Magdalena al Borde

Capítulo III

Cucurrucucú, bujubuju, ¡bummm!

Dicen que por las noches
Nomas se le iba en puro llorar,
Dicen que no comía,
Nomas se le iba en puro tomar,
Juran que el mismo cielo
Se estremecía al oír su llanto…

Del borde de la barra se aferraba Magdalena para sostenerse en pié. Escuchaba bañada en lágrimas al mariachi colombiano, porque siempre eran colombianos los mariachis del Guanajuato y siempre cantaban aquella canción que, por ser tan como ella, la desgarraba.

Escuchaba a La Paloma de pié como quien escucha un himno. Cada vez que aquel forzado Jorge Negrete de Bucaramanga lanzaba aquel terrible cucurrucucú de pichón herido, a ella se le ponía la piel de gallina, o de paloma en este caso.


La desesperación actuaba en su contra repeliendo a los imposibles aspirantes a marido, que acudían en peregrinación cada viernes a su barra favorita para olvidar la semana que terminaba y para no pensar en la semana que se les venía encima.


Nadie quiere a una Paloma si hay Adelitas, Marías Bonitas, y un catálogo completo de mujeres solas en un mundo donde, según ellas, ya no quedan hombres.


Los mariachis callaron para dar paso al sonido de copas sucias y de una escoba que barría las colillas de los mil cigarros que hicieron del aire del Guanajuato una masa turbia e irrespirable.

Nadie escuchaba el sollozo de nuestra abatida heroína, los pocos empleados que quedaban en el bar solo querían dar la noche por terminada, no iban a alargarla por culpa de aquella sombra que se había vuelto tan habitual, que le barrían los zapatos de tacón, le trapeaban sus manos engarrotadas en la barra y, alguna vez, le pasaron el plumero por la cabeza confundiéndola con alguno de los objetos decorativos que daban al bar aquel aire de despecho que tanto gustaba a la clientela.

Solo Alejandra se detuvo esa noche a mirarla, solo ella desde su fracaso pudo comprender a Magdalena. También le habían barrido los pies en algún bar, también había sido un espectro solitario, por lo que el llanto bajito de Magdalena lo sonó como propio.


¿Tienes cómo irte a tu casa?- preguntó a Magdalena, pero las sombras no hablan, y menos si están llorando, así que la rodeó con sus brazos y lloró un rato con ella para luego llevársela pasito a pasito hasta donde la vida las llevara.


La vida las llevo al apartamento de Alejandra ya que La Paloma se había quedado dormida en el carro y ella no quiso interrumpirle aquellos minutos que parecían ser de paz.


Al llegar a la casa no tuvo mas remedio que interrumpir la aparente placidez de la pobre quien, medio dormida, cruzó el umbral para despertar abruptamente ante un altar lleno velas de colores, frutas, flores, amuletos, imágenes, caramelos, piedras, figuras de animales, plumas, ramas, caracoles, vasijas de barro, bombillitos intermitentes, collares, tabaco, todo aquello frente a sus ojos que no entendían lo que estaban mirando, que se sintieron mas borrachos que nunca, que prefirieron cerrarse y desmayarse un rato a ver si al despertar se encontraban otra vez con la imagen estéril de la lámpara del techo del cuarto de su Magdalena.


Despertó una y otra vez solo para convencerse de que había muerto y que el cielo no era el cielo de su catecismo. Que Dios era caribeño porque olía a guayabas y la música de las liras sonaba como tambores. Que San Pedro era Santa Petronila y vestía una bata de cayenas, fumaba un tabaco demasiado grueso para sus finos dedos y, borracha como ella, le sonreía encantada de verla allí muertita.


Así que el alma de Magdalena decidió descansar en paz y pasar la borrachera en ese cielo tropical hasta que saliera el sol, si es que el sol sale en el cielo.


Se despertó con un el penetrante y sabroso aroma de un café bien colado que le trajo Santa Petronila a la cama. Después de dar tantos tumbos por la vida, no le extrañó que la muerte fuera tan viva, con café, tostadas y unas florecitas en la bandeja.


Pero la vida y la muerte están llenas de decepciones. Alejandra no tardó en aclararle que el cielo no era el cielo, que solo era su casa, que si, que ella tenía altares en todos lados, el de Yemanyá, el de Buda, el de Ganesha, el de Santa Rita de Casia, de todo un poco porque, según ella, más es mejor.


