En el este de Caracas la tierra es plana.

Nos lo han embutido en el colegio, todos deberíamos saber que la tierra es redonda. Quinientos y pico años después de la llegada de Colón he hecho un descubrimiento me deja perpleja: en el este de Caracas la tierra es plana.

Como en tiempos pre-maría castáñicos, cuando se argumentaba que vivíamos sobre una gran cachapa sostenida por una tortuga, y en los que se discutía si que era posible que hubiera otro tipo de habitantes en la cara reversa de ese mundo aplastado: Imposible, decían algunos, y si los hubiera no serían hijos de Dios. Los descendiente de Adán y Eva no podrían haber cruzado océanos desconocidos hacia un lugar incierto. Si los hubiese, no serían humanos, serian monstruos horribles, violentos, sin alma.

Claro que Colón llegó al otro lado de un mundo redondo, muchos lo hicieron antes que el pero nadie supo venderse mejor. Entonces se confirmó a gritos la tesis de la redondez de la tierra pero también la de los antípodas, aquellos monstruos salvajes, sin alma, violentos e inferiores que habitaban del otro lado. Al menos ese fue el argumento utilizado para esclavizar, violar, matar, a la mayor parte de la población de este lado del mundo.

Como siempre, cada quien toma de la verdad lo que mejor le convenga. Y eso es justamente lo que pasa en el este de Caracas. Caracas es Caracas y lo demás es monte y culebras.

Para muchos habitantes del este capitalino, el mundo se acaba en Chacaito, por un lado, y Los Palos Grandes por el otro, Chacao, Baruta y El Hatillo forman un pequeño, bonito mundo protegido a punta de Multilock. Más allá, lo desconocido, un océano plagado de bestias horripilantes que amenazan constantemente a quien se atreva a asomar su respingada nariz por encima del cristal que los separa del fin del mundo.

Recuerdo que una vez cuando era una pava, nos dijo un taxista que el metro llegaba hasta Catia. ¿Catia, seguro? -Preguntamos emocionadas. Claro, se suben en Chacaito en dirección a Propatria y se bajan en el Boulevard de Catia. ¡Que chévere! -Dijimos. -Mañana vamos para allá, y comenzamos a hacer planes ante la mirada perpleja de nuestro interlocutor.

Al día siguiente brillaba el sol para acompañarnos en nuestro paseo perfecto. Nos pusimos lindas, playeras, con zarcillotes de goma, pantaloncitos cortos y los trajes de baño abajo. Los bolsos repletos de bronceador, crema para el cabello, agua mineral y unas manzanas y mandarinas. Caracas, cada vez más cosmopolita, tenia un metro nuevecito que llegaba hasta Catia. Nos íbamos a la playa en metro…

Este metro está bonito pero le falta el carácter del de Nueva York. -Dijo una de mis amigas, que estudiaba diseño de moda y amaba los grafittis. Nos sentamos en nuestro vagón como cucarachas en baile de gallina, claro que las cucarachas eran ellos, nosotras exóticas aves del paraíso.

¡Tin, tin tun! Estación Pérez Bonalde. -Se escuchó una voz nasal por los parlantes del vagón. Es aquí, que maravilla, es rapidito. Así podemos acercarnos a la playa a cada rato.

Salimos y nos encontramos en medio de un mercado ambulante, ruidoso, oloroso a humo de motos y fritangas. ¿Estas segura de que es aquí donde nos dijo el taxista? Señor, ¿dónde está la playa? ¿Cómo que cuál playa? La de Catia, ¿Acaso no estamos en Catia?

¿Catia la mar? ¿Es que hay otra Catia? Dios mío, y ¿cómo salimos de aquí?

¡Corre, agarra bien la cartera Kiki! Coño que susto, mira a todos eso tipos como nos bucean. ¡Corran!.

¡Tin,tin, tun! Estación Chacaito. Que alivio, salimos vivas y con el peinado intacto.

