Magdalena al borde.

Me duele aquí

Un capítulo simplemente doloroso.

Magdalena creía estar acostumbrada a la soledad, pero la soledad es mas sola si no hay edificios con ventanas que dejan escurrir ruidos hogareños, cornetas de carros que gritan impaciencia, rabia, cansancio, vendedores ambulantes que venden tomates y pepinos para poder comprar el pan de cada día, el ruido de otros acompaña.

La madre naturaleza es ruidosa, pero sus sonidos en lugar de acompañar aislan, el río corriendo sin parar le daba la sensación de que las piedras fracasaban en su intento de detenerlo, se sintió piedra, inmóvil, atrapada, fracasada. El viento movía las hojas sin que éstas pudieran hacer nada para evitarlo, se sintió tan hoja, tan indefensa, tan incapaz.

Estaba allí: enterrada hasta el cogote, cubierta de hojas y ramitas secas, enterrada en vida esperando estar muerta pronto; pero las fobias son las fobias, así que cuando vio a esa cucaracha, gorda y lustrosa, caminando directamente hacia ella, sintió ganas de escapar e ir a morir a un lugar menos asqueroso.

Sus alaridos rebotaban contra los árboles, los pájaros huían en bandadas, pero la cucaracha, bicho inmundo y evidentemente sordo, seguía con determinación, como atraída una fuerza maligna que la empujaba hacia la cara embarrada de la pobre Magdalena.

Si solo tuviera un pote de insecticida, si tan solo hubiera un pié enchancletado que aplastara a tan ruin bicho, si tan solo el canalla de su marido no la hubiera dejado, el siempre mataba a las cucarachas, el muy fratricida…

Ya no pedía socorro, ahora solo gritaba lo que en su momento no fue capaz de gritar: -¡Maldito miserable mugroso! Es ahora cuando te apareces, justo en este momento… mira la facha que tengo… estoy fea, embarrada, moribunda.

¡Cucaracha, cucaracha! Eso gritaba cuando aquella tropa de niños exploradores la encontró. ¡Cucaracha, cucaracha! Gritaba mientras venía la ambulancia. ¡Cucaracha, cucaracha! Gritó camino al hospital. La cucaracha, la cucarachaaaaaaa, ya no puede caminar…

Después de recibir, por vía intravenosa, un coctel de barbitúricos, dedicó el resto del trayecto a cantarle a aquel artrópodo mocho y repugnante. Y cantando llegó al paraíso.

Ángeles blancos con manos de látex la recibieron con sus estetoscopios, sus maquinitas musicales que marcan el ritmo de la vida y la muerte. Y aquel olor aséptico tan exquisito, incomparable al incienso, la ruda o el tabaco de otros templos ya olvidados.

Fue allí donde encontró la paz que nunca tuvo: nada como estar enfermo para que te tomen en cuenta, para que te escuchen, te atiendan, te toquen con manos cálidas. Nada como estar moribundo para sentirse vivo.

Allí había incluso un botoncito sobre su cama que, con solo pulsarlo, obtenía compañía instantánea y en horario corrido. Allí, mientras le curaban el cuerpo le estaban curando el alma.

Le dolía todo, aun cuando los médicos le aseguraban que solo había sufrido contusiones leves. Me duele aquí- decía apenas entraba alguien a su habitación compartida. Su compañera de cuarto pedía a gritos un analgésico para Magdalena; un analgésico y un somnífero para cualquiera de las dos.

Amelia aprendió a odiar a Magdalena, no fue difícil hacerlo, bastaron dos días con sus noches de lamentos largos y roncos, de ¡ay! me duele todo, de ¡ay! doctor no se si salga de esta. Doctor, tengo muchos moretones, ¿No será una leucemia? Yo leí una vez… No doctor no tengo parientes a quien llamar, divorciada de una cucaracha doctor…

El día que Amelia recibió el golpe mas duro de su vida, Magdalena aprendió a odiarla: ¿Cómo que ella tiene leucemia? ¿No será que confundieron las muestras? Esa sangre moribunda tiene que ser la mía, pues que repitan todas las pruebas, so pena de ser demandados por negligencia y quien sabe cuantas cosas más. No acepto que se nos trate de esta manera tan inhumana. Quien agoniza soy yo, me duele aquí, aquí y aquí.

Esa misma tarde fue dada de alta y tuvo que despedirse forzosamente de Amelia. Sus palabras de consuelo fueron devastadoras: tranquila que quien agoniza soy yo, a ti no te duele nada y la leucemia es horrorosa, duele, consume e inevitablemente mata, Yo leí una vez…

Dos enfermeros grandotes levantaron en vilo a nuestra Magda, como lo hacen los bailarines con la vedettes pero sin tanta gracia, y la sacaron del la habitación evitando así una disección abdominal no autorizada, llevada a cabo por una paciente sin esperanzas y, peor aún, sin título de doctor.

Así fue dada de alta nuestra dolorida heroína, la subieron a un taxi, pagaron al chofer por adelantado y suspiraron aliviados todos al ver como se alejaba.

Ella vio por la ventana a un dichoso que llegaba dentro de una ambulancia, lleno de tubos y cables, se le veía tan mal que sintió un mordisco de envidia. Deseó con toda su alma que el taxista se estrellara de frente contra un camión, pero no, ella sabía de sobra que sus deseos nunca se cumplían.