Le rogó que no llorara, que bebiera el café despacio, que la escuchara, que la esperanza es lo último que se pierde, que te leo la borra y el tabaco y te digo, que estoy aprendiendo, que además tengo una bruja buenísima que lee las cartas, vístete que te llevo ya, que desde que la visito mi vida ha cambiado, que yo te entiendo mujer, estuve en ese mismo infierno y mírame ahora.


Magdalena la miraba y no veía nada mas que una mujer en technicolor que vivía en un templo atiborrado de templitos recargados y, que suponía, eran muy tediosos de mantener limpios y ordenados. No había un hombre de carne y hueso besando a esa loca esta mañana, no había un perro que le ladrara, pero había esperanza en sus ojos hinchados por la resaca, y fue justamente esa esperanza lo que contagió a nuestra Magdalena.


La guía espiritual, supo mientras iban a verla, era una señora ricachona que descubrió su don adivinatorio, como pasa a menudo en estos casos, después de rodar por las suntuosas escaleras de su casa y golpearse la cabeza una y mil veces contra los escalones de mármol hasta perder el conocimiento. Según ella misma cuenta, cuando abrió sus ojos descubrió que no tenía dos sino tres. Con el tercer ojos veía de maravilla, mientras que los otros dos, por tanto uso, necesitaban lentes de contacto que, además de ayudarla a ver mejor, convertían a unos corrientes ojos pardos en profundos ojazos azules como el cielo.


Desde entonces se dedicó a iluminar los caminos de cuanto ser sufrido acudía a ella. No lo hacía por dinero, decía, porque ya la vida había sido muy generosa con ella, pero cobraba porque así se lo habían ordenado desde arriba. No sabían nuestras nuevas amigas que la orden no venía desde ese arriba que ellas pensaban, venía de una salita que quedaba el piso superior de la casa, donde el marido de la vidente pasaba el día cosechando el fruto de la desesperación ajena.


En un saloncito que pretendía ser acogedor sin lograrlo. Sentada en un sofá lleno de cojines tiesos, dorados y con forma de corazones, Magdalena sintió un estremecimiento al ver entrar a la iluminada envuelta en una bata llena de madroños que parecía una cortina del palacio de Versalles. Era gorda, muy gorda y jadeaba al caminar mientras, con un diminuto pañuelo bordado, secaba el sudor que bajaba a chorros desde su papada hacia su profundo y arrugado escote.


-Sufres, veo que sufres amada criaturita.- Dijo mientras encendía un tabaco, evidente culpable de tan ronca y carrasposa voz. Claro que sufría, y no lo ocultaba, lloraba como una Magdalena. ¿Acaso no era ese su nombre?. Se sentaron una en frente de la otra, mesita rococó de por medio, un mazo de cartas sobadas por mil videntes de todos los tiempos, una vela de canela, un corazón de cuarzo rosa y el destino de Magdalena a punto de ser esparcido sobre aquella horrorosa mesita.


Corta aquí, en tres y con la mano izquierda, umjú, umjú, umjú… Echaba las cartas sobre la mesa y sus ojos artificiales parecían salirse de sus órbitas. El tercer ojo como que le explotó, y eso debe doler mucho porque dio un alarido imposiblemente agudo, se santiguó al derecho y al revés tres veces, y, llorando a moco tendido, echó a correr escalera arriba olvidando en su desesperación el pañuelito, el tabaco y el rollito de billetes que Magdalena le había entregado antes de comenzar.


Magdalena se quedó petrificada, las lágrimas se le esfumaron y solo el chirrido de sus dientes daban una señal de vida. No quería imaginar lo que había visto aquel ojo esotérico, suponía que sería algo espantoso ya que todavía escuchaba los alaridos de la gorda que ahogada en llanto suplicaba que sacaran a esa muerta en vida de su casa.


Muerta en vida se la llevo Alejandra. Su recién estrenada amiga parecía catatónica. No parpadeaba, respiraba muy de vez en cuando con suspiros profundos y quejumbrosos y ya ni siquiera lloraba.


Alejandra, una curiosa de oficio, se moría por saber que cosas había visto su maestra antes de enloquecer. Además tenía que recurrir a otros videntes porque el tercer ojo de su guía no había logrado ver aún a un hombre en su futuro y eso no se podía quedar así.


