Manual de Costumbres y Procederes de la Clase Media Venezolana



capítulo III

Thanksgiving en Mayami…

Entre las costumbres de la clase media, destaca la huida al exterior. Crecimos mirando para afuera, donde la grama siempre es más verde y cualquier excusa es buena para imponernos un exilio forzoso. Yo huí cuando Caldera, mientras se derrumbaban los bancos como fichas de dominó. Muchos huyeron como yo, a un destino familiar y cercano: Miami, o Mayami (en argot venezolano) una ciudad cálida y tropical, con sus ordenadas urbanizaciones de casotas clonadas, pintaditas de rosado Pepto Bismol. Una ciudad de esquinas idénticas, con su Walgreen’s , con su Mc Donald’s que se repiten una y otra vez a tal punto que, más de un novato, se pasa de largo, y no nota que se ha perdido hasta que se topa con el cartel que le da la bienvenida a la opulenta Palm Beach.

Algunos pocos, como yo, se largan con una mano adelante y la otra por detrás. La mayoría lo hacen con casa, carro, chequera, visa platinum y una matricula en alguno de los tantos institutos de algo, donde pagando mucho te acreditan como estudiante para los efectos de visado. Todo esto cortesía de papá

Nadie dijo que el exilio es fácil, pero los venezolanos son pilas. Ellos se mudan todos al mismo sitio. Urbanizaciones completas, compradas en pre-venta, que acaban siendo tan venezolanas que en el supermercado de la esquina, consigues Harina Pan.

Nunca comí tantas arepas como en Mayami. Es el plato más apreciado por niños consentidos que después de despreciarlas en Caracas, prefiriendo al croissant; se sientan a la mesa, a sobar su cálida redondez y a recordar con nostalgia su apartamentico en Altamira, su casita en El Peñón.

Otro producto que cotiza en el mercado de la nostalgia es el Toronto. Poseer un toronto en mayami te convierte en el foco de deseos y envidias. Pero una cajita de Belmont te eleva a calidad de Dios, por muy poco tiempo, eso si, porque se la espalillan los panitas, fumadores o no, que entran en una especie de trance, que se hace más profundo con cada bocanada y repiten como poseídos, ‘’un Belmont chamo, un Belmont’’

Mantener sus tradiciones los ayuda a soportar la agonía del exilio. Por eso, año tras año, celebran religiosamente, dos de las más tradicionales fiestas de este de Caracas y sus sucursales de provincia: El Halloween y el Thanksgiving, haciendo más hincapié en esta última por ser una fiesta de corte familiar. A falta de familia, están los panas, que a punta de compartir nostalgias se convierten en hermanos.

Una vez me invitaron y cometí el error de ir. La cena se celebró en Westonzuela, o Weston para los gringos forasteros. En la casa de una simpática parejita de profesionales recién casados, que escogieron fijar residencia en tan elegante vecindario de la hermana ciudad de Ft. Lauderdale, para continuar sus estudios de post grado en una renombrada universidad. O por lo menos eso es lo que había reseñado Roland en El Universal.

Llegué a la cuarta casa rosada a mano derecha, de la calle Indian Trace. Toqué y el timbre y alguien gritó cortésmente: ‘’Pasa que está abierto’’. Una vez adentro me volvió a gritar desde el sofá la misma voz masculina ‘’Chama, que te quite los zapatos que vas a joder la alfombra’’. Como dudé por un momento entre salir corriendo y obedecer, el amable anfitrión me indicó desde su mullido lugar, que pusiera los zapatos junto con los de los demás invitados, allá, ¿no los ves?.

Claro que los vi, me quedé haciendo un estudio completo de la noche que tenía por delante. Aquel rinconcito perecía al armario de Imelda Marcos. Zapatos de las más distinguidas marcas, donde Armani estaba talón con talón con Versace, sandalitas veraniegas para el otoño mayamero, recostadas sin pudor de unos deportivos y masculinos Timberland que, se notaba, eran de estreno. Mi quité mis gastados y cómodos zapatos de lona roja y cuando me disponía a dejarlos tuve una aterradora visión: allí, al lado del ultimo lugar disponible estaban la botas de Termitator.

Si, eran las botas rudas, negras llenas de pinchos y cadenas plateadas del implacable y desalmado cyborg de la pantalla grande. Dirigí la mirada al grupo de invitados, temerosa de encontrarme con el ojo de bombillito rojo apuntando hacia mi. Terminator se había mezclado hábilmente en el grupo, porque pasé toda la noche tratando adivinar, a cual de esos pies pertenecían tan violentos zapatos. Era una tarea imposible, que me obsesionó al tal punto que decidí quedarme hasta el final de la fiesta, pasara lo que pasara con tal de descifrar la incógnita.

Por culpa de aquellas botas y de la curiosidad que me caracteriza, tuve que padecer una cena tan larga como indigesta, esto no lo digo por la comida sino por todo lo demás: Los hombres apoltronados en el sofá sostenían conversaciones de hombres, plagadas de interesantísimos comentarios como por ejemplo: ‘’ el San Ignacio era más de pinga cuando no habían jevitas, porque entonces se jugaba más al fútbol’’ o ‘’ El guón de mi hermano, ayer escoñetó la burbuja viniendo de Choroní. Es la cuarta burbuja pérdida total en su récord’’ seguido por un ‘’ Que arrecho guón’’ que entonaban en coro los cautivados oyentes.