Magdalena despertó en su habitación sin enfermeras, sin desayuno insípido, sin ganas de vivir. Le dolían las rodilla, los dientes, el occipucio, aun cuando no sabía donde lo tenía. Sintió que le faltaba el aire, seguro que había desarrollado un agresivísimo tipo de cáncer pulmonar durante la noche, ¡Ay! El hígado, el ojo, el esternocleido mastoideo. Metástasis, había hecho metástasis…

Así comenzó un vía crucis que iba a durar diez años. Sin pasar por el internista fue directo a un oncólogo, mil exámenes negativos le abofetearon sus doloridos y pálidos cachetes. Un gastroenterólogo, para un dolor abdominal que abarcaba desde el dedo gordo del pie hasta un poco mas arriba de las sienes. Alergólogos, endocrinólogos, ginecólogos, un internista que se rascó la cabeza y la remitió a un psiquiatra.

Nunca se sintió tan vejada, la creían loca y no era mas que una mujer al borde de la muerte. Nadie la entendía, nadie sentía compasión por ella, nadie la amaba.

Caminaba por cualquier calle entre gente que la ignoraba, hombres que miraban a través de ella como si fuera invisible, perros los hombres, perro el perro que confundió su pierna con un poste y levantando la pata le humedeció la pantorrilla con una cálida meada. Perro el mundo y perra la vida…

Buscando refugiarse de tanta indiferencia entró en una farmacia donde el aire casi olía a hospital. Siempre hay un roto para un descosido, y ella lo encontró allí: Una mujer alta, cuarentona como ella, con la misma mirada seca de tantas lágrimas derramadas, compraba medicinas de todo tipo con récipes que ella misma firmaba en el mostrador de cristal.

Daba gusto ver cuantos remedios inaccesibles, se llevaba esa señora: cajitas blancas con letras rojas, verdes, azules, todas sobrias, todas con efectos colaterales: somnolencia, nauseas, sudoración excesiva, temblores, palpitaciones, ayyyyy

Cuando parecía que había terminado de comprar, lo pensaba un poco y se hacia cuatro récipes más de coloridas cápsulas para curar no se que cosa. Era un lujo poder escuchar tantos nombres científicos y bien pronunciados, era evidente que aquella mujer era una eminencia, se le notaba por encima de la bata.

Disculpe, ¿es usted médico? -Preguntó Magdalena con una voz de hilito y bajando la cabeza como el perro que sabe que va a recibir un patadón.

Si, soy psiquiatra, a su orden. -Respondió tartamudeando la doctora Erica Blanco.

Doctora, disculpe otra vez, ya se que ni es el momento ni es el lugar, pero me estoy muriendo. Usted sabe que uno se muere donde le toca, no donde quiere y yo me estoy muriendo ahora mismo, justo al lado de una doctora y rodeada de medicinas sanadoras de cualquier mal menos el mío.

Se sentó en medio de la farmacia Magdalena a esperar que todo acabara.

Voló la doctora con un tensiómetro en una mano, en la otra, una cajita de pastillas de colores y, entre los dientes, una jeringa cargada con un líquido ambarino. Sabía lo que hacía Erica Blanco, era una salvadora de vidas perdidas y allí frente a sus ojos una estaba a punto de perderse.

Escuchó el corazón de Magdalena pero no se oía nada, estaba vacío. Sin pedir permiso le clavo una inyección consoladora en el gluteus máximus derecho, la levantó con una fuerza que hace siglos no tenía y la arrastró hasta su carro.

Se lo que sufres, yo estoy muriendo de los mismo. -Dijo mientras Magdalena lloraba incrédula y agradecida. Vamos a mi consultorio y ya veremos que hacemos contigo. Tengo amigos médicos, alguien tendrá que entendernos, alguien nos ayudará.

El consultorio de Erica Blanco era el Jardín del Edén, cientos de libros gordos que describían todo tipo de dolencias con bellas y coloridas ilustraciones de llagas, heridas, órganos destrozados por bacterias poco comunes, esas que rara vez atacan pero cuando lo hacen se ensañan.

Hay males muy raros que los médicos no logran detectar de buenas a primeras. Hay síntomas equívocos que hacen que una enfermedad mortal pueda ser confundida con una gripe. Algunas personas, como tu y como yo, no encontramos la ayuda adecuada porque pareciera que sufrimos de soledad, y es cierto, pero también padecemos de alguna terrible enfermedad que no nos ha sido diagnosticada. Ya verás amiga,- agregó Erica con un brillo fugaz en los ojos.- Ya verás que estamos muriendo y que alguien nos va a salvar.

Brindaron con una copa de agua, somníferos en dosis poco recomendables, y durmieron toda la noche con la dulce sensación de que se habían encontrado para acompañarse y comprenderse. Durmieron y soñaron las dos con el mismo hombre.

¡Oh! Misterioso mundo de los sueños: ¿Qué doloroso juego prepara el destino para nuestra ya torturada soñadora?

Los sueños: ¿solo sueños son?

Entre tantos hombre y tantos sueños ¿Por qué acude el mismo hombre a los sueños de las dos?

¿Qué diría el afamado y ya desaparecido padre de psicoanálisis Sigmund Freud?

Con Sigmund o sin el, lo averiguaremos en el próximo y subyugante capítulo de:

Magdalena al borde.

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