Magdalena al borde

Capítulo I


San Antonio pierde la cabeza.


Al borde del la muerte estaba Magdalena. Segura de que respiraba sus últimas bocanadas de aire, dio gracias a la vida por permitirle la efímera dicha de poder inhalar el aire puro, aséptico y oxigenado del un hospital.

Su olfato era su guía en el último trecho de un camino largo, doloroso, y lleno de incomprensión. Los ojos cerrados veían a través de su nariz hipersensible, casi canina. Desde su camilla de aspirante a cadáver pudo distinguir el aroma del último suspiro del marido de una mujer cuyas lágrimas saturaban, de un hedor agrio y salado, toda la sala de emergencia. De una vela en la capilla emanaba el perfume inconfundible de la fe. En un baño, cuatro pisos mas arriba, un cigarro prohibido le sabía a gloria a un grisáceo viejo asmático.

Todo esto se mezclaba con olor a desinfectante para pisos, alcohol, látex, adrenalina, sudor, pañitos esterilizados, sangre, pinzas, gasas, gases, comida insípida, flores…

Recuerda las flores que llevaba cuando se casó. Era jovencita, iba de blanco aunque no lo merecía. El perfume a sándalo que ella tanto amaba la llevó, casi levitando, hasta el altar donde se juraron amarse y respetarse hasta que la muerte los separe. Si, acepto.

Descubrió mas tarde que las mentiras apestan a vinagre, que no hay amores eternos, que eso dolía tanto que no se pudo sostener en pié. Descubrió entonces que el miedo huele a esperanza y que la lástima huele a promesas cumplidas. El se quedó con ella porque estaba enferma, la cuidó lleno de remordimientos y juró, otra vez en vano, quedarse con ella hasta que se curara.

Ella aprendió a padecer extraños males para retenerlo, y el fue redimiendo sus culpas a punta de aspirinas, infusiones y noches en vela sobando una frente que, aunque fresca, debía estar ardiendo de fiebre. Un día, sintiendo aligerado el peso de su alma, hizo su maleta y se fue llevándose la mitad de todo que, según la medida de su abogado, eran las tres cuartas partes.

En la mas desconsolada soledad buscó consuelo en los santos de su infancia. Hizo votos de castidad involuntarios, se refugió en la iglesia donde fue bautizada cuarenta y dos años atrás, y se dedicó a rezar el rosario con todas sus letanías de manera compulsiva y en latín.

Escuchaba todas las misas del día con fervor. Aprendió a conocer los estilos de cada cura, descubrió también algunos pecados secretos que se revelaban en algunas miradas, algunos gestos, algunos susurros que, transformados en ecos, rebotaban de las paredes hasta alcanzarla a ella. Conoció al desprecio de las viejas piadosas que se veían obligadas a confesar el inconfesable pecado de la envidia. Esa cuarentoncita no está buscando a Dios. -Decían- Esa está buscando lo que no se le ha perdido.

Magdalena sobre sus rodillas, las escuchaba y suplicaba a San Antonio, entre sollozos secos, que se apiadara de ella, que le pusiera en su camino de zarzas a un hombre bueno, milagro de los milagros mi santo querido, porque los hombres buenos, según le contó su madre, simplemente no existen.

De rodillas, pálida, y buscando el aire que se negaba a llegar a sus pulmones, así la encontró Santiago, el último hombre bueno. Llegó el enviado de San Antonio justo a tiempo para amortiguar su caída y, como pasaba el las películas que veía cuando era niña, ella se desmayó en sus brazos.

Recuperó la conciencia dos minutos mas tarde aun protegida por la calidez de aquel milagro viviente. Amanecí otra vez entre tus brazos, yo te quería decir no se que cosas… -Cantó para adentro. Y lo vio tan guapo, tan protector, tan sabroso, que decidió desmayarse dos veces más para estirar el momento que fue destrozado por el Padre Saturnino, quien, sin el mas mínimo indicio de sensibilidad, tomó agua bendita entre sus manos y se la lanzó en la cara para ver si revivía. Pobre cura ignorante, que poco sabía de nada, era así, desmayada, frágil y rescatada como se sentía viva.

Supo al verlo que Santiago era el premio gordo, por lo que sufrió un ataque de tos seca, una trombosis y un cólico nefrítico, todo inmediatamente después de su exitosa serie de desmayos. Le explicó con voz de ultratumba que estaba el borde de la muerte, que había decidido pasar sus últimos días en la casa de Dios para dejar esta vida con el alma limpita.

Conmovido por la fe inquebrantable de tan frágil mujer, Santiago la abrazó y lloró. Ella se dejó arrastrar por la felicidad que le producía el sonido de su llanto hondo y varonil, y por el agudo dolor que emanaba de sus costillas a punto de ser fracturadas por tan viril e intenso abrazo.

El se ofreció a llevarla a su casa y ella solo pudo parpadear lentamente para indicar que aceptaba. Una vez en su carro, recostó su cabeza en los hombros de su amado mientras que, apurada, inventaba una sanación milagrosa por si su caballero decidía dejar de tratarla como a una dama. Gracias San Antonio Bendito…

Abrazados llegaron a su habitación, el la sostenía porque sus frágiles piernas ya no tenían fuerza para llevarla hasta su cama. Santiago recorrió el cuarto con la mirada y su corazón vibró de admiración por la moribunda: aquello era una pequeña capilla, aún a sabiendas que Dios es omnipresente, era evidente que en ese momento el Señor estaba allí con ellos.

