Genio y figura hasta la sepultura.

El tiempo no acompañaba al cortejo fúnebre. El clima quería incordiar a los dolientes mostrando el sol más brillante y el cielo más azul que habían visto en mucho tiempo. A no ser por los trajes negros y el picor de las lágrimas en los ojos, cualquiera podía haber pensado que éste sería un día perfecto para ir a la playa y comerse un pescadito frito con Roberto. Lo único malo era que Roberto había muerto y se dirigían a su entierro.

Todos sabían que ese día llegaría más temprano que tarde. Ya el médico lo había advertido: a un hombre de más de ciento cincuenta kilos se le hace muy difícil remontar la cuesta de los cuarenta y cinco años y Roberto tenía cuarenta y dos años y ciento sesenta y un kilos.
Pero no fue como todos esperaban, siempre imaginaron que el corazón de Roberto colapsaría en mitad de un ataque de risa, o bailando un merengue dominicano de esos que dan taquicardia, o tratando de subir la lomita que separa al mar de la tierra firme. De cualquier manera, pero gozando.

Roberto murió después de un accidente de tránsito, no supieron como fue: alguien lo encontró atrapado dentro de lo que quedaba de su coche, en mitad de la carretera. Aun vivía, al parecer su barriga hizo las veces de airbag y lo salvó de morir en el acto; pero, más tarde en el hospital, el peso de su barriga aplastó a su corazón que dejó de latir y Roberto se fue. —Su barriga lo salvó, su barriga lo mató. — Dijo el médico, que pudo mantener una expresión seria y solemne a pesar de la frase que acababa de pronunciar. Esa frase fue el preludio de lo que estaba por venir.

El primer detalle fue el ataúd extra large, una rareza en Venezuela, donde el ochenta por ciento de la población no tiene que comer. Después de recorrer toda Caracas y sus cercanías alguien encontró uno de la talla de Roberto.

Ahora si podrían llorar a Roberto en paz, y lloraron toda la noche, lloraron camino al cementerio, y lloraron mientras lo sacaron del carro fúnebre y lloraron mientras colocaban el ataúd entre las dos gruesas bandas de la mini grúa que habría de descenderlo a su fosa. Era una fosa como todas las del Cementerio del Este: rectangular, reforzada de concreto, cubierta para la ocasión por un toldito azul y rodeada de la hierba verde, cortadita que cubre al cementerio de manera que no parece un cementerio. Por eso es que todos los caraqueños lo prefieren al la hora de descansar en paz. Porque enterrados allí los muertos no parecen tan muertos.

Después de rezar por el alma del alma de las fiestas, a una orden del encargado la mini grúa empezó a bajar el féretro emitiendo unos chirridos que fueron apagados enseguida por el llanto agudo de las mujeres, seguido por el de los hombres que, al ser mas grave, armonizada con el de ellas dandole al momento un aire operatico.

Los ojos hinchados por las lágrimas y el trasnocho se quedaron mirando como algo que no podía estar pasando pasaba: la urna no cabía en la fosa, la fosa no era extra large. — ¿Pero, es que nadie advirtió a los del cementerio? —Preguntó la hija del difunto. Nadie recordaba haberlo hecho; al parecer el alivio que sintieron al encontrar un ataúd de sus dimensiones les hizo pensar que todo estaba resuelto. No podían enterrar a Roberto.

— ¡Súbanlo!— Dijo el encargado. Ya nadie lloraba, todos estaban parados allí como esperando que Roberto saliera a reirse de ellos, como si esto fuera una broma más del gordo. La sensación les duró solo un instante, enseguida comenzaron a hacer sugerencias para resolver el asunto. Las ideas parecían descabelladas pero estaban a la altura de la situación: optaron por serruchar los salientes de madera que decoraban la caja. Alguien trajo sierras y serruchos de la oficina de mantenimiento, pero muchos de los hombres prefirieron utilizar la sierrita de sus navajas Victorinox, que llevaban a todas partes “por si acaso” y también porque estaban de última moda. Afuera chaquetas y corbatas y mangas enrolladas hasta los codos, cortaron la madera a la sombra de la mirada de las mujeres, que permanecían de pie, clavadas con sus tacones en la grama. Al cabo de un rato y bañados de sudor terminaron la faena. Se felicitaron unos a otros con apretones de manos y sonrisas de camaradas. Las mujeres reprimieron sus ganas de aplaudir gracias a la sensibilidad femenina que les gritaba que ese no era ni el momento ni el lugar.

¡Bájenlo!