Fue de esa forma como comenzó el peregrinaje esotérico de Magdalena. De la opulenta casona de la bruja histérica, después de una noche de malos sueños, viajaron a un ranchito perdido en un pueblo de la costa, donde un negro macizo, le fumaría un tabaco hediondo en la cara, la caería a ramazos de ruda y para finalizar, en pleno trance, la bañaría de aguardiente y saliva a fuerza de escupitajos. Todo esto mientras hablaba una lengua desconocida, antigua, lejana.


-Ya está- Dijo en perfecto castellano el negrote con una sonrisa extenuada. Se acostó en su catre, bebió los últimos tragos de aguardiente que quedaban en la botella, Magdalena cerró los ojos esperando ser escupida de nuevo, pero no, en lugar de rociarle la cara, dejó escapar un eructo estruendoso y dijo: fuera Satanás y se quedó dormido.


Empegostada, hedionda y y confundida regresó a la casa de Alejandra, a quien el negrote le había pintado la cara con sangre de una gallina degollada in situ y le había cortado dos mechones de su melena dejándola bastante trasquilada.


Así subieron al ascensor que siempre iba vacío, siempre que estaban arregladitas y maquilladas, pero ese día, tres hermosos nuevos inquilinos se vieron obligados a compartir el aire denso de ese pequeño y claustrofóbico espacio con un par de locas apestosas.


Cinco pisos maldiciendo entre dientes, suplicándole a la tierra que se las tragara, disimulando su indisimulable facha. Cinco pisos que podían haber cambiado sus vidas, una puerta que no había terminado de abrir y tres guapos príncipes que huían llenos de dudas acerca del contrato de arrendamiento a largo plazo que acababan de firmar.


Otro día, otra consulta, y otra y otra y otra y otra y nada.


Habían perdido mucho tiempo y dinero, Magdalena había recuperado su certeza que estaba condenada a la soledad, pero la esperanza de Alejandra estaba intacta y tenía tanta que alcanzaría para las dos, además que su curiosidad por conocer el destino de su amiga era mas fuerte que su deseo de resolver su futuro. Por eso arrastró a nuestra atribulada heroína hasta la cocina de Zoila.


Zoila era una bruja tan bruja que no se tenía que adornar con escenografías, ni amuletos, o ningún tipo de utilería barata que, a su entender, solo servían para distinguir a los charlatanes. Ella hacía sus consultas en su cocina, entre frutas frescas, un marido, tres niños y un perro. Era una bruja tan maravillosa que podía darse el lujo de vivir una vida normal mientras descifraba el futuro, recetaba baños y hacía despojos.


Fue en ese ambiente tan hogareño, tan deseado, donde Magdalena y Alejandra obtuvieron respuestas. En la borra del café de Ale había un hombre alto, canoso y viudo, un matrimonio relámpago y una luna de miel eterna. Fue el café más sabroso de su vida.


Para Magdalena el tarot. En las cartas de Magda había tantas situaciones terribles y confusas que Zoila tuvo buscar y rebuscar entre un sin fin de calamidades, con una determinación casi heroica, hasta encontrar a un hombre. -Mira Magda ¡aquí está!.- exclamó victoriosa y aliviada. Es un viajero, con muchos kilómetros a cuestas, es guapo, es alto, delgado, y vestido de azul. No Magda, las cartas nunca dicen el número de teléfono, no. Está aquí, en tu futuro, lo veo contigo, llevándote y tu dejándote llevar. Va cantando tu amor, las cartas no mienten…


Magdalena buscaba a un viajero y ¿Que mejor lugar para buscarlo que en el aeropuerto? Pasó sus días caminando el terminal de arriba a abajo rastreando a su amor alto, delgado y vestido de azul. Seguro que era un piloto. Siempre le gustaron los hombres en uniforme…


Piloto que encontraba, piloto que tenía que darle primeros auxilios a causa de sus premeditados desmayos. Piloto que encontraba, piloto que huía despavorido al ser besado por la víctima mientras este le administraba la respiración boca a boca.


Se convirtió nuestra sufrida en una leyenda urbana: la loca del boca a boca. Su fama llegó mas allá de las fronteras aeroportuarias de tal modo, que se creo una especie de histeria colectiva que fue causante de algunos episodios muy confusos: Si alguna viejita se desvanecía en la calle, no había quien la socorriera por temor recibir un beso senil de labios arrugados. Si, en cambio, la accidentada era joven y atractiva, entonces sería aplastada por una horda de héroes al rescate que insistían en darle el boca a boca muy a pesar de que solo se le había torcido un tobillo.