Lo que antes había sido una cama sensual y femenina, cubierta con un mullido edredón y voluptuosas almohadas y cojines, parecía ahora en un frígido catre de convento: una cobija de crochet gris perfectamente doblada, una almohada flácida y aplastada recostada en la cabecera, un rosario colgado en la pared coronando la castidad de la cama. Una mesita de noche a cada lado: la de la izquierda, con fotos de parientes y amigos muertos y frascos de medicinas medio vacíos, la de la derecha, un altar sobrecargado con imágenes de la Virgen en todas sus presentaciones, santos, preferiblemente mártires, estampitas, velones, velitas, incienso, una Biblia heredada de una tía solterona, un frasquito con agua bendita, un rosario consagrado por un Papa y una caja de pañuelos de papel para las lágrimas y mocos. Y para rematar, de la lampara del techo, un San Antonio amarrado con una cinta roja colgaba de cabeza.

Un dulce escalofrío recorrió la espalda de Santiago, y otro, no tan dulce, por la de Magdalena que, olvidando su agonía, de un brinco arrancó al santo torturado con lámpara y todo. Para esconder su vergüenza, trató de excusar a una tía loca inexistente que hacía esas cosas cuando ella no estaba en casa.

Santiago le regaló a Magdalena la mirada mas tierna y conmovedora que había recibido en su vida. Ella dejó caer al pobre Santo de sus milagros, que se estrelló contra el suelo perdiendo la cabeza como estaba a punto de perderla nuestra sufrida heroína. Mientras, su repentino amor la guió hasta la cama, la posó sobre las sábanas blancas perfectamente estiradas, se sentó a su lado y suspiró profundamente sin dejar de mirarla.

Magdalena, -dijo- eres un ángel encarnado, eres una luz que nunca se apaga. Mas allá de la muerte tu luz brillará en mi memoria. No podría seguir viviendo si no te dijera que, aunque te conozco desde hace menos de una hora ya te tengo tatuada en mi alma. Me has salvado ¿Sabes? -No, no lo sabía, para ella el salvavidas era el, pero lo dejaba hablar porque eran tan lindas las cosas que decía, con el toque justo de cursilería que hacía que el amor valiera la pena.

Lo miraba con ojos de Libertad Lamarque pero grandes, Marga López diría yo. Supo desde muy joven pedir con los ojos lo que los labios de una dama nunca deben pedir, aunque los labios también hacían lo suyo calladitos, con un pucherito regordete, como quien no quiere la cosa.

Santiago, recogió con la punta de sus dedos el torrente de lágrimas que no dejaban de llover de aquellos ojos verdes, vivos, que no podían creer que aquel hombre estaba mirándolos mas allá de su verdor, pensó que sería bueno convulsionar en ese momento, pero se abstuvo porque temía que cualquier cosa que hiciera podría romper la magia de ese momento tan deseado.

No sabía Magdalena que había un nervio que conectaba los cachetes, con aquellas partes innombrables por pecaminosas. Dejó de entender sus palabras distraída por la melodía de su voz, e imaginando las cosas maravillosas que podía hacer esa boca si no estuviera diciendo esas palabras melodiosas que había dejado de entender por estar pensando en esas cosas maravillosas que podía hacer esa boca.

En medio de su ensueño, creyó escuchar algo que no podía estar escuchando: ¿Seminarista? ¿Cómo que seminarista? ¡San Antonio! ¿Que clase de venganza es esta? Yo solo te colgué de cabeza…

Solo a ella podía pasarle esto, ahora si era el momento de convulsionar y lo hizo, mientras pensaba en sus palabras pataleó, se mordió la lengua, intentó tragársela pero le resultó imposible. Mientras ella luchaba por morir, un seminarista que desencantado por una tragedia había perdido la fe, trataba de salvarla.

Trataba de salvar a la mujer que le mostró una fortaleza espiritual envidiable. Una débil dama que, aun padeciendo la mas injusta agonía, rezaba fervorosa al mismo Dios que se la llevaría prematuramente negándole la posibilidad de vivir una vida plena. Era una santa en vida quien le mostraba el camino justo antes de partir.

La Santa, ya mas recuperada de su último ataque, se cagó en sus principios y le pidió lo que una dama nunca pide: Aprovecha -dijo- antes de que hagas tus votos y te jodas, un polvito, solo uno y luego te confiesas y ya, no, no te vayas, no me mires de esa manera, fue la convulsión, estoy turulata todavía y no se lo que digo.

Santiago, Santiago, no te vayas… Se fue…

¡Me cago en Dios!

¿Permanecerá casto Santiago o se zambullirá entre las piernas de nuestra trémula heroína?

¿Convulsionará Magdalena pero de pecaminoso placer carnal?

¿Recuperará San Antonio su cabeza?

No se pierdan el próximo capítulo de esta desgarradora historia:

Magdalena al borde

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