En otra ocasión nos tocó ir a Macarao con la clase de sociología de la universidad. El pobre profesor nos dio una lista de normas que debíamos cumplir al pie de la letra para no matarlo de vergüenza: traer ropa sencilla, cero prendas o bisutería, no pagar por nada de lo que nos ofrezcan, mantenerse con el grupo y, por favor, se los pido de corazón, quiten la cara de susto que tienen ahora.

Nos encontramos en el estacionamiento de la universidad, José Ramón, el profe, se veía ansioso y no era para menos, mis compañeras de clase tenían un concepto de sencillez nada sencillo: blue jeans Pepe, franelas Benetton, zapatos Reebok fucsia, lentes Rayban para proteger los ojos del sol y de lo que podían ver allá en ¨Macaco¨, todo de última moda y carísimo. Ay profe, la cadenita de la Virgen del Carmen no me la puedo quitar porque mi mamá me dijo que la lleve para que me proteja, uno no sabe que puede pasar en un lugar así…

En caravana, con José Ramón de guía, dejamos atrás la seguridad del mundo que conocíamos, fuimos más allá de Plaza Venezuela y lo seguimos desorientadas hasta llegar a un estacionamiento de tierra debajo de un cerro lleno de ranchos.

Bajamos y nos arremolinamos como pollitos en torno al profe, él nos suplicó que ya que no habíamos podido ser sencillas al vestir, que por lo menos guardáramos los lentes en los coquetos morralitos de excursionistas urbanas que habían traído las alumnas más coquetas.

Los Reebok fuscia subían en fila india por una escalera de tierra que no parecía tener fin. No pudieron ser sencillas y no pudieron quitar la cara de susto añadiendole unas narices arrugadas como si algo les oliera mal.

Se tensaron los cuerpos al ver bajar a un cinco muchachotes con una pelota: mosca chamas, agarren bien las carteras. Los muchachos nos miraban entre curiosos y divertidos, y el más jodedor, cuando estaba frente a la fila nos dijo con los ojos pelaos: BU!

Todas, sin excepción pegamos un brinco, alguna dejaron escapar un grito de terror, y María Cecilia, que era la más nerviosa intentó correr cerro abajo.

Las carcajadas de José Ramón y los muchachos indignaron a mis compañeras, y yo que también brinqué del susto, me empecé a reír. ¡Negros tenían que ser! y tu una pelabolas.

Luego en la casa de una señora, allá arriba, donde no puede vivir nadie, nos regalaron unos refrescos que muchas no bebieron porque eran Golden Cup y esos sabores raros que no hay quien los trague. José Ramón les pelaba los ojos como una mamá avergonzada como diciendo en clave ¨tómense esa vaina o las mato¨ pero nada…

La hija de un banquero conmovida por la humildad de la señora sacó un billete de quinientos de entonces y se lo ofreció a la señora que no sabia donde esconder la cara.

Nos rasparon sin haber presentado examen. Nunca nadie regañó a sus ilustres alumnas como lo hizo el profe. tanto nos dijo que se ganó un regaño horroroso e injustísimo de sus superiores que lo puso al borde de la renuncia. Si no fuera porque acababa de ser papá…

Por eso entiendo cómo mis amigos dicen que los cayeron a tiros en Puente Llaguno. Podían estar en La Bombilla de Petare, o en San Juan de los Morros pero si alguien les dice que eso era Puente Llaguno, es que era Puente Llaguno.

La tierra es plana en Baruta, Chacao y El Hatillo para muchos, y para el resto, si es que deciden que es redonda, cual conquistadores consideran que quienes viven más allá de su mundo ¨civilizado¨ son antípodas. Lo que los tiene con los pelos de punta es que esa cuerda de salvajes, hayan llevado al su líder tribal al sagrado recinto presidencial y éste a su vez les haya dado derechos de hombre libre y pensantes y peor aun, les permite ir al Sambil.

Bien han sabido hacer los gringos ese hermoso muro en el borde sureño de su reino…

¡Coño Leopoldo, buena idea!


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One Comment on “En el este de Caracas la tierra es plana.”

  1. Rafaela dice:

    Leo esto y veo a varias amigas que viven en el Este!! jaja me da risa y lástima a la vez


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