Le prohibieron la entrada el aeropuerto a menos que presentara un boleto de avión y su pasaporte. Aquello fue un acto despiadado que acabo con la pequeña luz de esperanza que abrigaba en su magullado corazón.


Ignorando los consejos de Zoila Bruja y de su amiga Alejandra, quien cada día parecía estar mas feliz y distante, se recluyó en su atea habitación sin tener siquiera el consuelo de los santos milagrosos, ya que estaba convencida que los milagros no existen y los santos tampoco.


Un día cualquiera, creo que era un catorce de febrero, llamó Alejandra a su amiga del alma: Magda, me casé y me voy a Europa. Un silencio espeso seguido de un tartamudeante y atribulado ¿Si? Que bueno, me alegro mucho por ti y por quien quiera que sea tu marido, y luego un profundo gemido, dieron por zanjada una amistad intensa que había durado solo cuatro meses cuando se suponía que duraría toda la vida.


Esperó un tiempo. Esperó esperando que lo que esperaba no se hiciera esperar mas. Esperó hasta desesperar y, desesperada, por poco derribó a puñetazos la puerta de Zoila bruja. Exigía una explicación, una compensación, una consulta gratis con resultados instantáneos, quería a su vaticinado viajero, quería ser Alejandra, estar en Europa, caminando entre cagadas de palomas en cualquier placita de París, quería estar muerta, quería matar a alguien, no sabía lo que quería, quería si, quería a un hombre que no se fuera.


-Ya veo lo que pasa,- dijo Zoila, con la tranquilidad que caracteriza a quien ve un futuro brillante ante sus ojos; el suyo. -Alguien te ha montado un trabajo, una cosa muy fuerte y dañina, un trabajo hecho con mucho odio y envidia, veo sangre, veo excrementos, veo una mujer blanca muy mala y un hombre negro que está bien bueno. Perdón sigo, un negro hechicero que sabe mucho. Te han dañado mi amiga pero esto no se queda así. Al fuego agua, a los bichos palo y a este trabajo dinamita.


Si mi estimado lector, dinamita. Enterose Magdalena que para romper un hechizo de tal magnitud hay que tomar medidas explosivas. La receta es sencilla, por complicada que parezca: un cartucho de dinamita, una orilla de río, un hoyo en la tierra, un puñado de pelos de cola de rabipelao, una botella de aguardiente para encender el animo, y fósforos para encender la mecha.


Vestidas de blanco pureza, con los pies descalzos enterrados en el fango, cavaron el hoyo mientras Zoila, con los ojos en blanco, invocaba a cuanto espíritu bueno quisiera sumarse a tan compleja misión. Magdalena, siguiendo las instrucciones de Zoila, introdujo el cartucho en el hoyo, dibujó un circulo de aguardiente en la tierra y colocó el puñado de pelos de cola de rabipelao en el centro del mismo, luego se arrodilló y encendió un fósforo, con tan mala suerte que el aguardiente prendió fuego y este alcanzó la mecha y ¡bum!.


Una lluvia de piedras y lodo las aplastó contra el suelo. Zoila perdió el conocimiento y con él sus ancestrales poderes, como sucede a menudo en estos casos. Magdalena quedó tapada hasta el cuello, inmovilizada por el miedo y por varios kilos de tierra mojada y hedionda a vegetación podrida.


Cuando Zoila volvió en si, pidió ayuda a Yemanyá, pero no obtuvo respuesta, invocó a María Lionza y nada, llamó a su marido por el celular y tampoco. Sintió tanto odio por Magdalena que le lanzó una maldición estéril. Se sacudió la tierra, se limpió un poco de sangre que brotaba de su cabeza y, a modo de despedida definitiva le dijo: ¡Púdrete pavosa!

Enterrada hasta el pescuezo, a merced de los elementos y, peor aún, de los insectos a los cuales les tenía tanta grima. Impotente, inmovilizada, rodeada de vegetación y silencio, ¿Pedirá ayuda nuestra enlodada heroína? ¿Valdrá la pena hacerlo?

El zumbido en sus oídos, ¿es un zumbido en sus oídos?


No se pierda el próximo capítulo de este interminable suplicio hecho mujer:



Magdalena al borde
Anuncios


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s