Magdalena al borde

Capítulo II

Me equivoqué contigo.

Terrible capítulo al son de rancheras y remojado en lágrimas y vino.

A veces ni los santos se apiadan de los desesperados por lo que nuestra desesperada Magdalena tuvo que recurrir a otras deidades. Y yo para contárselo a usted, mi estimado lector, recurrí a una botella de tequila, y la colección completa de José Alfredo Jiménez, por lo que me vi obligada a dejar esta dolorosa historia para otro día y otro y otro…

Sufrí el dolor de Magdalena en carne propia y ahora con los ojos aun húmedos e hinchados continuo narrando, casi de primera mano, la apasionante historia de una mujer desgarrada.
Para olvidar a ¿Cómo es que se llamaba el idiota ese que prefirió quedarse con Dios?… Como decía, para olvidar al idiota nada como una botella de vino, que luego terminan siendo dos, o tres, o cuatro si a José Alfredo Jiménez le da por cantarte: ‘’me equivoqué contigoooooo, me equivoqué a lo macho, como muy pocas gentes se habrán equivocadoooo. Te conocí en la iglesia y te miré en silencio, por no turbar tu rezo que para mi es sagradooooo…’’

Pero es imposible borrar un dolor si José Alfredo se empeña en recordártelo palabra por palabra, al son de un guitarrón, con lamentos de violines y aderezado con vino tinto.

Me cansé de rogarleeee… Bueno, en verdad no tuvo tiempo de cansarse porque el idiota se recogió el borde de una sotana imaginaria y, cual doncella a punto de perder la virtud, huyó despavorido suplicándole a Dios, a voz en cuello, que perdonara a aquella perdida porque no sabía lo que hacía. Magdalena tenía que llamarse, como la desgraciada aquella que le dio por amar a Jesús, nada mas y nada menos, con el agravante de que entonces no había rancheras para pasar el mal trago.

Entre copa y copa se acaba mi vidaaaaa… Pero la de ella como que solo comenzaba. Beber sola es muy triste y la tristeza se mata de un porrazo en la barra de un bar. Desde la ventana de una adolescente vecina salió la estrofa de una canción y opacó por un segundo al mariachi despechado, susurrándole a Magdalena en el oído: Barras de bar, vertedeeeeeros de amor…

Fue como un soplo de esperanza. Un bar, lleno de hombres solos y abandonados vertiendo su amor en la barra y Magdalena perdiendo las dos primeras semanas de los mejores años de su vida encerrada con José Alfredo. Se puso bonita: tacones, falda de seda, ropa interior guerrera, un poco de maquillaje para su cara demacrada y se fue, como dice la ranchera, camino de Guanajuato.

El rimmel no pudo ocultar la soledad que había en sus ojos. Los hombres de barras, depredadores urbanos, no tardan en detectar a la presa débil y eso era Magdalena: bonita, borracha y buscando amor. Se afilaban los dientes…

El amor en los bares no es como el de las canciones. En los bares el amor es sexo de una noche, son amores instantáneos, flechazos con juramentos, con un nunca me había pasado algo así, con ¿qué signo eres?, será que Venus está transitando por Libra, si, ese es mi anillo de casado pero ella murió hace un mes, estoy destrozado, no he salido con otra mujer en años, fui tan fiel y ahora me cuesta tanto todo esto, pero tu llegaste y veo la luz, no creía en el amor a primera vista pero ahora…

Era extraño como aquel viudo modelo conocía el camino al hotel de paso a donde la llevó. Saludó al discreto recepcionista como se saluda a un viejo amigo, era tan simpático, era eso. Te amo, beso, beso, ay, uh, ay, uh, me tengo que ir, es tarde y mañana tengo que recoger a los huerfanitos en casa de la abuela, te llamo linda, si te lo juro, no seré tan tonto para dejar ir a la mujer de mi vida, si, yo también me quedaría aquí abrazado a ti para siempre pero ya sabes, los huerfanitos…

Miguel, Andrés, Roberto, Manuel, Rodrigo, Rodrigo, Rodrigo.

Rodrigo la llamó, tres semanas después, pero lo hizo. El pobre había perdido el teléfono de nuestra heroína y lo encontró entre los pañales de su huerfanito. Ha sido un infierno no saber de ti. Nos vemos esta noche, si mi amor, claro que te amo.

Ella aprendió a amar a Rodrigo, con suerte, una vez al mes. Era difícil amar a un viudo con huerfanitos todavía en pañales. Lo esperaba angustiada desde el mismo momento en que se despedían, sabía que su angustia duraría muchos días pero tenía un compañero fiel: José Alfredo, que le cantaba a su sufrimiento mientras esperaba y se quedaba cantándole al florero de la mesa cuando ella corría a la calle, como una mascota entrenada, apenas Rodrigo le silbaba.

Eran silbidos tan esporádicos que le permitían imaginar su vida con el, despertando juntos, con los huerfanitos subiéndose sobre su cama, verle la cara a la luz del día, enfadarse con el por alguna tontería, contentarse a besos, saber cual es su color favorito, verlo dormido…

Estaba tan ilusionada armando ese rompecabezas imposible que no se dio cuenta que le faltaban piezas, o mejor dicho le sobraban. Sobraba ella. No notó en que momento Rodrigo dejó de silbar y la dejó sola moviéndole la cola al aire.

Angel, Bruno, Carlos, Diego, Eduardo, Francisco, Gerardo, Hugo, Ignacio, Julian, Kevin, hasta un gringo divorciado le tocó, Luis, Manuel, Néstor, Osvaldo, Pablo, Quique, Rafael, Simón, Tadeo, Umberto, Víctor, Wladimir, Xavier, Yago, Zacarías…

José Alfredo, Jorge Negrete, Pedro Infante, Baco, Baco, Baco…

Alejandra…

¿Alejandra?

Víctima de las más despiadadas mentiras de los hombres nuestra heroína abatida, ¿Caerá en brazos de una mujer?


¿Será Alejandra otro hombre, el mas mentiroso de todos, capaz hasta de mentir en cuanto a su sexo se refiere, para llevarse el trofeo en esta inhumana cacería?


¿Habrá pensado José Alfredo en una canción suficientemente dolorosa para musicalizar las próximas desventuras de Magdalena?


¿Qué nuevos sufrimientos la acechan?


No se pierdan el próximo capítulo de nuestra apasionante historia:

Magdalena al borde.
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