Twiteando ma non troppo

Hablemos de Twitter para estar en la onda. Hablemos en casi tres mil caracteres sobre esta herramienta social que, siento, ha pasado de ser una moda para convertirse en un síndrome.

Miles y miles de personas diciendo cosas tan efímeras como el brevísimo lapso que duran en una pantalla que empuja al olvido a un tuit con otro y otro y otro… sin jerarquizar, sin temor a desplazar algo importante por algo tan intrascendente como “@Fulano: ya comí”. Información veloz y sobresaturada que, en todo caso, nos aleja de estar bien informados.

Un posible carnaval donde las caretas son pequeñas fotos que, a veces, poco dicen de quienes somos sino de quienes quisiéramos ser. La mía: un fotomontaje de mi cara con un cuerpo de comiquita porque mi culote no cabe en tan pequeñito espacio, o tal vez no quiero que quepa… Lista la imagen, escoge un “nick”: otro nombre para llamarnos como no nos llamamos, un disparate o una abreviación imposible de pronunciar, siempre encadenada al grillete de una arroba. ¡Listo, a tuitear!

Como esta tecla es mía, cada quien dice lo que quiere. ¡Viva la libertad de expresión! Pero viva también la cordura… ¿Qué cordura si estamos disfrazados y te puedo decir en tu pantalla lo que no sería capaz de decirte a la cara? Y es así como gente que no conoces y que no te conoce te escupe su desprecio, o te declara un amor eterno que se escurre y se pierde tan pronto alguien te menciona para pedirte con una urgencia preocupante: @Mengano: ayúdanos a posicionar la etiqueta #ChávezNoSéQuéCosa o #MajuncheChayotaMeiríaDemasiado, ¡¡¡Urgente!!! ¡Camarada haz retuit!

Etiquetas para la batalla, etiquetas para vencer, para ocupar espacios y demostrarle al mundo que ¿#MajuncheChayotaMeiríaDemasiado?. ¿En serio alguien cree que eso es importante? Creo que posicionando etiquetas, tal vez, no estamos sino posicionando egos.

Amigos que “ponen su granito de arena” tuiteando mañana, tarde y noche para posicionar etiquetas teledirigidas. Nuestros noticieros contándonos sobre las etiquetas que posicionamos. Twitter es la noticia, lo tuiteros los protagonistas, y en la calle la vida llena de cosas que contar.

Es que las revoluciones no se dicen ni se tuitean. Las revoluciones se hacen. En la calle, con el valor que amerita el cara a cara, sin límite de caracteres para decir lo que tenemos que decir.

Calculemos el tiempo-hombre-tuit que invertimos en posicionar etiquetas cada día e imaginemos qué pasaría si lo invirtiéramos en la calle, la casa, en la vida real.

Yo seguiré en Twitter para lo que sirve: difundir artículos, información, denuncias, para hacer redes de compañeros, con raticos de jodedera -que nunca es mala cuando la dicha es buena-, y ya. No quiero que me trague el síndrome que nos roba el nombre, el tiempo y la puntería.

Tuitearé ma non troppo.


Perdedores

Durante un tiempo, mucho tiempo, se nos dijo que éramos un país de perdedores. Algunos lo creyeron al pie de la letra con una resignación servil, entregándose a la amnesia impuesta por quienes nos necesitaban perdidos, aplastados, con el autoestima pisoteada por nuestros pies arrastrados… Arrastrados, así éramos útiles, tontos útiles para otros, con otros intereses inútiles para nuestra Patria.

Recuerdo hace años, cuando inauguraron el Kentucky Fried Chicken del CCCT, allá a finales de los ochenta, estábamos con la Kiki en una cola larguísima esperando para comprar nuestro combo de pollo plástico con papitas. Un gentío en cola miraba el reloj temeroso de que su hora de almuerzo acabara antes de ser atendido. En eso, un gringo con pinta de turista en el trópico, con bermudas de cuadritos y camisa hawaiana, pasó delante de todos, sin mirarnos -porque nos perdedores son invisibles-, llegó a la caja con dos empujones triunfales y dejando a una señora con su pedido en la boca ordenó su combo doble con Coca Cola.

