Magadalena al borde

La vida no vale nada.
Un capítulo que no tiene precio.

Tenía Magdalena un fuerte dolor en el pecho, un dolor que desde el pecho le hacía doler hasta las pestañas. Si, le dolían las pestañas mientras trataba de abrir los ojos para mirar a esa mujer que todavía ignoraba que no solo era su compañera de dolencias y de cirugías plásticas, sino que también era su suegra.

Una suegra muy recuperada, estirada pero siempre cuarentona. Una mujer que tenía otra forma de mirar. Quince días habían pasado desde que los párpados de Erica fueron estirados, pero no era esa la razón de tan extraña mirada. Tras quince días de consultas, de: doctor, ¿cómo voy a quedar, estoy bonita, me veo joven, qué tal las tetas doctor? ¡Ay! doctor no me mire así, no me diga ‘’obra maestra’’ que me lo puedo creer, que ¿quieres que me lo crea? Pues me lo creo mi amor, tómame que soy tuya, pero cuidadito con los puntos no se vayan a saltar.

Quince días en terapia intensiva, sin visitas, moribunda, justo cuando había decidido que deseaba vivir. Quince días sin su Riki, con su cuerpo nuevo, adolorido, solo. Quince días dignos de Magdalena.

-¿Que tal quedé?- saludó encantada Erica Blanco. -No me dirás que no parezco una carajita, justo ahora que en cualquier momento me hacen abuela. Magdalena no podía creer lo que estaba escuchando. Claro, con tanta ilusión, tanto amor y tantos días en terapia intensiva, había perdido la cuenta. ¡Dios mío! ¿Será posible que esté embarazada? ¿Será posible que su vida tan incompleta se llene de tanta felicidad así de sopetón?

No, no es posible, al menos no para Magdalena, nunca para ella.

El mismo día que se operaron nuestras cuarentonas, Riki se había ido a Cancún con su culito a unas vacaciones que acabarían en luna de miel, cortesía de la tarjeta de crédito de Magdalena. La noche cuasi-mexicana del resort todo incluido, incluía todas la margaritas que se pudiera tomar aquella atolondrada parejita. Con la cabeza llena solo de tequila, corrieron los loquitos a la capilla express, incluida también en tan completo paquete, y se juraron amor eterno que caducaría en dos años, se besaron delante de un juez disfrazado de Cantinflas y corrieron a su lecho nupcial para consumar un hecho que hace mucho había sido consumado.

Erica le contaba esto a nuestra convaleciente que, por momentos, amenazaba con empezar a agonizar. No era ella la futura madre de los nietos de su amiga, no era Erica su suegra ni era nada.

La vil traidora, no solo celebraba la huida de su hijo, sino que también engatusó de tal manera al cirujano que le había puesto esas tetas nuevecitas, que él mismo terminó creyendo que eran naturales, al menos eso pensaba la muy rastrera. Tomados de la mano y con sonrisas de vamos al rinconcito oscuro, se despidieron de la desolada convaleciente, quien para poder soportar tanto dolor, decidió dedicarse a agonizar un rato para luego, finalmente, morir.

Al borde del la muerte estaba Magdalena. Segura de que respiraba sus últimas bocanadas de aire, dio gracias a la vida por permitirle la efímera dicha de poder inhalar el aire puro, aséptico y oxigenado del un hospital. Esperando la muerte no notó que no moría muy a pesar de su agonía. A lo máximo que llegó fue a un coma profundo, cosa que ella acepto con la resignación de los vencidos. Estar en coma era como estar dormida, con la ventaja de no tener que despertar cada mañana. El sueño eterno era ese y no la muerte. Soñaba Magdalena, al fin vivía su sueño.

Cuando se sueña durante tanto tiempo se aprende a soñar lo que se quiere. Nada de pesadillas, ni contratiempos, solo sueños hechos a la medida del soñador.

Fue así como aquel viajero de azul que le mostró el tarot de Zoila bruja, le tocó el hombro. Ella volteó despacio porque lo presentía. Mas que presentirlo, tenía la certeza de que al girar la cara se encontraría con los ojos dulces del amor de sus sueños. Mirarse y besarse fue una misma cosa. ¿Cuanto dura un beso onírico? Lo que Magda quisiera y quería que durara mucho.
Un beso tan largo que no fue interrumpido ni siquiera cuando el príncipe azul le quitaba la ropa, pieza por pieza. Ni cuando la cargó y la llevo a aquel manto de florecitas silvestres, ni cuando se recostaron en él, ni cuando enredaron sus brazos y piernas como contorsionistas del circo chino.

