Venezuela Country Club

o
Una de vaqueros.

Les voy a contar una historia que les podría narrar cualquier ‘’cuarentina’’ clase media como yo. Les contaré la historia contemporánea de Venezuela como la vivimos miles de muchachitos que crecimos y jugamos felices en una Venezuela amurallada, exclusiva y muy cara.

Yo nací en la Venezuela democrática que dirigía, desde hacía unos pocos meses, Raúl Leoni. Yo era muy pequeña para enterarme de nada pero algunos años después vi por la tele vi su entierro multitudinario, y recuerdo que me dio la impresión, por lo que decía el locutor del sepelio en cadena, que habíamos perdido a un gran hombre. Yo sentí tristeza y lloré mientras esperaba que volvieran las comiquitas.


De las elecciones en que ganó Caldera, cuando se votaba con unas tarjeticas de colores con dibujitos, yo solo recuerdo las tarjeticas que me regalaron mis papás y que estaba enamorada de un candidato que se llama Miguel Angel Burelli, de quien años mas tarde me desenamoré porque era un ministro que me perecía bobo, aunque yo en esas cosas no me fijaba mucho entonces porque estaba discotequeando por ahí.


Un cinco de julio mi abuelo nos llevó a ver el desfile en Los Próceres y recuerdo como iba el presidente en un carrote negro saludando con cara de presidente. Solo recuerdo eso y un vestido te terciopelo vino tinto que mi abuela sacó de algún baúl para vestirme de niña decente, aprovechando ese día para hacer desaparecer mis pantalones rotos en las rodillas de patinadora accidentada.


Tenía nueve años cuando ganó Carlos Andrés. Yo pensaba entonces que el candidato que tuviera la canción mas pegajosa debía ganar, y la de CAP era una melcocha: ‘’Ese hombre si camina, va de frente y da la caraaaaaa…’’


En aquellas elecciones me volví adeca. Todo por culpa de un error de cálculo de los copeyanos, quienes decidieron tener su casa del partido en frente de la mía. Recuerdo que estábamos jugando en la calle cuando llegó un gentío con cámaras, micrófonos y jalabolas. Nosotros corrimos a ver qué pasaba y un señor muy serio vestido de policía nos dijo, ‘’es que en esa casa hay una machaca.’’


La machaca era una mariposa que estaba muy de moda entonces. Según decían los entendidos, si te picaba una machaca te enamorabas de alguien para siempre, aquello, a los nueve años, era algo aterrador. Luego no pude dejar de relacionar a ese bicho pavoroso con aquel viejo que se empeñaba a quitarle el puesto al niño Jesús con su canción trabalégüica: ‘’Navidad, navidad, navidad Lorenzoooooo…’’


Nosotros mejoramos aquel terrible villancico y cantábamos muertos de la risa: ”Lorenzo es, el próximo presidente, porque bebe mucho aguardiente y le gusta parrandear…” y el señor serio que vigilaba a la machaca, nos miraba con cara de querernos matar. Menos mal que vivíamos en uno de los pocos países democráticos que quedaban entonces donde no se mataba a la gente por ese tipo de cosas.


Supe que vivíamos en una democracia, porque estudiaba conmigo un muchachito chileno, que, por nuevo, era callado y esquivo. Juan Carlos Pascal Allende se llamaba mi amiguito. El era un niño con unos ojotes que parecían de comiquita japonesa, tenía las pestañas más grandes que he visto en mi vida.


A Juan Carlos le pasaban cosas muy raras, un día se cayó en plena salida y comenzó a moverse como una tocineta en un sartén caliente. Las maestras trataban de abrirle la boca, mientras yo a su lado no podía cerrar la mía. Al día siguiente nos explicaron que se había caído porque se enredó con el bulto y nosotros desde entonces procuramos no dejar los bultos en medio del paso para que eso no volviera a pasar.


Otro día Juan Carlos entrenaba lanzando una jabalina, y la lanzó derechita, volaba la jabalina mientras Juan y los demás niños la seguíamos con la mirada, todos la mirábamos menos Mario Pinto, un niño portugués muy calladito que gritó como nunca porque la jabalina de Juan le atravesó la batata.