Todos callaron, algunos guardando un respeto lleno de admiración sumisa, otros intentaron incluso servir de traductores al turista abusador. Recuerdo la rabia que sentí, recuerdo que la expresé en voz alta, recuerdo con tristeza el silencio a mi alrededor, las miradas al techo, al suelo, a cualquier parte que no fuera esa loca maleducada que no entendía que el Kentucky es gringo y que el gringo tenía derecho.

Perdedores que bajan la cabeza avergonzados de su incapacidad de hacer algo grande, glorioso, de brillar alguna vez en algo… de ganar.

El perdedor resignado no pelea y eso es bueno para quien quiera pasarle por encima, colearse y pedir el pollo primero, comerse todo primero y dejar huesitos y migajas.

En el Kentucky nos quitaban el derecho a pedir el pollo, a comerlo cuando nos correspondía, en otras partes nos quitaban otros derechos y el pollo no era pollo sino petróleo, hierro, las empresas públicas -porque los perdedores no pueden administrar nada-. Y mientras más quitaban más perdíamos y más perdedores éramos.

Perdedores imposibles. El mismo pueblo que hace doscientos años se enfrentó y derrotó a un imperio hoy retoma su historia, culpechavez.

Paradojicamente los venezolanos que creyeron que ganaban soñando con una visa a Mayami mientras se vendía el país, son los únicos que se creyeron el cuento de perdedores, incapaces de hacer nada sin la tutela de un gringo masca chicle que les patee el orgullo.

Y así, mientras Venezuela celebra sus victorias, ellos bajan la mirada muertos de pena ajena, balbuceando excusas en inglés, heredando a sus hijos la terrible sensación de ser gringos atrapados en un pasaporte venezolano, o sea, me iría demasiado.

Entiendo su pena, no es para menos: debe ser desgarrador ser hijos de Bolívar y no saber estar a su altura.


Venezolanos en avión

Image 

Hace unos días se quejaba, muerta de pena ajena, o sea, una pavita en un ¿documental?. Decía con su nariz arrugadita del asco, que los venezolanos, o sea, aplauden cuando el avión en el que viajan aterriza en Venezuela. O sea, no se si entienden la vergüenza que esto produce a quien sí sabe viajar en avión.

Me tocó, durante las últimas dos semanas, subirme a varios aviones entre Caracas, Buenos Aires y Montevideo. Descubrí que los Argentinos, o sea, también aplauden cuando aterrizan, no solo en su suelo patrio sino también en Maiquetía. Claro que supongo que no todos, sino los que no saben viajar. Imagino que entre los viajeros habría algún argentino nice que arrugaría la nariz y pensaría, o sea, “me iría demasiado”.

Los venezolanos siempre hemos sido muy viajeros, y más ahora que el comunismo nos está matando. Lo malo es que hoy cualquiera se sube a un avión, cosa que da piquiña a los viajeros frecuentes de antaño, de siempre, esos que de tanto estar ahí ya parecen parte del aeropuerto. Cargados de maletas cargadas de cositas nice, nuevecitas, de marca… ta’ barato dame dos. Cositas que por muy lindas y caras que sean no aminoran la pena ajena, de ser poseedores de un pasaporte -“que ahora lo tiene cualquiera porque te lo dan rapidísimo”- que te identifica erróneamente como ciudadano de la República Bolivariana de Venezuela, la de las ocho estrellas, la que ahora es de todos, o sea, la Patria que usurpó a su Patria.

Estos viajeros vergonzantes parecen hacer catarsis hablando mal de su país con el primer pelado que encuentren. ”Aquí -comentan a voz en cuello sin que nadie les haya preguntado-, imagínese, escapando un poquito del infierno. Tres semanas por Argentina, bello país, pero claro, mientras tanto, porque su Presidenta como que va por el mismo camino del nuestro, ya sabe, qué desastre, aunque no creo, ustedes son cultos, inteligentes, civilizados, – y remata con una sonrisa servil y salivosa- a diferencia de los venezolanos.” -Siempre en tercera persona, porque los venezolanos son otros por más que un pasaporte delator diga lo contrario-.

