Manual de costumbres y procederes de la clase media venezolana

capítulo X

Wannabe


A veces algún clase media se puede colar, por casualidad, en un evento de la clase alta. Para muchos esto es un sueño hecho realidad. Recuerdo que hace años había en la tele un programa que se llamaba la vida de los ricos y famosos, en el que un gordito afeminado paseaba al televidente por el exclusivo mundillo de la opulencia y el derroche. Era un programa horroroso, allí mostraban a perros finos comiendo un brunch gourmet de cuatrocientos dólares, mientras en el canal de al lado se podía ver a un negrito africano del montón muriendo de hambre, con la cara llena de moscas, que también comían mejor que él.

Carros de colección que cuestan tanto como un edificio de apartamentos, botellas de vino que pagarían varias carreras universitarias, pocetas de oro para mojones de mierda, ropa, joyas, hoteles, aviones, fiestas de caridad donde se gasta más en comida y decoración que lo que al final van a donar, porteros que desprecian a las personas comunes porque tienen el privilegio de pasar todo el día frente a una puerta muy chic, abriendo, cerrando, mirando para abajo, agachadito, con el culo paradito por si acaso alguno de los señores se lo quisiera patear.

El caso es que a pesar de todo esto, el programa fue un éxito; tanto que desde entonces han salido al aire varios canales de cable que transmiten toda clase programuchos como ese, con títulos repugnantes que atraen a los clase media soñadores como la mierda atrae a las moscas.

Wannabe es un termino que usan los gringos para definir a este tipo de personas que no pueden contener la salivita cuando ven a un ricachón. Los wannabes abundan en la clase media: ¿Por qué conformarse con quedarse en la mitad cuando todavía hay mucho más allá arriba?

Los empresarios, como siempre, explotan la ilusa necedad de nuestros wannabes inventando un sin fin de productos, suficientemente caros como para que parezcan exclusivos, pero asegurándose de que los profesionales que viven del crédito lo puedan adquirir en incómodas cuotas.

Así les venden un montón de símbolos de status que los identifican claramente como clase media mediocres. Ningún multimillonario, de esos que ellos admiran, osaría llevar, sin cobrar por ello, alguna de esas carteras llenas de logotipitos, ni esos carros con DVD y sin chofer, ni esos trapos pret a porter con los que hacen cajas las grandes firmas de alta costura. Son auténticos uniformes de clase media que a los ricos les huelen .

A veces las vidas se cruzan de maneras extrañas, a veces la abuela de tu primo se casa con un ricachón o estudias con una heredera y terminas comiendo en su casa. Esas cosas pasan sin que uno se las busque, también hay quienes buscan que pasen a toda costa y encuentran entonces lo que no se les ha perdido.

La abuela de mi primo se casó con un señor cuyo padre dio el nombre a una famosa avenida del este de Caracas. Así entré por primera vez a una casa de cuyas paredes colgaban Picasso, Matisse, y Chagall tan cotidianos como los desconocidos cuadritos de callecitas coloniales y ramitos de crisantemos que acostumbraba a ver en casa de mis amigos. Por aquella casa museo corrían niñitos pálidos que parecían sacados de una película de horror inglesa. Jugaban con las antigüedades como si fueran gurrufíos. Es que es navidad y están muy excitados.- comentó la abuela al ver mi cara de espanto.

En verdad mi terror no se debía tanto a los niñitos correlones como al prospecto de reunión familiar que estaba congregándose en el jardín. Kilos y quilates de oro, esmeraldas, diamantes y lentejuelas. señores de smoking, una vieja con un zorro muerto enrollado en el cuello arrugado, pavos de otoño pegados en la nota del Victorino Peralta, de ”Cuando quiero llorar no lloro”, sus esposas con juveniles colitas de caballo y ojeras estiradas, mesoneros con guantes blancos, una vieja que se llamaba Fafá, una niña que se llamaba Clementina Constanza, viejos cansados de sus esposas, esposas cansadas de sus viejos.

Me tocó sentarme al lado del zorro muerto que mostraba su inconformidad dejando volar sus pelos grises, plateados según su dueña, cual sílfides pajaritos, que aterrizaban en nuestras copas, en nuestros ojos, en nuestras Crêpe Suzettes, en la entrada de nuestras fosas nasales, provocando elegantísimos estornudos que volvían a alborotar a los reposados pelos una y otra vez.

