, tuve que pasar mas de dos horas esperando a mi marido semi vestida con mi dormilona matadora, recostada sobre la cama en una sexy, pero muy incómoda pose de femme fatale, tuve que quedarme dormida y despertar con una tortícolis espantosa a causa de la pose antes mencionada, para darme cuenta de que algo no estaba bien.

Medio tullida bajé, y mientras lo hacía escuché risas cálidas, susurros cómplices y suspiros delatores. Me acerqué con sigilo y la vi a ella, abierta de par en par, iluminada en tonos rosa, mostrando en su impúdica pantalla fotos de mujeres que ella hubiera querido ser. Todas tetonas, todas desnudas, todas pidiendo a gritos cosas que una dama no debe pedir jamás.
¿Qué haces mi vida? -pregunté disimulando mi ira y mi dolor. Su boca dijo ‘’nada mi amor’’, pero sus ojos desorbitados me lo contaron todo. Cerró la computadora tratando de ocultar su traición, pero antes, pude ver cómo sus rosaditas luces se tornaron rojo sangre. De más está decir que esa noche, después de tratar de seducir a mi marido en vano, tuve pesadillas horrendas y casi proféticas.

Los días entre nosotros se convirtieron en una sucesión de largos silencios. Las noches en terribles ‘’¿no estás cansadita mi amor?, mejor ve a dormir, mi cielo, que te ves ojerosa y demacrada…’’ eso, desde el mismo momento que el sol se escondía detrás de la montaña, a golpe de seis y media de la tarde.

La impaciencia de mi marido dio paso a una irritabilidad que a su vez cedió a un desprecio cantinflesco: él a mi ni me ignora.

Yo bañada en lágrimas al principio, amoratada de la rabia después, decidí que no iba a ser un aparato electrónico quien me iba a robar al hombre de mi vida y así, con la firme voluntad de destruir a esa vil y compacta roba maridos, pasé otra noche más en vela.

Buenos días. -dijo la muy sucia, todavía tibia a causa de una ardiente y larga noche. ¿Quieres café? -Le pregunté yo, y sin esperar respuesta le vacié un tazón de capuccino doble mocca sobre su colorido teclado. ¡Mmmmmm! Capuchino doble mocca, mi favorito, pero, a mi gusto, le faltó un toque de canela. -En lugar de echar chispas y fundirse, la mugrosa esa sorbió el café a la vez que emitía soniditos, supongo en que en formato MP3, de chasquidos de lengua como quien disfruta a muerte un cremoso capuccino.

Intenté apagarla y me congeló con una voz aguda y perversa que me dijo, vete ya, déjamelo que él me ama, de lo contrario te vas a arrepentir, cuarentona con celulitis.

¿Celulitis yo? Corrí al espejo solo para confirmar que ella, además de hablar, veía y muy bien. Mis muslos tenían esos característicos hoyitos que en las revistas de moda llaman piel de naranja. Maldita sea, las computadoras no tiene celulitis, ni flacidez, ni patas de gallo. ¡Maldita sea! ¿Contra qué me estoy enfrentando?

Contra un aparato que tiene no más de dos años de vigencia me dijo la parte racional de mi cerebro. Pero mi corazón de mujer me dijo que esto era mucho más peligroso y duradero… tal vez definitivo.

La noche que siguió a la mañana con capuccino, fue una noche de soledad para ambas ya que mi marido había viajado por negocios. Ella se la pasó emitiendo unas risitas, a veces burlonas, otras estridentes como de bruja de cuentos, y otras histéricas como de loca con un cuchillo detrás de mi puerta. Yo, encerrada en mi cuarto, aferrada a una foto de mi boda, entre sollozos espasmódicos, trataba de releer el manual de esa malvada por enésima vez, como buscando una respuesta que sabía que jamás iba a encontrar.

Cuando bajé en la mañana me dijo con asco: ¿Qué son esas cosas blancas en tu pelo? No me digas que son canas, y se atragantó de la risa. Yo no pude más, salí corriendo, así en pijamas, sin haberme lavado los dientes, descalza y no paré de correr hasta llegar a la peluquería que, por supuesto, a esa hora estaba cerrada. Deambulé por las calles sin rumbo fijo, sin tener a dónde ir, sin dinero, sin ganas de vivir…

Regresé tarde en la noche a una casa iluminada, con el carro de mi marido estacionado en frente. Entré buscando refugiarme en sus brazos y me tropecé con los ojos más furiosos que había visto jamás en la cara soñada de mi príncipe azul.

¿Me puedes explicar qué es esto? -rugió mi viril esposo mientras señalaba la pantalla de la miserable. Mis ojos me vieron en brazos de un hombre, desnuda, borracha. Me vi con otros dos jugando a un juego erótico que nunca imaginé posible. Me vi en videos besando a lengüetazos a un viejo horroroso con cara de político de oposición. ¡Dios mío, era un político de oposición! Y yo que trabajaba en un ministerio, yo que tenía una carrera ascendente por delante… y mi marido, tan fiel al gobierno, tan luchador social… y yo… yo allí en brazos de ese señor con papada fofa con mis dedos enredados en su pelo pegostoso de gomina… ¿Qué estoy haciendo en ese video… lamiendo esa papada? ¡Noooooooo!