“Cuidado, señora, – dice otro salivoso en Maiquetía- que esto no es lo que dicen los folletos turísticos. Es más, yo no sé a qué viene la gente a este país (mi país, tu país) que se está cayendo a pedazos. ¿Margarita? Noooo, yo viajo a Punta Cana, Aruba, Curazao pero a Margarita ni muerto, a menos que no haya cupo para ningún lado…”

Venezolanos que llevan en el bolsillo, amuñuñada entre sus dólares, una Venezuela de origami, sin gente, vacía… Que se avergüenzan de nuestros aplausos, del orgullo con el que mostramos, al del asiento de al lado, nuestro país desde la ventanita, de nuestra alegría de regresar siempre, o sea, para quedarnos demasiado.

 

Si yo pudiera hablar con mi Presi


 

Desde hace poco menos de un año me convertí, culpechavez, en una especie de @CarolaCandanga imposible. Bastó que mi Presi mencionara mi nombre para que mi buzón se desbordara de mensajes, algunos para saludarme y muchos otros para pedirme que resolviera algo, siempre encabezados con un “Carola, tú que puedes hablar con tu Presi, dile…”

Al principio sentí la urgencia de ayudar, luego la impotencia de no poder hacerlo, más tarde el apremio de decir que tenemos un gran problema: Estamos muy equivocados si creemos que una sola persona puede y debe resolver los problemas de millones.

Me puse a ordenar los CarolaCandanga y resultó que hay asuntos que se repiten constantemente en los mensajes: problemas con el IVSS, problemas con un banco, deudas salariales, el alcalde de no sé dónde o el funcionario de tal y cual es un matavotos… Además de los asuntos urgentes de salud que por urgentes quedan excluidos de esta reflexión que pretendo hacer.

Y reflexiono: Yo me pregunto ¿cuántos son los maestros que cayeron en ese horrendo hueco salarial llamado acreencias? ¿Cuántas personas están siendo peloteadas con trámites bancarios? ¿Cuántos abuelos tienen dificultades con el Seguro Social y cuántos hijos y nietos capaces de levantar la voz tienen esos abuelos? Cuántos problemas comunes tenemos.

Es que al final todos padecemos los mismos males. Cuando alguna institución no responde los afectados se cuentan de a miles, pero esos miles se atomizan en un persistente individualismo hasta diluirse en la remota esperanza de que, algún día, Chávez sepa y haga algo para ayudarme.

Una voz entre millones todas pidiendo las mismas cosas. Una lotería que nadie gana, ni siquiera el que se saque el el premio de ser escuchado, por fortuna y a punta de romper con el protocolo, en un pase de algún Aló Presidente.

Decía que nadie gana  porque por mucho que la señora Fulana haya llamado la atención de mi Presi y éste la haya dado respuesta, quedan otros tantos como ellas, con a misma urgencia pero sin la más remota esperanza de ser escuchados como lo logró Fulana.

Colectivicemos, pues. Es requete sabido que en la unión está la fuerza. Hablamos constantemente del poder popular pero muchos permanecen estáticos como esperando que algo pase,  como si el poder popular, cual si fuera una pizza, viniera en una cajita que traerá algún repartidor. El poder popular lo tenemos y se ejerce eficazmente a través de la organización.

Colectivizar, encontrarse, organizarse, y avanzar.

Yo no puedo agarrar el teléfono y hablar con mi Presi y les juro que si pudiera no le hablaría del problema de Fulano de Tal.

Si yo hablara con mi Presi me gustaría poder contarle que ya entendimos y asumimos responsablemente el ejercicio del tan necesario Poder Popular.

 


De petróleo, elefantes, súbditos y ciudadanos

 Image

Mientras el pueblo español rasca bolsillos intentando sobrevivir inhumanos recortes presupuestarios. Mientras el desempleo roza el 25% y los empleados, para seguir siéndolo, renuncian forzosamente a sus conquistas laborales. Mientras el gobierno sigue creyendo que el hombre está al servicio de la economía y no lo contrario. Mientras el mismo FMI que nos exprimió en los 90 decide exprimir a los pueblos mediterráneos, ¡ay España! y tú tan frente al mar. Mientras el estado de bienestar se desdibuja ante los ojos atónitos de una sociedad paralizada. Mientras tantas cosas pasan, Juan Carlos, el rey,  se tambalea, cae y rompe su cadera; no sin antes matar a varios “carísimos” animales salvajes, para horror muchos y del World Wildlife Fund que el mismo rey elefanticida preside.