En la cocina, una tropa de pavitas recién casadas jugando a las perfectas amas de casa, sin tener la menor idea de por dónde empezar. Un pavo hormonado se achicharraba en el horno, mientras las nuevas señoras, con sus delantalcitos almidonados, que hacían juego con los pañitos y agarra ollas, se peleaban con las verduras y perdían en el intento de hacer una ensalada súper original porque tiene trocitos de manzana. Yo tenía muchos años de casada y, como ya había matado la fiebre, lo que menos me provocaba era ir a una fiesta a cocinar.

La tertulia en la cocina era el equivalente femenino del debate en el salón: que quien se operó qué ; que cual tienda vende tal, que yo me muero por ver a mi mami,( que se fue hace dos días y volverá dentro de un mes); que nada como tener cachifa pero aquí como quieren vivir como una cobran un ojo de la cara; que se quema el pavo, ¡corran!

Al sacar el pavo medio chamuscado del horno, los ex alumnos del Loyola se apresuraron a sentarse en las seis únicas silla que habían alrededor de la mesa. Sus recién adquiridas esclavas comenzaron a desfilar con platos repletos de chicharrón de pavo, ensalada súper original y, la perla de la noche, Batatas con mantequilla y marshmelows derretidos. Todo un festín para los paladares más exigentes.

Yo no comí porque hacía rato que me había ido al jardín a jugar con Otelo, un labrador negro, o Chocolate lab, como decía su dueño. Otelo y yo hicimos buenas migas inmediatamente. El pobre perro había sido adoptado por el hijo de una ex secretaria del ministerio de hacienda, una mujer emprendedora que aprovechó al máximo su fugaz y lucrativo cargo. Gracias a la pericia de esa madre, su hijo gozaba del privilegio de vivir en un lugar privilegiado, al que llegaba cada noche en un BMW plateado igualito al de James Bond.

Bad Dog, así lo bauticé, ya que se pasó toda la noche gritando ordenes en ingles por la ventana a un perro que se empeñaba en hablar español, por lo tanto no obedecía y seguía ladrando para que le trajeran un pedazo de pavo y una bebida cualquiera. Otelo sit! Y mi amigo como si nada, Otelo stop! menos. Bad dog Otelo, bad dog

Bad Dog vestía con clase, llevaba tantos logotipos en sus robustos metro sesenta, que parecía un arbolito de navidad rechoncho. Pero el no era el único, de hecho, la sala se parecía al Times Square. Logos en las camisas, pantalones, medias y hasta en las gomas de los calzoncillos, que se dejaban a la vista para que se supiera que también eran carísimos. Pero Bad Dog destacaba entre toda esa fauna, porque era el único que se negaba a quitarse los lentes de sol con montura negra y dos escudos de Versace en cada lado. Si hubiera querido suicidarse dandose un tiro en la sien, los dorados escudos milaneses le habrían salvado la vida.

Después de la cena, vino el tradicional juego de fútbol americano y la fregadera de platos. Ellos en el sofá con los ojos fijos en la pantalla gigante, dando alaridos en ingles, cada vez que se movía ese objeto puntiagudo que los gringos se empeñan en llamar pelota. Go, go, go, go!– gritaban emocionados moviendo los brazos, como lo hace un raspadero cuando gira el molinito que convierte el hielo en copos de nieve tropical. Ellas, maravillosas, después de haber comido de pié, recogían la mesa y metían la vajilla en el lavaplatos automático, teniendo cuidado de no romperse una uña.

Otelo y yo nos divertíamos con la escena mirando por la ventana hasta que los ladridos de mi amigo, esta vez más fuertes, delataron a unos mapaches que pretendían robarse las sobras del festín. Fernando Alberto grito la anfitriona, -Eso son los racoones. ¡Corre mi amor, que riegan la basura por todo el porche!

Salieron como energúmenos a perseguir a las criaturitas con un bate de béisbol firmado por un Miami Marlin, todos descalzos menos Bad Dog que intentaba calzarse, mientras corría, las botas de Terminator para no ensuciar las medias que eran Calvin Klein.

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4 comentarios on “Manual de Costumbres y Procederes de la Clase Media Venezolana”

  1. Anonymous dice:

    Hola Carola!Un placer leer tus lineas,siempre he tenido la suerte,cuando ando cybervagueando de hacer un STOP! en algún sitio que despúes se que quedará para siempre en mis gustos,como en este tu caso en particular.Lo más increíble y maravilloso es que no sé cuando,ni donde,ni porque suceden esos momentos,pero debe haber algo de cierto en eso de lo más grande y verdadero en nuestras vidas,en su Esencia,es inmaterial e invisible..a nuestros ojos.Gracias por estar en este cybermundo y tener el tiempo y la dedicación de escribír tus textos llenos de inteligencia y sencillez para el deleite de quien los lea.Saludos cordiales desde los muy lejanos alpesen el Tirol austríaco,pero desde este cyber-welt ahi mismito,como por la playita de manzanillo pues..Daymira.

  2. alexander dice:

    epale Carola Chavez “Frias”, bien buenos tus comentarios. muy divertidos e interesantes saludos y buenos deseos desde esta esquina de brooklynalexander……ah que se olvida….aqui en brooklyn tambien se encuentra Harina Pan pero no hay muchos carajitos de esos malcriados que tu mencionas que hay como monte en Westonzuela y sus muladares

  3. Anonymous dice:

    hola carola: donde has estado metida, que nunca tropecé tus escritos en aporrea??? en fin que importa, ya tas aqui…que estupenda tarde me has hecho pasarluciernaga

  4. Carola dice:

    Pues he estado en aporrea, lo que pasa es que no me has visto.Nada, ya encontraste mi blog y aqui esta todo lo que escribo, y me alegro que te haya gustado.


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