Turismo Etílico

Margarita, finales de marzo del 2007. Todo está preparado para recibir a los cientos de miles de turistas que vienen a contribuir con la economía insular. Ya las calles están llenas de carteles que muestran desproporcionadas mujeres semidesnudas con una botella de cerveza incrustada entre los senos. Banderines, promotoras, altavoces gigantes que se descosen al son de regetón, todos esperando en momento ansiado. La semana mayor, mayor rumba, mayor pea, mayor decepción.

Se ha decretado la ley seca: desde la remota capital de la república y sin tomar en cuenta la particularidades geográficas y culturales de esta isla toda rodeada de agua, se ha decretado la ley seca.

Con mi curda no te metas, escribió la sociedad civil indignada en los cristales traseros de sus carros. Allí donde antes podíamos leer jocosos mensajes made in Musipán que eran el deleite de grandes y chicos. Me metieron er pipe en Musipán -leía silaba por sílaba mi niña en una cola en el Crucero de Guacuco. Otro mami -me bañé en el moja bolas de Musipán.

Que tiempos felices aquellos, la isla se inundaba de alegría: carros que iban haciendo zigzag, millones de pedacitos de botellas no retornables decoraban con su brillo las calzadas, alguno que otro vomito medio seco sobre la blanca la arena, chapitas que acariciaban los pies al andar descalzos, peleas de bravucones envalentonados por el alcohol y cegados por los celos. ¿Qué les ves a mi jevita? – dice uno al que le acaba de germinar el primer vello púbico. El culo -contesta el otro con ganas de fastidiar. ¡Pow! ¡Zap! ¡Biff! ¡Ay Toni no peleen que me pongo el pareo y ya está!

Los bodegones a reventar, cajas y cajas de whisky desfilaban por las registradoras. La isla en pleno apogeo, la música a más no poder. Uno que otro muerto, que le dio por salir a chocar contra un borracho, pero nada más. Daños colaterales que bien pueden ser compensados por el bienestar general producto de consumo desenfrenado de alcohol.

Se apaga nuestra isla, todo por culpa del único culpable de todos nuestros males. Protesta la sociedad civil en Pampatar, ya encontraron un nuevo punto de fusión. Rebelión gritan los que consideran que emborracharse como cubas es un acto de rebeldía.

¿Que será de aquella adolescente que solo necesitaba un traguito de mas para terminar en posición horizontal bajo el cuerpo de su amado? ¿Será capaz de hacerlo sobria y consciente de lo que hace? ¿Qué será de las discotecas al aire libre, cobrarán el agua a precio de whisky para compensar? ¿Podrán dormir los vecinos de estos locales acostumbrados al ruido que estos les regalan cada noche?

La isla ya no es la misma, los visitantes reclaman, los isleños desesperan al ver como la abstinencia desmorona sus esperanzas. Turismo etílico, ese a sido el atractivo con el que se ha promocionado este paraíso caribeño.

No hay playa, sierra, ni desierto que venda más que una pea. No hay playa , sierra ni desierto que no hay sido decorado con esas llamativas y tentadoras vallas, invitando a tomar una cerveza helada entre dos tetas de silicona. Dicen que en el mar la vida es más sabrosa, pero, al parecer, nuestras playas no son tan playas si no te ahogas en alcohol.

La Semana Santa es tiempo de recogimiento, pero como la religión cada uno se la pone como mejor le quede, aquí se practica el recogimiento de botellas rotas, recogimiento de borrachos en el suelo, de muchachitas ebrias, de cadáveres en las carreteras, de dinero en las cajas registradoras. Así es como veneramos al único Dios que nos hermana en su semana mayor.

Mayor pea, mayor rumba, mayor decepción…

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