Titulan los grandes medios: “Exitosa cirugía del Rey” y relatan detalles de la cacería, del accidente, de la operación, con picantes chismes de pasillo de este nuevo bochornoso episodio de la bochornosa vida del bribón Borbón. Más abajo, más atrás, unas letras chiquiticas, desteñidas, susurran que los pensionados tendrán que asumir el co-pago de sus medicinas, hasta ayer gratuitas. Las caderas y huevos rotos de los plebeyos pensionados jamás harán grandes titulares.

Por estos lados, Argentina se levanta. Libres del FMI, la pesadilla neoliberal impuesta a nuestros pueblos empieza a quedar atrás. Recogiendo pedazos recobramos, entre otras cosas, empresas publicas que nunca debieron dejar de ser nuestras y, de paso, la dignidad política, ayer vendida en el paquete privatizador. Pues, Argentina, peronistamente, decidió recuperar la mayoría accionaria de su empresa petrolera YPF. ¡Ay España! No faltará quien en tu nombre te patee.

Mariano Rajoy, el mismo que saca el pan con tumaca de la boca del pueblo español,  asegura que la honra su país reside en Repsol, una empresa privada de capital mayoritariamente extranjero, y denuncia airoso “un ataque a España”, promete represalias, y arenga a su pueblo hambriento y recortado contra el soberano pueblo argentino.

Titulan los grandes medios: “Argentina intenta tapar crisis interna con expropiación de YPF”. Mas las siempre escondidas letras chiquiticas nos dicen: “Las matrículas universitarias suben el 50%”, “Enésima jornada de volatilidad en la Bolsa, en una semana nefasta”, “Francia y Alemania quieren suspender el Pacto Schengen (la libre circulación de ciudadanos) mientras dure la crisis”… Curiosamente no hablan del país suramericano, hablan -¡Me cago en diez!- de España.

Hoy, mientras Argentina recibe, oootra vez, a miles de jóvenes españoles que buscan futuro, un sevillano se convierte en titulares colgando en su bar un cartel: “No se aceptan argentinos”.


El Laberinto de Capri

 

El candidato de la gente decente y pensante de este país los tiene preocupados y con razón. No es posible que después de tantos años cultivando convicciones globoinducidas, venga ahora Capriles, por engañar al chavismo al tradicional modo adeco-copeyano, a cambiarles la seña como si nada.

En la oposición se hacen las cosas the american way, con asesores en publicidad e imagen que luego de un estudio de campo concluyeron: “Mr. Capri, you are fucked. Este país está lleno de chavistas que se niegan a ser nuestro patio trasero.” Luego, con ese tino gringo que ha producido propuestas fabulosas como la candidatura de El Conde de Guácharo, ordenaron: “Mr. Capri, conviértase en un Chávez chic, engañe como pueda a este pueblo idiota que ni siquiera habla inglés.”

Yes sir! -dijo Capri, sin entender nada, como siempre, y se lanzó en picada por su barranco electoral.

Entonces el sifri del este de Caracas cambió su pinta de surfista gallo, medio pegado en la nota con collar de pukas y todo, por una camisa azul insípida y unos pisamojones parecidos al los que usa el que te conté. Ahora no es gobernador sino simple opositor de a pie que recorre casa por casa, eso sí, asegurándose previamente de que al menos en una le abran la puerta para entonces, bajo una constelación de flashes de su gente de prensa, ponerse a prometer cosas que el gobierno de Chávez ya cumplió.

Es así como Capriles ha prometido módulos de salud en cada barrio, mercados a bajo costo, escuelas integrales… Y prometiendo y prometiendo pensó que sus promesas se podrían llamar misiones y casi se desmayó encandilado por tan brillante idea.

Alguien, seguramente, le dijo: “Copión, las Misiones existen y las inventó Chávez.” A lo que Capri contesta con cara de ¡Eureka!: ¡Ajháa! Lo sabía. Este gobierno que no ha hecho nada, obliga a la gente a vestir de rojo para ir a PDVAL, Barrio Adentro, y a todas la misiones que ha creado. Voy a inventar una ley que prohiba la ropa roja y que se llame “Las misiones son del todos”. Lo que le faltó fue decir que “Ahora Venezuela es de todos”.