Un día pasó lo peor que le podía pasar al pobre Juan. Algo sucedió en su país, la maestra nos dijo que su abuelito murió y el desapareció del colegio para siempre. Nunca mas supe de el. Pero aprendí entonces, gracias a una breve explicación de mi papá, que habían dictadores y que mataban a gente en otros países muy lejos, por allá por el sur.


Volviendo a Carlos Andrés, el nacionalizó el petróleo y el hierro. Recuerdo que era fin de año y celebrábamos todos con el clásico abrazo llorón. Carlos Andrés nos saludó por la radio y nos felicitó porque el petróleo era nuestro. Desde entonces todos mis amiguitos empezaron a viajar a Disney World a cada rato y a comprar los uniformes, cuadernos y sacapuntas en mayami yuesei.


Fue esa la época cuando mi papá, que prefería los peces de colores a los ratones de plástico, nos llevaba a Morrocoy. Allí conocimos a Rina Ottolina, quien esquiaba arrastrada por una poderosa lancha mientras su papá grababa un micro en el que nos enseñaba a cuidar a nuestro nuevo parque nacional.


Por ese entonces comprendí que el petróleo si era nuestro. Había en uno de los cayos unas cabañas canadienses de Pequiven, para el uso exclusivo de sus ejecutivos y de los afortunados que contaran con su amistad. Yo fui una de esas sortarias que pasó la navidad mas feliz de su vida en una islita solitaria y llena de langostas vivas que dejaban de estarlo cada vez que sentíamos un poco de ganas de comer.


Venían otras elecciones, otras canciones y otros candidatos sonrientes y besadores de viejitas pobres llenitas de nietos mocosos, con caritas sucias y barrigas vacías. Ellos venían a prometerles comida para los niños, doctores para sus dolores y una foto para la posteridad.


Renni se perfilaba como el candidato del cambio. El simpatiquísimo Renny, con su sonrisa Colgate, quería ser presidente y todas las señoras comentaban encantadas en el club que Renny era el hombre porque que ademas de ser un ‘’señor’’, era buenmocísimo.


Terrible fue el día en que la fanfarria de Venevisión nos anunció que algo malo había pasado. Cuando sonaba esa musiquita tenebrosa sabíamos que o hubo un terremoto en Nicaragua, o chocaron dos aviones en Tenerife, o que a Miss Venezuela se acababa de convertir en ganadora sentimental en algún concurso importantísimo.


Había que tener nervios de acero para no erizarse todito ante esa fanfarria, que, en todo caso, era preferible a la de Radio Caracas que era tan estridente que no te dejaba escuchar la noticia pavorosa que trataban de narrar los locutores.


La Cessna siglas YV nosequé, nosequé en la que viajaban Renny Ottolina y… Mi mamá rompió a llorar, ya que ella era fan de Renny desde siempre. No cocinaba si Renny no le recomendaba fumar tal cigarrillo, o usar aquella mayonesa, o beber seven up, lo cual hacia con devoción.


Se murió Renny, nos fuimos a mayami y no se que mas pasó. Solo me enteré de algunos detalles de la gestión de Luis Herrera gracias a las Gaitas de Joselo, o fueron las de Simón…


Regresé devaluada, y me convertí en electora. Ya era adeca por culpa de la machaca, pero no pude votar porque no me inscribí a tiempo. Así me salvé de ser responsable directa de los desmanes del pediatra y su abogada instantánea.


Con Lusinchi comencé a no entender ciertas cosas: ¿A quién se le ocurre poner aranceles de importación a los libros cual si fueran botellas de perfume francés? Pues a Lusinchi se le ocurrió eso y se ocurrieron muchas cosas más que mi joven cabezota era incapaz de comprender con profundidad.


Pero volvió Carlos Andrés y entonces yo tenía veinticuatro años y un montón de sueños por realizar. No sabía que el piso donde construía mis sueños había sido corroído por estas polillas nefastas que desgobernaron durante mi infancia y adolescencia.