¿Cuanto dura un polvo onírico? Dura lo que dure el beso y el beso no acababa nunca.

La comatosa sonreía. Dejaron de llamarla Magdalena, en el el hospital le decían la Mona Lisa. Todos querían saber la razón de esa sonrisa enigmática, todos hacían conjeturas, pero nadie pudo imaginar que Magda sonreía porque por primera vez en años estaba viva. Allí, inmóvil en su cama, estaba más viva que nunca.

Su viajero viajaba con ella, enredado en sus piernas, enredándola con las suyas. Del lecho de flores, al río cristalino, a la cima de una montaña desde donde podían un valle maravilloso pero no lo hacían por estar mirándose a los ojos.

¿Cuanto dura el amor de tus sueños? Lo que Dios quiera.

¡Coño! ¿Y Dios existe? No se si Dios, pero los milagros existen y le ocurren a Magdalena.

Tras ocho meses de un coma colmado felicidad todo empezó a oler demasiado a flores. El aire se hacía casi irrespirable. Tras ocho meses rompió Magda el beso eterno buscando no ahogarse, desató el enredo de piernas, empujando con sus manos se apartó del pecho de su amado y al soltarlo sintió que el flotaba y se alejaba lentamente. Una bruma densa y apestosa a rosas cubrió todo. Ella buscaba las manos de su amor eterno y solo encontraba la nada y eso olor que la empalagaba.

El borde de las nauseas estaba Magdalena cuando una luz la dejó ciega, y una voz, que no era que ella quería escuchar, la llamó: -Despierta Magda, mírame. -Dijo sin clemencia. -Soy El Salvador y he venido a hacer lo que hago. Vive criaturita, despierta y vive, que te has ganado un milagro en el sorteo de hoy.

-No, debe haber un error, yo soy atea y este es mi sueño, no puedes venir hasta aquí para joderlo. No voy a despertar, me rehuso a hacerlo, prefiero morir antes que ser víctima de tu milagro.- La Mona Lisa ya no sonreía y dos lagrimones densos se empozaban en sus ojos cerrados.

-Hija mía, no seas terca. Soy omnipresente, por lo que voy a dónde me de la gana, y me da la gana de venir a tu sueño. También soy omnipotente y digo que vas a despertar. Se acabó y no me hagas enfadar, recuerda lo que dice el catecismo sobre la ira del Señor.

Y se hizo su palabra.

Magdalena, la mujer milagro, fue despedida por las enfermeras y doctores con ramos de rosas nauseabundas, muchos besos y una cajita de bombones. Con un festivo adiós fue depositada en un taxi, otra vez, y otra vez se quedó mirando cómo llegaba una ambulancia con un enfermo feliz.

Ajeno al dolor de su pasajera, para matar el tiempo en medio de el tráfico del mediodía, el taxista cantaba con José Alfredo Jiménez y a voz en cuello: ”No vale nada la vida, la vida no vale nadaaaaa…”

Magdalena llorando como una ídem, con la voz mas bonita y sentida del mundo se unió al sabio y lastimero canto. El taxista, quien al escucharla, sintió un pinchazo sabrocito y ya casi olvidado en su corazón, canto a dúo con ella: ”comienza siempre llorando y así llorando se acaba, por eso es que en este mundo la vida no vale nadaaaaa…”

Fin

¿Fin? ¿Cómo que fin?

No me van a venir con que así termina la deprimente… no voy a decir desgarradora porque estoy harto de decir desgarradora, ¿ya ven? Lo he dicho otra vez…

…deprimente, desesperante, aplastante historia de una mujer que sufre, y que a alguien, que evidentemente debe ser un ocioso, le dio por contar. Como si a uno le sobrara el tiempo para andar pendiente de los problemas de los demás.

¿Y por qué al sádico que escribió esto no se le ablanda el corazoncito y la enamora del taxista y éste le retribuye su amor?

No, mejor así, que se termine esta tortura inhumana. Yo estoy hasta la coronilla, no lo soporto mas. Renuncio a seguir anunciando posibles próximos capítulos felices que nunca llegan. Por mi, que se joda Magdalena.

Señoras y señores, buenas noches y hasta nunca, que ahora quien está al borde soy yo.

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One Comment on “Magadalena al borde”

  1. arturo dice:

    Amiga, no me parece justo -al menos conmigo- que esta historia termine así… No puedes matar así auna de tus “hijas” mas sufridas… mas bien deberías matar a la Kiki, no te parece?


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