A todas éstas, cuarenta y dos señoras caceroleras de El Cafetal, atónitas, apagaban Globovisión para no tener que seguir viendo semejante horror. ¿Misiones a mi? ¡Claka plaka tlaca plin plin plin!

Capriles no habla, pronuncia intentos de suicidio político. En su vano y torpe afán de engañar al pueblo, ha tenido que hacer concesiones a la verdad tantas veces manipulada o callada.

Esta semana Capri habló del 11 de abril y dijo, yonofuimente, que había sido un golpe militar, que los civiles no dan golpes, mientras treinta y cuatro señoras en Alto Prado sufrieron un síncope al unísono: ¿Golpe? ¿Y no fue un vacío de poder causado por la valiente resistencia de la sociedad civil? ¡Plaka tlaca, claka, plan, plin, plin ¡Plop!


La vida oscura de Clara: Vía Crucis

Clara, la de la vida oscura, sumerge la cara en la suave toalla aromatizada con mimosa y ylang ylang. Exóticas esencias terapéuticas penetran por la nariz de nuestra engarrotada amiga, que busca, y no encuentra, alivio en un lujoso spa de Mayami.

Suspira Clara mientras recibe un delicioso y carísimo masaje que debería acabar con los nudos que martirizan cada músculo de su cuello y espalda, todos culpechavez, of course. ¿Acaso habría otra razón para que una mujer como ella esté convertida en semejante zurullo de estrés?

La sola pregunta es estúpida. No hay otra más que es el comunismo y la crueldad con la que lo implanta, lentamente, dolorosamente, el maluco de Hugo Chávez.

Un verdadero vía crucis: Trece años de “tensa calma”, esa angustiosa espera de una catástrofe anunciada que no termina de llegar. Frase sobada y resobada hasta el insipidez del desgaste por los neo-reporteros opositores. Que viene el Coco y te comerá porque Ud. lo vio en Globovisión.

Trece años de angustia que solo cedió durante los dos días de furibunda felicidad de aquel, casi glorioso, abril de una década atrás. Clara solloza, avivando con la humedad de sus lágrimas el empalagoso olor del ylan ylang. Sufre, Clara, musitando palabras de amor: ”te queremos, Pedro…”

Trece años remodelando y redecorando una casa hermosa que le van a quitar. Alimentando a unos niños que ya son casi manos blancas, siempre a punto de ser adoctrinados, siempre al borde de la cubanización. Trece años prosperando como nunca, con desbordantes cuentas de ahorro producto de jugosas inversiones; porque justo ahí radica el sadismo del régimen: Dejar ver el cielo para luego arrebatarlo. Así que son trece años cambiando camionetas por una más nueva, más lujosa, antes de que vuelvan los soviéticos Lada, -¡oh my god!-. Trece años de apartamento de playa, y una lancha -¿por qué no?-, y viajes soñados, y casa en Mayami -porque uno merece vivir un poco-, y piñatas tan suntuosas que parecen bodas reales, y bodas que parecen piñatas suntuosas, implantes, Botox, cenas gourmet, vida VIP, aparaticos de última generación, lo último de lo último de la última moda… mientras se pueda, mientras nos dejen.

Entonces Clara piensa en el regreso, con sus trece maletas, con el inútil aroma de jazmín y ylan ylang en la piel de gallina y su cruz a cuestas: la horrible certeza de volver a ese comunismo que la está matando.

Los hábiles dedos de la masajista bilingüe tropiezan con lo que llamó “una pepa de aguacate más abajito del cogote” y agregó: ”Relájate que así no se puede, te saco un nudo y te salen diez…”

¡Son diez, son diez, son diez millones, son diez! -Zumbó la cabeza de Clara antes del alarido, de la carrera desnuda por jardines mayameros, del pinchazo, de la calma, del silencio…


La asquerosa política

 

Pasó un amigo opositor por la Feria del Libro y sólo supo decir con asquito: “Mucho libro de política.” Aquello, se suponía, era una descalificación.