Un día, mi amiga Gabi y yo, salimos de la universidad temprano y nos fuimos a pasear por Caracas, digo por Las Mercedes, comimos helados, vimos vitrinas y al regresar a casa la mamá de Gabriela estaba desencajada y entre regaños y agradecimientos a la Virgen de Coromoto nos informó que era 27 de febrero, día del saqueo nacional. ¿A quién se le ocurre salir en un día como este?


Los cerros bajaron, los vi en la tele rompiendo vitrinas de ‘’Súper Volumen’’ para llevarse televisores carísimos, equipos de sonido chísimos, y repros para los carros que no tenían. En la tele se veía clarito que era hordas salvajes.


Pero entonces ya había leído algunos libros, y había trabajado en un colegio público en Las Mayas. Ya había tenido alumnos que comían Perrarina creyendo que era ‘’con flei’’. Ya no veía con los mismos ojos de niña bonita, bonita, claro, a los ojos de mi mamá.


Comencé a entender que los políticos eran una especie rara de sietecueros venenosos y corrosivos, que habían construido un sistema en el que la mediocridad era premiada y cualquier destello de talento era considerado un delito contra la estabilidad social.


Una mañana me despertó el teléfono: ‘’ Carola, no salgas y pon la tele.’’ Yo trabajaba entonces en un colegio que permaneció cerrado durante una semana porque unos militares decidieron derrocar a Carlos Andrés. Estaba sola en mi casa, pasé todo el día llorando, abrazada a mi perro Beto y tratando de hablar con alguien que asegurara de que no pasaba nada malo.


Los malos siempre eran los golpistas, eso me habían enseñado en mi cole, pero yo no dejaba de sentir simpatía por esos militares que, como yo, pero armados, estaban hasta la coronilla de los atropellos de Carlos Andrés.


No recuerdo que hora era, solo se que había estado horas en la misma posición frente a la tele, con el perro incrustado en mi pecho, y que tenía unas ganas horribles de hacer pipí, que no pretendía aliviar por ahora.


Por ahora, eso dijo el muchacho de la boina roja. Era Chávez, como yo, se le notaba cansado pero seguro de la frase que acababa de pronunciar. Se lo llevaron preso y Caldera aprovechó la ocasión para lanzarse el discurso de su vida, yo no recuerdo lo que dijo pero si que parecía que le iba a dar un yeyo allí mismito en el congreso.


Pero no, no le dio un yeyo, se fue o lo botaron de Copei y se rodeó de chiripas y cucharachas de todos los tamaños, colores e ideologías, todas hambrientas de poder y logró que los pendejos que deseaban un cambio de rumbo, votaran por un político viejo padre de la vieja política que nos había llevado hasta el lugar donde estábamos.


Se puso de moda Venezuela, todos pegaron calcomanías de la bandera en la parte trasera del carro, justo al lado de la placa, que curiosamente, algunas no eran placas venezolanas sino del estado de la Florida o cualquier otro estado añorado de los ‘’yunaite esteits’’. También descubrieron muchos la carne en vara al son de joropo, las cachapas en la madrugada después de una rumba y alguno se adentró tanto en la venezolanidad que se encontró en la boca un sabroso bocado de arepa pelá.


Eso si, vi a esos carros abanderados comerse el semáforo en rojo, pararse sobre las aceras, tirar papeles por la ventana y mentar la madre a algún peatón que pensó que el rayado blanco y negro estaba allí para pasar al otro lado de la Luis Roche.


Por aquellos días, yo acababa de poner mi negocio, una modesta galería de arte donde solo un artista exponía. Todo iba muy bien hasta que los bancos, uno por uno, se fueron desmoronando. los ahorros de mi abuelito que juraba que sería un jubilado tranquilo, se esfumaron junto con los de miles de venezolanos, que corrían como gallinas degolladas sin saber que iban a hacer.