Silencio, silencio.- gritaba un niñito que corría entre las mesas atropellando a los mesoneros. La orquesta va a tocar. La orquesta integrada por los niños paliduchos armados de violines, flautas, clarinetes y el violoncello del abuelo comenzó a tocar una paliducha melodía. ¡Que cultos son nuestros hijos!- dijo emocionadísima una mamá de colita de caballo, mientras los niños desafinaban con maestría. La abuela, con los ojos aguados , reprochaba al abuelo su mezquindad. ¿Qué importa que sea un violoncello antiguo y carísimo? Son los nietos, que lo rompan si quieren, yo te compro otro. Si, pero con mis reales.- parecía pensar el viejo.

La cena se fue enfriando igual que el ambiente, a punta de pelos y notas estridentes. El anfitrión se estaba quedando dormido y tenia un hilillo de salsa de mostaza con especias y miel chorreando desde la comisura de los labios hasta la papada. El zorro estaba lampiño y los mesoneros borrachos. Besos, besos, au revoir. Un señor con chaqueta corta, nos trae nuestros carros que están parados a pocos metros de la salida. Mi abuelo se pone furioso ¿Y usted cree que no puedo buscar yo mismo mi carro? A mi nadie me trata como un viejo inútil. Joyeux Noël Tarcisió– dijo consuegra de mi abuelo. ¡La tuya!- contestó él

Al día siguiente amanecimos todos con los ojos pegados con un emplaste de lagañas y pelo de zorro gris, plateado según su dueña, podrido según mi abuelo, que siempre tiene razón.

Varios años después mis amigos y yo recibimos una invitación a una boda. Se casaba Camilo con Titi, una sifrina del Country, hija de un banquero, que se había pasado su adolescencia persiguiendo a nuestro plebeyo amigo en bicicleta. Camilo, de quien me fui distanciando en la medida que se hacía rico de manera sospechosamente rápida, se acordó de nosotros en su momento cumbre y me puso en el compromiso de tener que encontrar algo en una lista de bodas impagable que pudiera yo pagar. Tampoco tenia un vestido, ni zapatos ni accesorios. El detalle de Camilo, más que un detalle fue un coñazo.

Todos los plebeyos invitados estaban emocionadísimos de ir a una fiesta en el Caracas Country Club. Una oportunidad única para dar un rumbo nuevo a sus vidas. Compraron corbatas Versace, trajes Armani, zapatos Dior. Hipotecaron sus vidas a modo de inversión y soñando con la Cenicienta llegaron de primeritos a la iglesia.

Fue horrible. La novia era horrible, muy a pesar de los recursos que su papá había invertido en la apariencia de su única hija. Un metro cuarenta y ocho con traje de bella durmiente de falda acampanada y cola de treinta metros o más. Nariz de brujita enana, mirada de te jodí. Ni media sonrisa, ni una emocionada lagrimita, marchaba la novia como el soldado gringo marcha al frente. No sé de dónde saltó el mismísimo Osmel, que cayó postrado sobre kilométrica cola y simulando discreción decía a voz en cuello: la novia del año, la novia del año.

El novio echando cuentas, esperaba en el altar. El suegro con una mirada de advertencia le entregó a su pequeña. Y comenzó la misa, que ya por ser misa era fastidiosa, pero si le agregas una coral que interrumpía cada dos minutos para musicalizar la litúrgia, mientras la mirada pavorosa de un cura que era capaz de todo nos obligaba a permanecer de pie, con los dedos apretujados dentro de unos elegantes tacones media talla más pequeña porque eran prestados. Aquello se convirtió en una cruel tortura, para gozo del cura, que no iba después al Country como nosotros.

En la puerta del club nos miraron feo, parecíamos coleados, los porteros, que son expertos en detectar a seres comunes que pretenden pasar por popof, nos detuvieron y tuvimos que llamar al novio, que tardó media hora en venir a verificar nuestra identidad. Ya estábamos adentro, las miradas golosas de mis amigos eran de coger palco, literalmente se les caía la salivita ante tanta opulencia, alguno de ellos dijo: que poca cosa hemos sido, como convencido de que ya no lo sería más.

Pasamos a los jardines guiados por un elegante mesonero que nos indicó molesto que no podíamos sentarnos en cualquier mesa, los puesto habían sido asignados para asegurar el éxito de la recepción, sentado a personas de gustos y preferencias afines y apartando a la mesa del fondo a aquel grupito de medio palo que el novio se había empeñado en invitar.