Cuando hablan de política mis amigos opositores fruncen la cara con grima y aclaran que ellos -¡Líbrelos Dios!- no son políticos sino simples ciudadanos ejerciendo su derecho a opinar. Y amanecen enchufados a Globovisión, buscando una tragedia nacional, una hecatombe siempre fallida, algo que les mantenga intacto el terror. Así desayunan, almuerzan y cenan hablando, con la boca llena, mal del gobierno… apolíticamente, claro.

La política, para la gente pensante de este país, es poco menos que una obscenidad. “La política es sucia, embarra todo lo que toca.” -Afirma cada ladrón juzgando por su condición.

Y es que, claro, si su punto de referencia son los adecos, copeyanos sus neo partidos derivados, UNT y Primero Justicia, no pueden menos que sentirte asqueados al punto de Alka Seltzer. Pero es que en este caso estamos hablando de la degradación de la política, de su uso retorcido en beneficio del poder económico, de esa minoría siempre beneficiada que acostumbra a ganarse el pan con el sudor de frentes ajenas.

Fueron ellos nos que, convenientemente, nos condicionaron a repudiar a la política. Mientras más asco nos diera menos nos íbamos a meter a curucutear e inevitablemente a descubrir que la política es la herramienta matriz para la construcción de la Patria.

Hoy somos un país politizado, culpechavez, por supuesto. Unos lo asumimos orgullosos y otros, tiralapiedraescondelamanomente, se distancian, con fingido pudor, de la política de guarimbas, sabotaje, guerra sucia, mentiras globotizantes: hijos no te han quitado, bombillos espías que solo dan luz, agua tóxica que no intoxica. Y el odio que no respeta ni a los muertos, y el racismo, y las pruebas por llegar de un fraude que no fue, y “se van a tener que comer las alfombras”… la espoleta…

Así, apolíticamente, se oponen a todo lo que haga el gobierno quejándose, con especial esmero, de lo que ellos llaman paternalismo de estado, “porque eso de darle casas, educación, salud, a la gente solo fomenta la flojera, no crea ciudadanos sino mendigos, aunque mi papá me dio todo, hasta mi apartamento y mi camionetota, pero mi papá no es el estado y yo ni tengo la culpa de tener un papá con billete, o sea…” En cambio, aplauden a los gobiernos que, cual padres desnaturalizados, rescatan bancos quebrados sacando el pan de la boca a sus pueblos para dárselo a los banqueros causantes del descalabro. Es decir, que el estado solo debe ayudar a quien no lo necesita. A los demás si no los ayuda su papá, que se jodan, nadie los mandó a ser pobres. Apolíticamente hablando, claro.

Con razón el asquito…

 


La oposición pasada por agua

La MUD hace aguas. Su candidato, ese que aglutinaría a todos los sectores de la sociedad. Ese que pondría al chavismo en jaque, la joven promesa, el futuro que mira el pasado, el vendedor de progreso -porque nada es gratis en la vida-, el salvador de la gente decente y pensante, se diluye en su propia salsa inodora, incolora, insípida… aguada, pues…

Se vende como chocolate dulcito, como fingido jugador de basket en canchas de barrios, como víctima de su propio tiroteo, como piropeador atorrante de esos que parecen pensar solo con el pene, como mal comediante, pésimo orador que libra una batalla siempre perdida, de largos silencios entre frase y frase, -¡Virgen Dorada de la plaza Altamira ilumínalo!- inevitable metedor de patas que hace a la MUD añorar “los cantos de ballena” de Manuel Rosales. Todo esto mientras trata de pasar agachado, “calladito te ves más bonito”, “sin confrontar”, porque la realidad aplasta, el pasado reciente condena, y la cabecita no da.

Zozobra la MUD y crea zozobra. Otra torpeza que pagará caro.

“El agua, mis globotizados amigos, está podrida como podrido está el gobierno”. Todita, en todos lados, contaminada de un solo golpe, a pesar de que, según la ONU, nuestro país alcanzó la meta del milenio con respecto a lo que los periodistas prefieren llamar ”el vital líquido”. Pues el vital líquido en Venezuela es mortal, culpechavez, además. Y así no más, porque lo digo yo y esta boca es mía y en esta férrea dictadura hay libertad de expresión.