Hubo otro intento de golpe con combates aéreos incluido. Yo volví a abrazar a mi perro y aguanté las ganas de hacer pipí. Sentí mucho miedo porque en la tele salían unos soldados armados hasta los dientes explicando algo que el terror no me dejó comprender. Ese día los aviones pasaban rozando la terrazas de los edificios. Los vecinos eufóricos coreaban el nombre de de aquel militar que, por ahora, estaba preso, pero que se había convertido en el nuevo héroe nacional. ¡Chá-vez, Chá-vez! al son de miles de cacerolas, Beto ladraba y yo, siempre llorona, lloraba mientras coreaba mi apellido y destrozada a paletazos la sartén de teflón de mi mamá.


Sacaron a Carlos Andrés acusándolo de ladrón, sus amigotes, verdes y blancos, se hicieron los locos y se quedaron con un viejito con cara de Geppetto, que solo atinó a firmar un indulto asqueroso, como quien no quiere la cosa.


Tanto jaleo me dejó llena de deudas, con un local alquilado y un artista. Pagué las deudas, entregué el local y me fugué con el artista. Nos fuimos decepcionados, sintiéndonos estafados, nos habían robado el futuro a fuego lento y en nuestras narices. Nos teníamos que ir porque aquí ya no había nada que buscar. Muchas veces hablamos, el artista y yo, dos pacifistas come flores, que lo que provocaba era armarse y caer a tiros a todos esos desgraciados, ladrones y coños de madre. Si, hasta groseros nos pusimos, de tanta impotencia que sentíamos. Bueno, en honor a la verdad, el artista siempre ha sido una cloaca cuando se pone bravo, y cuando no también..


Nos fuimos y nos perdimos la gestión de Caldera y a Teo en cordiplan, y todas las cosas que me contaban de lejos pero que ya no me importaban mucho, porque me parecían el mismo cuento repetido, un cuento muy poco original en el que las situaciones eran las mismas, solo cambiaba el nombre de los protagonistas.


Funcionarios arrasando con los fondos públicos, policías matraqueando, cadenas presidenciales que no decían nada, niños pobres, muchos niños pobres invisibles, esos si eran siempre los mismos, y los viejitos que protestaban cada día por una pensión indigna que nunca cobraban, y los gobernantes declarando ante periodistas complacientes, que si había leche, que en su casa había no solo leche, sino arroz, pollo, azúcar. Que los colegios educaban, que los maestros cobraban,que los huecos de las calles no existían, que nadie moría de mengua en los hospitales, que bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla…


Esa es la historia de la difunta democracia venezolana, vista por encima del muro de un jardín lleno de flores, meriendas con pan dulce y niños miopes, cuyos padres, ciegos por ese afán de crearles un mundo ideal y atormentados por la certeza de que aquello no era posible, les dejaron creer que la vida era linda y fue linda en verdad. Eso si, solo para nosotros…


Pasa que los niños crecen, se independizan y se convierten a sus padres en abuelos, y se les quita la miopía a punta de realidades, de puertas cerradas, de patadas en el culo. Solo vaciando el bolsillo puede papi mantener su mentira piadosa pero, a veces, los bolsillos paternos no dan para tanto. Entonces los miramos a los ojos, mientras damos el tetero a sus nietos y comprendemos que ellos solo querían lo mejor para nosotros.


Mirando a mis gordas pienso en ‘’nosotros’’ y me empeño en enseñarles que nosotros somos todos y no solo los felices habitantes de mi modesto jardín
.

Continuará con una de vaqueros…

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3 comentarios on “Venezuela Country Club”

  1. Anonymous dice:

    Si hubiese querido contar mi niñez y adolescencia en mi pais, no hubiese quedado tan buena…Espero la de vaqueros

  2. Anonymous dice:

    Y esa es la historia que añora casi toda la oposición. Hay que invitarlos a que cierren los ojos y mentalicen lo que era Venezuela hace 10 años. Yo también espero la de vaqueros.

  3. Zax dice:

    oye pana, que vaina tan buena. Leia y era la pelicula de mi infancia/adolescecia/juventud y madurez que iba pasando ante mi. Aunque mirado desde un jardin con menos rosas y mas espinoso (creci en la Av. San Martin)esa es la historia del futuro que nos robaron…cuentala mil veces, Carola, para que no se nos olvide, para que no se repita. Recibe un fraternal saludo de una companera de epoca y de suenos.Z@x


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