Mi vida no… esa no soy yo… es un montaje…eso es photoshop… ¿Cuales correos? No, yo nunca escribí eso, ni siquiera lo tengo en mi agenda de direcciones… ¿que si lo tengo? ¿A ese también? ¿Y a Ravell? No mi vida, no le creas, son documentos que ella inventó… mi amor no le creas… ¿También por chat? Noooooo

Traté de lanzarme sobre la calumniadora de esposas decentes para luego lanzarla por la ventana y estrellarla contra el muro, pero me detuvo el brazo férreo de mi marido y la que salió volando por la ventana fui yo, la que se estrelló contra el muro fui yo, la que reía y recibía mimos y agradecimientos era ella, la que no tiene canas… la mentirosa.

Humillada, entré de nuevo a la casa, a mi casa, por la puerta de la cocina y me refugié en un baño donde prepararía mi próximo y definitivo ataque. Mientras ideaba maneras de destruir a la que se propuso destruir mi vida, podía escucharlos a los dos, disfrutando de otra de esas largas y traidoras noches que compartían. No se en que momento me dormí, pero me despertó el silencio y, otra vez, el dolor de cuello que debe padecer cualquier persona que se duerma sentada sobre una poceta utilizando como almohada el tieso y frío lavamanos.

Me levanté y fui a la cocina a buscar armas de destrucción masiva: el martillo ablandador de carne, el cuchillo de chef que me regaló mi papá, un pote de ácido para limpiar baldosas, un rodillo, unas tijeras y, por último, como una buena ama de casa que soy, agarré una escoba para recoger los pedacitos que quedaran.

Entré a mi estudio y allí estaba ella dormida, en stand by. No le di tiempo a nada, le pegué un martillazo, con toda la fuerza de mi rabia, en medio del logotipo, la abrí y apuñalé con saña su teclado que ahora brillaba en rojo furia, vacié un litro y medio de ácido sobre su pantalla, con el rodillo en una mano y el cuchillo en la otra intenté despedazarla, me sentía como un chino de esas películas de kung fu, mis golpes eran rápidos y certeros y como ella no decía ni pío, supe que la había vencido.

Exhausta, me recosté en mi silla y cerré los ojos. Solo se escuchaban los latidos de mi corazón, que parecía que esa noche no estaba en mi pecho, sino que estaba justo al lado de mis tímpanos. El tucutún cardíaco se detuvo al escuchar aquella voz tan temida y odiada: ¿No entiendes verdad? -me dijo con la calma que tienen los psicópatas de las novelas de detectives. ¿No sabes acaso quién soy? En algún momento llegué a pensar que te subestimaba, pero veo que eres más ignorante de lo que imaginé. acércate y lee lo que dice allí, al lado de la conexión USB. ¿Lo ves, en letras pequeñitas? ¡Lee idiota!…

Sin atreverme a tocarla me acerqué. Mis ojos adoloridos por la fuerte luz que emitía su pantalla pudieron ver aquel nombre infame: Uribush 3.8. Un grito estrangulado de pánico se atoró en mi garganta, mis piernas perdieron el último poquito de fuerza que les quedaba y me desplomé contra el suelo sabiéndome vencida.

Me arrastré hacia la puerta y mientras lo hacía, una luz de esperanza cruzó por mi mente aturdida: Si mi amado supiera que ella es una vulgar Uribush, si lo viera como lo vieron mis ojos, todo… todo volvería a ser como antes…

Con esa chispa esperanza metida en el corazón me desmayé hasta el día siguiente.
¿Qué le has hecho miserable? -Las palabras de mi marido, como patadas en la barriga, me despertaron. ¿Dónde está Camila? -me gritaba amoratado de rabia y desprecio. ¿Quien es Camila? -yo estaba tan aturdida que no entendía nada. No te hagas la idiota, o al menos trata de ser menos idiota de lo que eres, Camila es ella, quien ilumina mis noches y hace que mis días sean una agonizante espera. Camila, la mujer de mi vida, la que no se arruga, la que no se queja, la que se conforma con estar allí enchufadita. Ella, la que ahora no está… ¿Donde la has metido mala pécora?

Traté de explicarle que yo no había hecho nada, que ella estaba allí cuando yo me desmayé, trate de decirle que su nombre no era Camila y él, furioso, como nunca, me mando a callar jurándome que si la llamaba Cuaimilla me cortaría la lengua por sacrílega. No me dejó hablar más. Pasaba de un llanto visceral a dar gritos de loco suelto, me empujaba mientras yo trataba de correr, alcancé la puerta como pude y huí. Diez cuadras mas arriba me detuve a coger aire y todavía podía escuchar sus amenazas. Desde entonces estoy en la calle.

Por eso escribo hoy desde un ciber, para ver si hay alguien que quiera creerme todo esto que me está pasando, porque nadie me ha creído: me expulsaron del partido, me botaron del ministerio, mis amigas me borraron de sus listas de contactos, mi familia no me quiere ni ver por Skype.
Hoy estoy aquí, gastándome mis últimos ahorros para imprimir esta historia mil veces, en tamaño carta, arial 12 a doble espacio, para que alguien la crea, para que si alguien recibe de regalo una computadora como la mía ni abra la caja. Si bien se que yo no tengo salvación, quiero advertirles que ella existe y anda suelta por ahí…

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