El sol apretaba y el negro de la ropa sofocaba, era casi mediodía y a esa hora no se entierra a nadie por que el calor no ayuda en estos casos. Soltaron algunas lágrimas que se confundieron con las gotas de sudor porque sabían a lo mismo. — Adiós para siempre amor— Dijo la viuda, pero se apresuró al despedirse, Roberto no se iba todavía, a pesar de la remodelación, la urna no cabía en la fosa. Hubo un suspiro general con motivaciones distintas: los hombres suspiraron frustrados, las mujeres porque ya no aguantaban los tacones y la viuda porque su gordo seguía allí.

¡Súbanlo!

Pensaron que lo que impedía la entrada del cajón eran las aplicaciones de bronce así que los hombres con los destornilladores de sus Victorynox se dispusieron a despojar a la urna de todas sus asas y ornamentos metálicos. La abuela se sentó sobre una de las chaquetas que los hombres habían dejado sobre la hierba, las demás mujeres no tardaron en imitarla dando al acto un toque de picnic dominical. El conductor del carro fúnebre, como inspirado por la escena, se ofreció a buscar algo de comer, ya que eran mas de las dos y media y muchos no habían desayunado.

¡Bájenlo!

No hubo lágrimas, solo se escuchaba el mecanismo de la grúa, nadie parpadeaba, todos contenían la respiración…

¡Súbalo!

Allí colgado como en una hamaca de madera, Roberto se mecía con el viento cálido de la tarde caraqueña. Las mujeres se quitaron los tacones, los hombres guardaron sus navajas. Se acababan las ideas, tenían hambre y casi todos habían pasado la noche en vela. — ¡Que se cae el gordo!— gritó una mujer con voz estrangulada. Y era cierto, el fondo de la urna estaba cediendo al peso del difunto, justo por el centro, donde no tenia el soporte de las bandas de la grúa, los clavos de aflojaban y el gordo amenazaba con bajar por sus propios medios a la fosa y sin ataúd. Los hombres, sin mediar palabra, inmediatamente se quitaron los cinturones, los unieron unos a otros haciendo una correa gigante (como de la talla de Roberto) y los ataron alrededor de la urna evitando así su colapso.

¡Bájenlo! ¡Bájenlo ya!

Y lo bajaron, aunque todos sabían que no cabría pero no había más alternativas. De pronto todos supieron lo que tenían que hacer y lo hicieron: se subieron sobre la caja atorada en la boca del foso y comenzaron a saltar una y otra vez. Una de las mujeres a ver la escena soltó una carcajada y sintió como la cara le ardía de vergüenza (¿o era por el sol?) Pero no pudo contenerse y soltó otra más estridente que contagió al resto de los dolientes. Saltaban y reían todos al mismo son, sobre la urna y sobre la hierba y entre brinco y brinco un chirrido les decía que el gordo estaba bajando, hasta que ya no se oyó más. Roberto ya estaba en su sitio.

Los hombres, con las caras bañadas en lagrimas, pero esta vez de la risa, se felicitaron dándose sonoras palmadotas en la espalda, y las mujeres, esta vez, se cagaron en su sensibilidad femenina y aplaudieron y corearon el nombre de Roberto y de los amigos que lo habían ayudado a bajar. Entonces llego el chofer repartiendo las hamburguesas y papas fritas que había ido a comprar. Se sentaron en la hierba a comer, la comida de extendió por varias horas, incluso el chofer volvió a salir, pero esta vez a buscar unas cervezas. A la hora de cerrar el cementerio se vieron obligados a interrumpir la fiesta. Después de todo los visto y todo lo bebido, nadie se extraño al ver a Roberto, sudoroso y sonriente, batiendo con vigor unas alitas pequeñísimas que milagrosamente lo elevaban.

Barcelona, Catalunya, 9 de mayo de 2002

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2 comentarios on “Genio y figura hasta la sepultura.”

  1. Anonymous dice:

    Hola Carola:Me ha parecido tan hilarante y sorprendente tu escrito que me es imposible no anotar mi comentario. Te descubrí por casualidad, desconozto este mundo de webs, blogs… que todavía me resultan un poco inexcrutables. Lo dicho, me ha encantado y sigue así porque tienes, a partir de ahora, una fiel seguidora.Fuerza!!!Esperanza

  2. Anonymous dice:

    JAJAJAJAJA!! QUE VAINA TAN BUENA. TE FELICITO AMIGA, HACE FALTA GENTE COMO TU QUE HAGA REIR A LA GENTE COMO YO Q GENERALMENTE ESTAMOS STRESADOS. SIGUE ADELANTE, JAJAJAJAJA


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