Nuestra mesa estaba tan apartada que nos vimos en la obligación de sobornar un mesonero para que nos hiciera llegar aunque fuera una bandeja de tequeños y otra botella de whisky. Habían dos orquestotas de las cuales solo podíamos escuchar alguno que otro trompetazo debido a la distancia que nos separaba de la pista de baile, los baños más cercanos eran los de servicio.

Los novios, que iban de mesa en mesa acompañados de un séquito de fotógrafos y cronistas sociales, llegaron a la nuestra cerca de las dos de la mañana. Por poco me atraganté con un bocado de carpaccio ver a mis amigos saltar de sus sillas desesperados por ocupar el puesto más cercano a los contrayentes al momento de la foto. Se empujaban como años después vi a Aznar empujar a Blair en las Azores para salir en aquella foto nefasta con el nefasto hijo de Bush.

Fue un fiestón inolvidable para quienes estuvieron en la fiesta, yo estuve en la parte trasera muy lejos para recordar algún detalle del evento. Compré el periódico el día que salió la crónica de la boda, a ver si me enteraba de los detalles que no viví. Me dio mucha risa ver a Camilo, joven y exitoso empresario, un lindo eufemismo… Una página completa en cada periódico caraqueño, muchas fotos de muchos personajes. Comencé a reír al pensar en la desilusión de mis amigos que abandonaron a mi merced una deliciosa bandeja de carpaccio para para salir en una foto que jamás iba a salir.

Esas cosas pasan. Camilo nos invitó para que viéramos cuan alto había subido y a la vez, para hacernos saber, sin lugar a dudas, que no encajábamos en su vida. Fue una manera de decirme adiós muchos años después que de yo me despidiera de él.

Mis amigos no han comprendido que siempre serán wannabes, que por más Armani, Vuiton, Dior, o Prada que se pongan, para los del County, el mono aunque se vista de seda mono se queda. Ellos me dicen que soy una mediocre que no tiene aspiraciones, pero yo aspiro tranquila el aire fresco y salitroso de las mañanas tomando café y rayos de sol. ¿Se puede aspirar más?

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6 comentarios on “Manual de costumbres y procederes de la clase media venezolana”

  1. Eduardo dice:

    Te imagino sentada al lado del zorro muerto atragantada del carpaccio. Así como te imaginaba con los caracoles en Barcelona, y sentada frente a la tele en tu casa recién aquella mañana recién levantada. Describes tan vívidamente las situaciones que me llega tu imagen y ya no tus palabras.Te voy a decir algo:Ya no me está gustando que tus amigos se la pasen descalificándote.No voy a seguir porque puedo traspasar los límites de lo coveniente.

  2. Anonymous dice:

    GRacias a una amiga he llegado a este blog, muy dignificantes los relatos que haces Carola. He leido muchos blogs y solo tengo una duda, pero de verdad existes?Vicente

  3. Carola dice:

    Vicente,Si existo, me llamo Carola Chávez desde el día que nací.Y no solo eso, tambien todo lo que cuento es verdad.Esas cosas pasan…

    • Michel E. Eustache R dice:

      Carola…..eres extraordinariamente talentosa!!! Cuanta capacidad descriptiva, claridad y cuanto humor y buen gusto…para escribír, hacer pensar y reír! No tengo idea, de como llegue hasta tus escritos…….lo que se es que los estoy DISFRUTANDO en EXTREMO!!! Mil gracias!!!

  4. yabrina dice:

    hola carola me recuerdo gracias a ti de la boda de un amigo que dice el tuvo la suerte de ligarse por internet con una portuguesita de la clase media alta hija de el dueño de una cadena de supermercados en caracas, pues el mozo decide invitarnos, a parir familia una pinta, llegamos a la fiesta y nos dimos cuenta que eramos los unicos invitados del novio aparte de su mama y su hermana el brindis con champaña por supuesto pero para esta servidora que lo que mas caro que a tomado es lambrusco me encanto y en hora y media ya estaba rascada hip hip que verguenza me dice mi marido venirte a rascar en una fiesta hi que riñones jajajajaj que rasca tan fea ni con sevillana mas tarde yo, en olvidAR ESTE (triste hip hip)reuerdo que lo que duro este matrimonio y esto tambien es realidad gracias carola por ser tan divertida

  5. achue2 dice:

    Amiga Carola, dicen que la mejor fiesta que se disfruta es en la que se entra coleado, alli se baila hasta con la novia y sales en todas las fotos. Eso fue lo que te pasó, no la disfrutaste por no colearte. Muy buenos tus escritos y sigue asiSaludosJuan Carlos Achue


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