Ni una prueba, solo los mismo expertos en catástrofes que nunca cuajan, asegurándonos desde la pantalla que el agua está envenenada, pero solo el agua que llega a su casa, señora que llora aterrada, nunca el agua con que se fabrican la Pepsi y la CocaCola, ni el agua con la que se lavan las lechugas del Mc Donald’s, -si es que las lavan.- Sufra usted señora, más no deje de comprar nuestros productos patrocinantes.

La oposición se hunde y en su desespero buscará hundirlo todo. Los límites de lo aceptable ya están siendo llevados a lo grotesco, lo inhumano, buscando, desesperadamente la reacción del ofendido, la sanción de la ley, para jugar a ser víctimas de un régimen que no les deja ejercer su racismo, ni comparar a los pobres con insectos, monos o perros, ni incitar a la violencia, al magnicidio… un régimen que atenta contra su libertad defender privilegios de pocos pisoteando derechos todos.

Dicen que el humor se hace contra el poder y, hechos los locos, limitan el poder a lo político. Hoy escupen su odio, que no da risa, porque el poder está en manos de las mayorías siempre excluidas, precisamente, por otro poder más grande, el económico, al que estos humoristas, por no morder la mano que los alimenta, jamás se atreverán a tocar.

Y esto apenas empieza…


Soy feliz en Caracas

Y uno llega a Caracas y la vida se hace intensa. Taxi, a FILVEN por favor, y me encuentro en plena autopista de Prados del Este conversando con mi amigo taxista sobre La Caverna de Platón y luego un poco de Gramsci, cortesía de la Universidad Bolivariana. Así empieza la plenitud de mis días caraqueños.

No ha abierto FILVEN y decenas de niños de distintas escuelas se preparan para recorrer la feria con sus maestras. Pasa una muchacha disfrazada de oso seguida de una abeja y un extraño payaso, los niños ríen alegres y yo, contagiada y conmovida, me río con ellos. Faltan diez minutos para las diez y ya hay gente esperando encontrarse con sus libros, sus autores, sus amigos, porque en la feria todos somos amigos, y uno habla, y se toma un cafecito con uno de “esos viejos amigos que hasta ahora no conocía”.

En FILVEN un encargado de mantenimiento y limpieza me invita un café y habla de libros de los que leyó y los que espera leer. Me guía por la feria, me recomienda lecturas y la Kiki, siempre caminando a mi lado, no puede creer que el señor que limpia sepa tanto, cosa peligrosa, pensaría la Kiki si la Kiki pensara como Marifer Popof, pero la Kiki no piensa, ella imita.

Es un peligro que el pueblo lea. Un señor de limpieza lector ya no será un barrendero llenándole el bolsillo al dueño de la empresa de mantenimiento. Un señor de limpieza lector hace una cooperativa y consigue el contrato para mantener su Feria del Libro limpiecita y lo hace con gusto. El señor de limpieza lector entiende y ya no se deja explotar… ¡Oligarcas temblad!

Pero ni FILVEN dura todo el año ni Caracas es solo FILVEN, además que la responsabilidad me obliga a salir del paraíso literario y correr a la Plaza Bolívar, a mi periódico querido, a escribir la crónica que ahora están leyendo. Menos mal que existen obligaciones como esta, que además de ser deliciosas, te llevan a caminar por el Centro de Caracas, a ser un poquito irresponsable y demorar la llegada tomando un chocolate espesito, de esos que se beben con los ojos cerrados, como para retener el momento, como para atrapar la felicidad con las pestañas apretadas.

Una risa de niño me hace abrir los ojos chocolatosos y entiendo que la felicidad no se va, está ahí en plena plaza, en las calles, en la gente que camina por sus calles hoy preciosas, caminables, por su Caracas amable.

Caracas cambia y recupera la belleza que le robó la desidia, la mezquindad de quienes pretendieron venderla como chatarra para luego resentirla y soñar con vivir en Miami. Pero Caracas, como siempre, resistió, los caraqueños resistimos, y nos levantamos. Y yo caraqueña, que nunca ha podido vivir demasiado tiempo en mi ciudad adorada, celebro estos poquitos días intensos tecleando mi felicidad con la piel de gallina, y los ojos aguados escondidos detrás de una sonrisa.

Soy feliz en Caracas.

*Foto: Roberto Hernández Montoya


Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.

Únete a otros 13.099 seguidores